Adriana Trigiani - Valentine, Valentine

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Valentine, la segunda de las tres hermanas de una familia de origen italiano afincada en Nueva York, nunca ha sido considerada ni la más guapa, ni tampoco la más lista. Ella es, simplemente, lagraciosa. A sus treinta y tres años todos la presionan para que se case y funde una familia tradicional, pero Valentine se siente realizada con su vida, en la que la pasión que comparte con su fascinante abuela por la confección de zapatos de novia ocupa el primer lugar.

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– Quizá son las profesiones las que lo estropean todo. ¿Qué tal un chef y una zapatera? ¿Funciona?

Me pongo de puntillas y le beso:

– Eso depende.

– Pero ¿qué pasa si ambos sois puro melodrama? El melodrama de la creatividad y el riesgo. ¿Qué tal si es esa clase de pasión lo que os mantiene juntos?

– Entonces es obvio que tengo que revisar mi norma.

– Bien -dice Roman, y coloca otra lámina de pasta sobre la prensa. Relleno los huecos con cuidado-. ¿Por qué no vas al comedor y descansas?

– No, gracias, me gusta ayudar. Además, si no lo hago, nunca te vería.

– Lo siento -dice con ternura-. Riesgo profesional.

– No lo puedes evitar, y no deberías. Amas tu trabajo y yo amo que lo ames.

– Eres la primera mujer con la que salgo que lo entiende.

– Además, te sirvo más aquí de lo que tú podrías ayudarme en el taller. No te veo cosiendo adornos rosados en zapatos de novia.

– Soy muy malo con la aguja y el hilo.

Roman coloca la última lámina de pasta sobre los huecos, cierra la prensa, la abre y una docena de raviolis cuadrados brotan de la rejilla. Los coloca en la bandeja de madera con los demás. Luego abre el horno y revisa el asado de cerdo y los vegetales, que se cuecen a fuego lento en una reducción de vino que inunda la cocina de olor a mantequilla, salvia y vino de borgoña tibio. Observo mientras él hace malabares diestramente en la preparación de la comida. Se sumerge en su trabajo; es obvio que se entrega y que le dedica mucho tiempo. Roman también investiga. Ensaya las nuevas recetas y sus combinaciones, pone las cosas a prueba, rechaza ideas, reemplaza las viejas con las nuevas.

A pesar de mis profundos sentimientos (y de los suyos), a veces me pregunto cómo construiremos una relación si casi no nos vemos. Recuerdo una entrevista con Katharine Hepburn en la que decía que, en una relación con un hombre, el trabajo de una mujer consistía en ser adorable. Intento ser una novia comprensiva que no cause bullas ni estrés, que esté más que al tanto de las presiones que tiene en el trabajo para no ser una más. Para ser justos, él hace lo mismo por mí. Pienso que mientras ambos estemos en el mismo lugar, este acuerdo funcionará bien y nos llevará a la siguiente fase (sea cual sea).

– ¡Hola, chicos! -dice mi madre. Ha entrado en la cocina y deja unas bolsas-. Acabo de hacer unas compras en el centro, no me puedo resistir a una ganga y en esto nadie iguala a Chinatown. Chinelas de seda por dos dólares. -Sostiene una bolsa llena de ellas.

– Ya sé cuál es mi regalo de las próximas Navidades.

– Dentro de doce meses ya lo habrás olvidado. Tus hermanas están aquí, los chicos están aparcando. ¿Estáis haciendo raviolis?

– Es la especialidad de la noche -dice Roman.

– Mmmmm.

– ¿Dónde está papá? -pregunto.

– Está detrás de la barra, llenando la coctelera de manhattans. ¿Te parece bien, Roman?

– Claro, sentíos como en casa. Esta noche va de eso -dice Roman, y sonríe.

– ¡Es maravilloso! Tenemos nuestro propio chef en su propio restaurante de moda cocinando para nosotros. ¡Es más de lo que merezco!

– Te veré en la barra, mamá.

Mi madre vuelve al comedor mientras levanto la bandeja de los raviolis terminados, la coloco en un anaquel portátil con ruedas y lo llevo hacia la mesa de trabajo.

– Sabes que mi madre está muy impresionada contigo.

– Lo sé. Si te ganas a la madre, ya tienes a la hija.

Me estiro para besar a Roman.

– Mi madre no tiene nada que ver con esto.

Roman me da una cesta con bastoncitos de pan casero para que la lleve a la barra.

Mamá y papá están sentados en los taburetes, dando la espalda al restaurante. Los pies de papá, con unos Merrells negros de ante, descansan sobre la barra que hay en la parte baja del taburete, mientras que los de mamá, con unos botines de cabritilla de color marrón oscuro y tacón alto, cuelgan por encima de esa barra, como los de un niño. Tess y Jaclyn están de pie, cerca de la barra. Tess lleva un vestido rojo de cóctel y Jaclyn unos pantalones negros de maternidad que hacen juego con un enorme jersey de cuello alto. Jaclyn levanta la mano y dice:

– Sí, ya lo sé, tengo el tamaño de un autobús.

– No he dicho nada -digo yo, mientras le doy un abrazo rápido.

– Lo he visto en tus ojos.

– De hecho estaba pensando en lo guapa que estás.

Jaclyn se acerca la cesta del pan y toma un bastoncito.

– Buen intento -dice, masticando-, pero la talla de mis pantalones pasa de la cuarenta.

– Tus pantalones deberían jugar a la bolsa -bromea mi padre.

– No tiene gracia, papá -dice Jaclyn, masticando.

– ¿Cómo te sientes? -digo yo, poniendo las manos en los hombros de mi padre.

– Tu madre me ha llevado por todo Chinatown como si fuera un rickshaw desbocado. Yo moriré, y ella tendrá un suministro de chinelas para toda la vida.

– ¿Dónde están vuestros maridos? -le pregunto a Tess.

– Aparcando.

– Gracias a Dios que los chicos se caen bien -dice mamá, agitando en círculos su manhattan color borgoña antes de darle un trago-. Ya sabéis que eso no suele pasar con los cuñados.

Tess me lanza una mirada cargada de intención.

– Vaya si lo sabemos, mamá -le recuerdo. A veces mi madre no tiene la más mínima idea; después de todo, no ha habido más que frialdad con Pamela durante años.

– ¿Vendrán Pamela y Alfred? No lo han confirmado.

– Todavía estamos desterrados -dice Tess, y se encoge de hombros-. Pamela no ha hablado con ninguno de nosotros desde el exabrupto de Navidad.

– ¿Has telefoneado para disculparte? -pregunta mi madre.

– No sabría qué decir. Además, es cosa de Valentine, fue ella quien lo soltó.

– Todos la llamábamos Clic-clac. Y ella nos llama las hermanas albóndiga a nuestras espaldas y nunca he recibido una disculpa por eso. -De repente parece como si tuviera cinco años.

– Mamá, tú también has hecho comentarios acerca de su tamaño -dice Jaclyn mientras pesca una cereza en su Ginger Ale y se la mete en la boca.

– En general, sobre su tamaño, sobre que es pequeña, sí, pero nunca específicamente sobre sus pies.

– Res, trasero, manos, no importa -declara papá-. Estáis diciendo tonterías y lo cierto es que habéis herido los sentimientos de Pamela. Ahora la integridad del arco iris depende de vosotras. En este momento hay un agujero en nuestro arco iris porque no sois capaces de guardaros vuestras opiniones. Alguien tiene que llamarla y arreglar las cosas.

– Tiene razón. Debemos llamarla -dice mi madre.

– ¡Yo no quiero llamar! -dice Jaclyn, y coge otro bastón-cito-. ¡No puedo! Todos los días me siento mareada hasta el mediodía y la verdad es que no aguanto más estrés, estoy exhausta. Ha formado parte de esta familia durante años. ¡Debería estar curtida! Sí, somos un pandilla difícil, ¿y qué?, mientras formes parte de ella te lo comes con patatas. ¿Clic-clac? Es casi como decirle «Flaca flacucha».

– Las hormonas del embarazo han llegado -susurra mi madre-. Debe de ser un niño.

Charlie y Tom entran en el restaurante y saludan a mis padres. Roman sale de la cocina con un plato de flores de calabacín fritas. Lo deja sobre la barra y luego agita las manos.

– Yo ya te doy las cuatro estrellas, por el aparcamiento. Ha sido un acierto -dice Charlie, quitándose el abrigo.

– Aparcar en Litle Italy está tirado -dice papá-. Los italianos saben cómo atraer los negocios, ¿verdad, Roman? Cuando probemos tu comida, te diremos si puedes quedarte con el tuyo -remata papá, que le guiña un ojo a Roman.

Roman fuerza una sonrisa, pero mi padre no lo nota. La abuela llega y se quita el sombrero. Agita su nuevo cabello y da unas vueltas, como una modelo. Charlie y Tom silban, mientras mis hermanas se maravillan del cabello castaño de la abuela.

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