Adriana Trigiani - Valentine, Valentine

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Valentine, la segunda de las tres hermanas de una familia de origen italiano afincada en Nueva York, nunca ha sido considerada ni la más guapa, ni tampoco la más lista. Ella es, simplemente, lagraciosa. A sus treinta y tres años todos la presionan para que se case y funde una familia tradicional, pero Valentine se siente realizada con su vida, en la que la pasión que comparte con su fascinante abuela por la confección de zapatos de novia ocupa el primer lugar.

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Miro en el segundo cajón. Sus rebecas de lana están dobladas con orden. Dentro de un envase de plástico hay una linterna, un frasco de agua bendita de Lourdes y un sobre que dice «libretas de calificaciones de Mike.»Abro el último cajón. Los bolsos y las carteras de la abuela están apilados con esmero dentro de bolsas de fieltro. Alzo una caja metálica de habanos llena de pequeños aparatos de metal, ruedas, pestillos y garfios de recambio para reparar las máquinas de la tienda. Debajo de la caja hay un saquito de terciopelo negro que descansa en el fondo del cajón; de él retiro un pesado marco dorado que tiene una fotografía de la abuela de hace diez años. El fondo rural me resulta poco familiar. La abuela está junto a un olivo con un hombre que no es mi abuelo. Deben de estar en las colinas de Italia. El hombre tiene el cabello blanco peinado hacia un lado, ojos negros y brillantes y una amplia sonrisa. La piel de ambos es dorada, morena por el sol del verano.

Las colinas detrás de ellos están en pleno florecimiento de girasoles. El hombre descansa el brazo alrededor de la cintura de la abuela y ella mira hacia abajo, sonriendo.

Rápidamente meto la fotografía en el saquito, la entierro en el fondo del cajón y pongo encima la caja de los recambios. Veo el alargador para las luces de Navidad escondido en una esquina.

– ¡Lo he encontrado! -digo, gritando. Cierro el cajón con cuidado y apago las luces.

– Quizá sea uno de nuestros primos -murmura Tess mientras esperamos en el vestíbulo de la iglesia de Nuestra Señora de Pompeya, en Carmine Street, a que lleguen nuestros padres, antes de la misa de Nochebuena. De las columnas que llevan al altar cuelgan guirnaldas de hojas verdes y macetas de poinsetias cubiertas de papel de estaño dorado. Una serie de pequeños árboles con diminutas luces blancas forman el telón de fondo para el dorado tabernáculo con adornos.

– No parecía un primo.

La abuela está dentro, sentada junto a sus nietos y con Alfred, Pamela, Jaclyn y Tom. Tess y yo esperamos a que nuestros padres aparquen.

– ¿Quién puede ser?

– Parece un romance.

– ¡Vamos! Estás hablando de nuestra abuela.

– La gente mayor tiene relaciones.

– La abuela no.

– No lo sé. Recibe muchas llamadas de Italia y recuerda lo que le dijo a Keely Smith sobre tener un novio.

– No dijo que lo tuviera, sólo le seguía el juego. La abuela no tiene ese carácter -insiste Tess.

– La fotografía estaba escondida en un saquito de terciopelo en su tocador, como si fuera importante.

– Vale, haremos una cosa: cuando volvamos, la entretienes en la cocina, yo subo y lo investigo. Seguro que no es nada.

– Hay una multitud fuera -dice papá cuando entra en la iglesia con mamá.

Tess, mi madre y mi padre me siguen por la nave lateral. Nos apretujamos junto a Charlie y las niñas. La abuela se sienta en el extremo del banco, junto a Alfred. Se inclina hacia delante y comprueba que todos los miembros de nuestra familia están en su sitio. Sonríe feliz mientras nos inspecciona antes de dirigir los ojos al altar. Tal vez Tess tiene razón, la abuela no es la clase de persona que tiene una vida fuera de la familia que ama. Además, tiene ochenta años. Ese barco ha zarpado definitivamente.

La cocina de la abuela está diseñada pensando en las fiestas y la preparación de las comilonas, de modo que ahí nunca hay demasiados chefs. La larga encimera de mármol es un lugar perfecto para trabajar, mientras que la larga cocina puede acomodar a varios de nosotros mientras recalentamos y arreglamos los platos. La cena de Nochebuena es exactamente como solía ser cuando éramos niños, excepto porque ahora, en vez de que la abuela lo cocine todo, cada uno de nosotros aporta un plato.

La abuela ha preparado su tradicional sopa de boda con espinacas y pequeñas albóndigas de ternera; Tess ha traído manicotti hecho en casa; Mamá ha asado un lomo de cerdo con boniato y ha preparado otro segundo plato de pechugas de pollo rebozadas y espárragos al vapor; Jaclyn ha hecho la ensalada y yo me he encargado de los entrantes, que incluyen los siete frutos marinos tradicionales: eperlanos, gambas, sardinas, ostras, bacalao, bogavante y caracoles marinos.

– ¿Qué ha traído de postre Clic-clac? -pregunta Tess mirando alrededor para asegurarse de que Pamela no puede oírla.

– Fueron a De Roberti -le digo. Pamela ha traído galletas, cannoli y tartas de queso pequeñas. No nos importa que haya comprado la comida, porque por lo menos ha ido a una pastelería italiana estupenda.

– Es Navidad y quiero la fiesta en paz -dice mi madre con firmeza.

– Lo siento, mamá -se disculpa Tess.

– No pasa nada. Mirad mis pechugas de pollo -dice mamá con orgullo mientras las acomoda en el plato-. Las aporreé hasta dejarlas delgadas como el papel, antes de rebozarlas. Se puede ver a través de ellas. Jaclyn, tu ensalada parece deliciosa.

– Es una receta de Nigella Lawson -dice Jaclyn-. Me imagino que si se llama Nigella, algo italiano debe de tener, ¿no? Nos regalaron la colección completa de sus libros en la boda.

– ¿Sólo la colección completa? -dice la abuela mientras se une a nosotras en la cocina-. Cuando me casé, sólo había un libro de cocina para regalar a las novias.

– Yo lo tengo, El Talismán de Ada Boni -dice mamá mientras decora las chuletas con ramitas de perejil.

– Es el mejor -dice Tess-. Siempre que preparo las albóndigas favoritas de Charlie con la receta número dos de ese libro, consigo todo lo que quiero. Las preparé el mes pasado y cambió las baldosas de medio baño.

– Bueno, por lo menos sabes qué le motiva -le digo a Tess.

– Ya sabéis, trato de hacer lo que hizo mi madre cuando crecimos. Una comida casera diferente cada noche y que toda la familia se reúna a cenar. No es muy fácil conseguirlo estos días -dice Tess.

– Gracias por reconocer mi contribución. Esperaba que mis hijos apreciaran las pequeñas cosas que hice y las comilonas que preparé. Creo que santa Teresa del niño Jesús lo dijo mejor: «Haz las pequeñas cosas a lo grande». ¿O era «haz las grandes cosas como si fueran pequeñas»? No lo recuerdo. Pero da lo mismo, he trabajado duro toda mi vida -mi madre retira del fuego la vaporera, quita la tapa y saca los espárragos con unas pinzas-, en mi casa. No estoy de acuerdo con la diferenciación entre el trabajo en la oficina y el de casa. El trabajo es el trabajo y yo trabajé por mi familia, olvidándome de mis objetivos personales. Vosotros, mis cuatro hijos, erais mi trabajo. Mi evaluación de rendimiento llegó cuando cada uno os graduasteis en la universidad y abandonasteis el nido con la capacidad de cuidaros vosotros mismos. Abandoné mi propia vida, pero no me quejo, así sucedió y, por cierto, ¡fué fabuloso! -Mi madre coloca la bandeja en la mesa.

Cuando éramos niños, mis amigos comentaban que sus madres les amenazaban para que se portasen bien diciendo cosas como «¡espero que tus hijos te estropeen la vida igual que tú has estropeado la mía!» o «si no os portáis bien, me mataré y qué haréis sin mí, pequeños demonios» o «esta vez sí me moriré el año que viene y podréis ir a vuestras fiestas de drogadictos». Mi madre nunca nos dijo nada de eso a nosotros. Ella nunca nos amenazó con suicidarse porque es una auténtica adicta a la vida.

No, cuando mi madre quería asustarnos de verdad, decía: «¡Ya está! ¡Ya he tenido bastante! ¡Conseguiré un trabajo! ¿Me habéis oído? ¡Un trabajo! ¡Y veréis lo que es no tener una madre que os sirva todo el día!». O el golpe bajo emitido con fuerza y monotonía, «¡volveré al trabajo!», sin importar que mi madre nunca hubiera tenido un trabajo fuera de casa. Se graduó como profesora en Pace y nunca usó el título. «¿Cuándo hubiera podido volver a las aulas? -solía decir-, ¿cuándo?», como si el aula fuera ese mítico lugar que engulle a las mujeres que tienen el título de profesoras, ahí, en una tierra perdida en los tiempos.

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