Adriana Trigiani - Valentine, Valentine

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Valentine, la segunda de las tres hermanas de una familia de origen italiano afincada en Nueva York, nunca ha sido considerada ni la más guapa, ni tampoco la más lista. Ella es, simplemente, lagraciosa. A sus treinta y tres años todos la presionan para que se case y funde una familia tradicional, pero Valentine se siente realizada con su vida, en la que la pasión que comparte con su fascinante abuela por la confección de zapatos de novia ocupa el primer lugar.

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– ¿Qué piensa tu abuela?

– No dice nada.

– ¿Por qué no se lo preguntas?

– June, todo es tan delicado… Tú la conoces desde hace tiempo, ¿qué crees que piensa?

– Tu abuela es mi mejor amiga, pero es un enigma en muchas cosas. Es una mujer inteligente, lo sabes, pero se lo guarda todo.

– Es la única persona de la familia que lo hace.

June alisa el papel con una mano.

– Me parece que ella está mejor desde que trabajas aquí.

– ¿Tú crees?

– Sois un buen equipo. También se divierte contigo, eso ayuda.

– ¿Te ha dicho algo sobre la jubilación?

– Nunca -responde June, lo cual me parece una muy buena señal.

La abuela empuja la puerta del taller.

– Buenos días, señoras.

– Acabo de hacer café -le digo.

– Debiste despertarme, Valentine -dice la abuela. Va al escritorio, recoge sus notas, las lee y suspira. Últimamente la abuela es como el zapatero del cuento de hadas. Creo que en el fondo espera levantarse una mañana, bajar las escaleras y que, mágicamente, unos duendes hayan hecho nuestro trabajo mientras soñábamos; habría nuevos y espléndidos zapatos hechos a mano, listos para usar-. Me habría ido bien empezar antes.

– Lo tenemos todo bajo control -le digo.

– Además, no estabas perdiendo el tiempo allá arriba. ¿No soñabas con Gable? -dice June, sonriendo.

– ¿Cómo lo sabes? -pregunta la abuela.

– ¿Quién no sueña con Gable? -dice June, encogiéndose de hombros.

Tomo los zapatos terminados de la repisa. La abuela los ha envuelto en algodón limpio y blanco. Desenvuelvo los zapatos con cuidado, como si le quitara la manta a un recién nacido.

Pongo el zapato izquierdo en mi peana de trabajo para alisar el raso con cuidado. Me admira la costura de la abuela en el borde del empeine; las puntadas, tan diminutas, son prácticamente invisibles.

Se escucha un golpe muy fuerte en la puerta. Miro a June, que en este punto de sus cortes no puede ser interrumpida. La abuela hace anotaciones en una lista.

– Ya voy yo -les digo.

Abro la puerta de entrada. Aparece una mujer joven, de cerca de veinte años, bajo un endeble paraguas negro. Está empapada y sostiene una carpeta. Lleva una mochila en la espalda y unos auriculares alrededor del cuello que se conectan con un walkie-talkie enganchado a su cinturón.

– ¿Arregláis zapatos? -pregunta, y echa hacia atrás la capucha mojada de su sudadera. Lleva el largo cabello pelirrojo sujeto con un pañuelo azul marino y blanco que por detrás va atado en un moño. Su piel de porcelana está salpicada de pecas en el puente de la nariz, pero en ningún otro lugar.

– Lo siento, no hacemos reparaciones.

– Es una emergencia.

La chica parece a punto de llorar. Apoya su paraguas en una esquina del vestíbulo y me sigue al interior del taller.

– ¿Y tú quién eres? -pregunta con amabilidad la abuela.

– Me llamo Megan Donovan.

– Eres irlandesa -dice June sin siquiera mirarla-. Yo también soy una chica irlandesa, aquí estamos en minoría, puedes quedarte.

– ¿Qué necesitas? -pregunta la abuela.

– Soy asistente de producción de una película que se filma en la iglesia de Nuestra Señora de Pompeya. -Eleva la voz al final de la frase, como una pregunta, pero sin preguntar nada.

– Es mi parroquia -dice la abuela, que parece sorprendida de que se haga una película en la iglesia a la que va a misa, en la que se casó y bautizaron a mi madre.

– ¿No te lo han consultado? -suelta June mientras continúa prendiendo alfileres en la tela, pero esta vez alza la vista-. Llama al Vaticano -dice con una sonrisa.

– ¿De qué va la película? -le pregunto a Megan.

– Bueno, se llama Lucia, Lucia, trata de una mujer que vive en Greenwich Village en los años cincuenta. Estábamos filmando la escena de su boda cuando se rompió el tacón. Busqué en Google «zapatos de boda en Greenwich Village» y os he encontrado. Pensaba que quizá vosotras podríais arreglarlo.

– ¿Dónde está el zapato?

Megan deja caer la mochila mojada de sus hombros, abre el cierre y saca un zapato, que entrega a la abuela.

Me uno a ella, detrás de la mesa, para evaluar el daño. El tacón está completamente arrancado de su base.

– No se puede arreglar -le digo-, pero es del número treinta y nueve. Nuestras muestras son del treinta y nueve.

– Vale, dejad que lo pregunte.

Megan saca de repente una BlackBerry y teclea rápidamente con los pulgares. Espera una respuesta, y la lee.

– Vienen hacia acá.

– ¿Quiénes? -pregunta la abuela.

– Mis jefas, la diseñadora de vestuario y la productora.

– No podemos arreglar este zapato -dice la abuela con firmeza.

Megan parece aturdida.

– Ésta es mi primera película y ellas son verdaderas perfeccionistas. Cuando el tacón se rompió, todos empezaron a gritar. Me lo pasaron y dijeron: «Repáralo», como si de no hacerlo me fueran a matar. Se ponen tan serios con cualquier tontería…, quiero decir que son demasiado quisquillosos. La novia no podía llevar simplemente rosas blancas; tenían que ser cierto tipo de rosas blancas. Tuve que ir al mercado de flores a las tres de la madrugada para conseguir algunas rosas ecuatorianas que florecen, más o menos, una vez al año. -Megan se limpia los ojos con la manga. No sé si para secarse las lágrimas de la frustración o el agua de la lluvia.

La abuela le sirve a Megan una taza de café. Megan vierte crema y azúcar en la taza hasta que el café tiene el color de la arena. Sostiene la taza con las dos manos y sorbe.

– Bueno, ahora sabemos adónde ha ido a parar la mano de obra norteamericana, a las películas -le dice la abuela, sonriendo.

– Bien, dame tu sudadera, la echaré en la secadora -le digo a Megan.

Ella se la quita y me la da. Su camiseta negra, que dice con atrevidas letras blancas «Adicta», está sorprendentemente seca.

– Este lugar es muy antiguo -dice Megan, mirando alrededor y bebiendo al mismo tiempo.

– Sí, lo es -asiente la abuela-, ¿te gusta hacer películas?

– Avanzo con tanta lentitud en el escalafón que no se necesita más que un escalón para alcanzarme -dice Megan, y luego suspira.

Otra vez llaman a la puerta con fuerza.

– ¡Son ellas! -dice Megan presa del pánico. Deja su taza de café y va hacia la puerta.

Megan regresa seguida por dos mujeres que hablan con rapidez entre ellas y que parecen preocupadas.

– Ella es Debra McGuire, nuestra diseñadora de vestuario -dice Megan, y casi hace una reverencia.

Debra lleva el cabello largo, es marrón oscuro y está atado en una trenza que le llega a la cintura. Usa pintalabios rojo brillante y cuando los entrecierra, los ojos adoptan forma de media luna; son también marrones, y observan alrededor para comprender cuál es nuestro trabajo. Se quita la gabardina de charol negro. Debajo lleva unos pantalones azul turquesa estilo sari, metidos dentro de unas botas Wellington de charol amarillo y, encima, una falda de patinaje en seda rosa. En la parte superior lleva una chaqueta de banda musical con rayas amarillas y blancas que parece robada del cadáver del Sergeant Pepper. Resulta difícil decir cuántos años tiene, podría tener treinta, pero su presencia y autoridad son las de una mujer de cincuenta.

– ¿Has reparado el zapato? -pregunta a Megan.

– No -interviene la abuela-. ¿Y usted quién es? -La abuela se vuelve hacia la mujer que está junto a Debra.

– Soy Julie Durk, la productora.

Julie tiene más de treinta, la piel pálida y los ojos azules. A diferencia de Debra, ella viste como yo, lleva unos téjanos descoloridos, un jersey de cuello alto negro y botas negras de piel de cabritilla. También lleva una chaqueta de béisbol en la que, donde debería ir el nombre del equipo, se lee «Lucia, Lucia» con letras rojas.

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