Array Array - La sombra del Águila
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Total, que pasamos por el maizal junto al fiambre del coronel y también junto al del comandante Gerard. Aquello si era una lástima porque Gerard no era mala gente, sino uno de esos franchutes alegres y amables que había combatido en España, mayo de 1808 en el parque de Monteleón–una escabechina que nos contaba con detalle, admirado del valor de nuestros paisanos-, y escapado después de Bailén por los pelos, cuando Castaños hizo que el ejército gabacho, con todos su s entorchados y sus águilas invictas, se comiera una derrota como el sombrero de un picador.
— Que conste, guenegal Castanios, que me guindo pog evitag deggamamiento de sangge…
— Que sí, hombre, que sí. Venga, entrégueme la espada de una vez.
Gerard tuvo la suerte de salir como correo, a caballo, cruzando entre enjambres de guerrilleros que bajaban del monte como lobos a un festín, y el desastre lo cogió al otro lado de Despeñaperros, evitándole ir a pudrirse a Cabrera con el resto de sus compañeros franceses. Pobre Gerard. Mala suerte: salvar el pellejo en Bailén, cruzar Despeñaperros sin que los guerrilleros se hicieran unas borlas para el zurrón con sus pelotas, para terminar con un tiro nuestro en la espalda, justo en el momento en que se disponía a volverse para decirnos vamos, chicos, será duro pero nos queremos unos a otros, hagamos un esfuerzo más, qué coño. Estamos intentando construir Europa y todo eso. En fin. Adiós al valiente Gerard, franchute que hablaba español y le gustaba sentarse a vivaquear con nosotros escuchando la guitarra de Pedro el cordobés y que una vez, nos contaba, se tiró a una española guapísima en el Sacromonte, una gitana de ojos verdes con la que aún soñaba en las noches al raso de esta jodida Rusia. Y ahora pasábamos a su lado, tendido en el maizal tras
haberle pegado un tiro, y nuestro único homenaje era apartar la vista para no encontrar sus ojos abiertos como un reproche.
Raas–taca–bum. Cling–clang. Otra granada rusa reventó a la izquierda, tirándonos encima metralla y cascotes, y alguien gritó en las filas sacar de una maldita vez una jodida bandera blanca porque los ruskis nos van a freír como sigamos así. Pero el tambor mantenía el ritmo de paso de ataque porque el plan era aguantar hasta el límite como si de veras estuviésemos atacando, con el águila al viento y toda la parafernalia, sin descubrir el pastel por si las cosas se torcían en el último momento. Nadie deseaba terminar como aquellos ciento treinta desgraciados del regimiento José Napoleón, entre Vilna y Vitebsk y hasta arriba ya de tanta marcha y tanta contramarcha y tanta Grande Armée, y tanto cascarles a los Popo£ A fin de cuentas, como nuestros paisanos allá abajo, los ruskis se limitaban a defender su tierra contra el Enano y los mariscales y toda la pand illa de mangantes de París, los Fouchés y los Tayllerand, con sus medallas y sus combinaciones de salón y toda su mierda bajo los encajes y las medias de seda y las puntillas. No era un trabajo simpático, aunque teóricamente íbamos ganando nosotros, o nuestros casuales aliados franchutes. Te cepillabas un regimiento ruso y después, al rematar a los heridos a la bayoneta, veías las caras de campesinos que te recordaban a tus paisanos de Aragón o de La Mancha. Niet, niet, te rogaban los desgraciados, tovarich, tovarich, y levanta ban desde el suelo las manos ensangrentadas, llorando. Algunos no eran más que críos con los mocos y los ojos desorbitados por el miedo, y a veces tú hacías como que dabas el bayonetazo, pinchando un terrón, o su mochila, y procurabas pasar de largo, pero otras tenías encima del cogote la mirada de algún jefazo gabacho, ya sabéis mes enfants, nada de cuartel. Paf de quartier Se han cargado al general Nosequiencogne, y hay que vengarlo facturando a unos cientos de estos eslavos. Eso de vengar a los generales tenía lo suyo: cuando palmaba uno con gorro de plumas todo era hay que vengarlo y demás, que si el honor de la Grande Armée y todo eso. Pero a los cientos de desgraciados de a pie que cascábamos a diario en la tropa podían perfectamente darnos boudin, que es como en el ejército franchute llaman a la morcilla. Total. Que tú andabas por allí, tomando, es un suponer, el reducto de Borodino a puro huevo, y habías dejado en el camino y en el asalto a trescientos compañeros y no pasaba nada. Pero si los Iván le habían dado candela a uno de nuestros generales, siempre había un gilipollas que gritaba lo de pas de quartier cuando algún oficial estaba cerca de ti para comprobar cómo ejecutabas la orden, y bueno, pues suspirabas hondo y le metías al niet tovarich que se rendía la bayoneta por las tripas, y santas pascuas.
El caso es que entre Vilna y Vitebsk algunos de los españoles de Dinamarca ya estábamos hasta las polainas de todo aquello, y además las noticias que llegaban desde España no eran como para levantarnos la moral de combate: iglesias saqueadas, mujeres a las que compañías enteras se pasaban por la piedra, los sitios de Gerona y Zaragoza, la resistencia de Cádiz, los ingleses en la Península y la guerra de guerrillas. O sea, todo cris to luchando allí para echar a los gabachos, y nosotros con su uniforme y su bandera, acuchillando rusos sin que nadie nos hubiese dado vela en aquel entierro, que a poco que nos descuidáramos iba a ser el nuestro. La mayor parte lamentábamos ya no habernos quedado de prisioneros en Hamburgo, porque a ver con qué cara llegábamos a España cuando ya estuviese liberada, contándoles que habíamos estado luchando en Rusia con el otro bando. Imagínense la papeleta. Nosotros no queríamos, nos obligaron, etcétera. Se lo juro a usted, señor juez. Eso si llegábamos hasta un juez, aunque fuera el de un consejo de guerra. Porque vete a contarle eso a un ex contrabandista de Carmona que lleva cuatro o seis años echado al monte, degollando franceses con la cachicuerna después de que le ahorcaran al padre, le mataran a la mujer y le violaran a la hija. Seguro que si asomábamos por allí las orejas, con nuestro curriculum íbamos derechos de Hendaya o Canfranc al paredón. Eso, rápido y con mucha suerte si le caíamos en gracia al del Carmona. Menudos eran nuestros paisanos.
Total que, entre Vilna y Vitez, ciento y pico españoles, no del 326 sino de otro regimiento, el José Napoleón, intentaron abrirse por las bravas. Salió mal la cosa y terminaron por meter la pata del todo al disparar sobre los franceses encargados de cortarles el paso. Así que, tras rendirse, los hicieron formar y fusilaron a uno de cada dos, por sorteo. Tú sí, tu no. Tú sí, tu no. Carguen,
apunten, bang. Después nos hicieron desfilar junto a los fiambres para que el paisaje sirviera de escarmiento. Aquella noche, en el vivac, ni siquiera Pedro el cordobés tuvo ganas de tocar — la guitarra, y el comandante Gerard se pasó todo el rato callado, por una vez sin darnos la paliza con la historia de su gitana de ojos verdes.
Así nos fuimos acercando a Moscú, cada vez más convencidos de pasarnos a los rusos a la primera ocasión. Después de la carnicería de Borodino estuvo más claro que nunca: treinta mil bajas nosotros entre muertos y heridos y sesenta mil los rusos. Aquello fue excesivo, y algunos mariscales empezaron a murmurar que el Ilustre estaba perdiendo los papeles. Y si los de los galones y entorchados se mosqueaban, pues figúrense nosotros, que nos habíamos comido el baile de cabo a rabo. Así que los españoles del 326 fuimos corriendo la voz, hay que quitarse de en medio a la primera ocasión, pero con más tacto. El aniquilamiento de nuestro primer batallón en Sbodonovo puso las cosas más fáciles, de modo que convencimos al capitán García, le arreglamos el cuerpo al coronel Oudin y al pobre comandante Gerard, y nos fuimos hacia los Iván aprovechando la coyuntura. El problema residía en escoger el momento adecuado para dar el cante. Demasiado pronto, nos cascaban los franceses. Demasiado tarde, los rusos. Lo difícil era encontrar el término medio. Lo malo de estas cosas es que, hasta que el rabo pasa, todo es toro.
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