Adriana Trigiani - Valentine, Valentine

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Valentine, la segunda de las tres hermanas de una familia de origen italiano afincada en Nueva York, nunca ha sido considerada ni la más guapa, ni tampoco la más lista. Ella es, simplemente, lagraciosa. A sus treinta y tres años todos la presionan para que se case y funde una familia tradicional, pero Valentine se siente realizada con su vida, en la que la pasión que comparte con su fascinante abuela por la confección de zapatos de novia ocupa el primer lugar.

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– Tu madre ha vuelto a decorar el jardín -dice la abuela mientras nos detenemos frente al número 162 de Austin Street-. Es como si Babilonia hubiera llegado a Queens.

La casa estilo Tudor de los Roncalli está recién pintada y barnizada de marrón oscuro, con ribetes blancos por encima del porche. A cada lado de la entrada hay tres arbustos nuevos y brillantes y donde antes había césped hay dos pequeños lechos de flores al estilo inglés. Ambas parcelas están atestadas de calabazas decorativas, coles de otoño y las últimas nomeolvides violetas, limitadas a cada lado del camino por un parterre de ladrillo. Tres cestas colgantes, que derraman hojas verdes y brillantes, están suspendidas sobre el porche como los polios de Ghinatown. Encima de las ventanas de la fachada, una bandera de Estados Unidos se despliega junto a otra de Italia. Las jardineras debajo de las ventanas tienen molinillos de aspas rojas, blancas y verdes que giran con el viento. Los coches son al bulevar de Queens lo que la flora y la fauna son al jardín de entrada de mi madre. Dondequiera que mires hay algo que crece, gira o se balancea. Mi padre quizá se haya jubilado como técnico jardinero de parques urbanos, pero mi madre no le ha dejado tirar la toalla.

– No sabe cuándo parar -dice la abuela, dando un paso por el sendero-. Me pregunto cuánto gasta al año en fertilizante.

– Mucho. El catálogo de Burpee es la pornografía de mamá.

– ¡Hola, chicas! -dice mi madre, mientras abre la puerta de entrada y baja a la acera para saludarnos-. Mamá, te ves genial.

– Gracias, Mike -dice la abuela, y le da un beso en la mejilla-, tu jardín se ve…

– Sabes que odio el césped. Es demasiado rural.

Mamá lleva una túnica larga y blanca de seda cruda que hace juego con unos pantalones blancos. La profunda V del escote está salpicada con cuentas planas de color turquesa. El cabello castaño le cae sobre los hombros y deja al descubierto unos pendientes de aro muy grandes y plateados. Sus zapatos abiertos de gamuza blanco níveo con un tacón cuadrado de diez centímetros revelan sus esbeltos tobillos. El brazo izquierdo, de la muñeca al codo, está cubierto de pulseras de plata. Las agita y dice:

– Muy al estilo de Jennifer López, ¿no crees?

– Mucho -le respondo.

– Estoy haciendo tortillas francesas al gusto. Tu padre está preparando las tostadas francesas. -Mamá nos indica que subamos las escaleras-. Todos están aquí.

El diseño interior de la casa de mis padres es un homenaje a la gloria del Imperio británico y un plagio directo de cada una de las habitaciones estilo Tudor retratadas en Architectural Digest desde 1968. Los italoamericanos codician todo lo británico, porque respetamos al que llega primero. La prueba es la adoración que mi madre profesa a la cretona satinada color cereza, las alfombras trenzadas, las lámparas de cerámica y los viejos óleos de la campiña inglesa, en la que aún no ha estado.

La abuela y yo seguimos a mamá a la cocina, repleta de modernos electrodomésticos blancos y encimeras de mármol con vetas negras. Mi madre dice que el patrón de colores es «regaliz y merengue», como si nada en la vida de mi madre pudiera ser llamado blanco y negro.

Jaclyn ha esparcido las fotos de la boda sobre la mesa de la cocina. Alfred ocupa el sitio de la cabecera, pero es Tess, sentada a su derecha, la que atrapa mi atención. Tiene la nariz roja de llorar.

– Vamos, no puede ser que te veas tan mal en las fotos -le tomo el pelo, pero ella mira para otro lado.

En medio de la conmoción de los besos en las dos mejillas y los saludos, hago un ademán a Tess para que nos encontremos en el cuarto de baño. Nos metemos en el medio baño que hay fuera de la cocina y que solía usarse como despensa. El papel pintado que cubre del suelo al techo este diminuto espacio, con lunares rosados, verdes y amarillos, me hace sentir como si hubiera aterrizado en un frasco de comprimidos.

– ¿Qué pasa? -Tess niega con la cabeza, incapaz de articular palabra-. Vamos, ¿de qué se trata?

– ¡Papá tiene cáncer! -aúlla Tess.

Mi madre abre la puerta del baño, aparecen papá, la abuela, Alfred y Jaclyn apretujados en el umbral, como si fuéramos un tren en movimiento y ellos estuvieran en el andén diciendo adiós.

Un vistazo a la cara de papá me indica que es cierto.

– ¡Aire, necesito aire! -grito.

Se dispersan mientras salimos hacia la cocina. Papá me agarra y me abraza con fuerza. Poco después, Tess y Jaclyn lo abrazan también. Alfred sigue de pie, lejos de todo, con expresión sombría en su ya de por sí amargada cara. Mi madre ha pasado un brazo sobre los hombros de la abuela, enormes lagrimones caen de su rostro, pero incluso así su rímel no se corre.

– Papá, ¿qué ha pasado?

– No quiero que os preocupéis. No es gran cosa.

– ¿No es gran cosa? ¡Es cáncer! -dice Tess, intentando calmarse, aunque no puede. Las lágrimas siguen fluyendo.

– ¿Qué clase de cáncer? -me las arreglo para gritar encima del llanto.

– De próstata -responde mamá.

– Lo siento mucho, Dutch -dice la abuela, tomando por el brazo a mi padre-. ¿Qué ha dicho el médico?

– Que lo han diagnosticado a tiempo, así que estoy sopesando mis opciones. Creo que me decidiré por las semillas implantadas en las bolas.

– Papá, ¿por qué tienes que llamarlas… bolas? -Grandes lágrimas ruedan por las mejillas de Jaclyn.

– No quería decir escroto delante de la abuela.

– Es mejor que bolas -dice mi madre.

– Es igual, es evidente que cerca del setenta y cinco por ciento de los hombres que llegan a mi edad tienen problemas de postrada.

– Próstata, cariño -dice mi madre, y por el tono de su voz puedo asegurar que ha estado corrigiendo la pronunciación de papá desde el diagnóstico.

– Próstata, postrada, ¿cuál es la maldita diferencia? Tengo sesenta y ocho años y algo tiene que acabar conmigo, y no será una tontería del corazón -dice papá, golpeándose el pecho-. Será el cáncer. Ésa es la verdad. Quiero que vosotros, mi progenie, sepáis contra qué lucho. Y quería decíroslo en persona, sin esposas o niños, para que pudierais digerir la información de primera mano. Naturalmente, también me preocupaba intimidar a los niños al hablar de mis partes íntimas. ¿Cómo leches podría decirles que su abuelo tiene un problema con su pilila? No me parecía correcto.

– No, no hubiera sido correcto -susurro.

Miro a mi padre, que es la persona más graciosa que conozco, pero que no tiene ni idea de lo que significa ser gracioso. Trabajó toda su vida como director del Departamento de Parques aquí, en Forest Hills, hasta que se jubiló hace tres años y empezó a trabajar para mi madre como jardinero-basurero de la familia. Ahorró, economizó y nos pagó la universidad a todos. Ha sido la servicial pareja de mi madre, la protagonista, en la película de su matrimonio. Siempre ha sido tan constante que nunca imaginé que podía ocurrirle algo malo. No ha sido un santo, pero sí un hombre de una pieza.

Mi madre junta las manos en posición de primera comunión.

– Mirad, nos enfrentaremos a esto como una familia y lo superaremos como una familia.

La expresión de su cara es idéntica a la de Joanna Kerns en el clímax de Mi esposo, mi vida, el culebrón que pasan en las reposiciones del canal Lifetime. Mi madre toma aire, continúa con las manos en posición de orar y dice:

– El médico nos ha dicho que está en la fase dos…

– … en una escala que llega al cuatro -completa mi padre.

– Lo cual es una muy buena noticia -prosigue mi madre-. Significa que a su edad vuestro padre puede fácilmente sobrevivir al cáncer.

No tengo idea de lo que mi madre quiere decir, y ninguno de nosotros, pero ella continúa.

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