Adriana Trigiani - Valentine, Valentine
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Una estatuilla de madera que representa a san Crispín, el santo patrón de los zapateros, ancla las facturas al escritorio.
El sacerdote del abuelo la bendijo en 1952. Poco tiempo después, la Iglesia abjuró de la santidad de Crispín y la estatuilla fue degradada del aparador de la planta de arriba a utilizarse como pisapapeles.
Además de una lavadora y una secadora, hay tres máquinas grandes en la parte de atrás del establecimiento.
La prensa es un aparato con largos y suaves cilindros metálicos que sirve para estirar y alisar el cuero. La máquina pulidora tiene casi las mismas dimensiones que la lavadora y largas brochas de cáñamo que pulen el cuero y desgastan su grano para darle lustre. La Cucitrice es una máquina de coser industrial que se usa para zurcir los bordes de las suelas.
Hay una vieja tabla de planchar cubierta de cachemira azul que tiene demasiadas quemaduras marrones, muchas de las cuales son obra mía. La plancha es pequeña y pesada, una cuña triangular con el mango de metal cubierto de bejuco, que vino de Italia con mi bisabuelo. Pese a que tarda unos buenos diez minutos en calentarse, nunca hemos pensado en comprar una nueva. Mi bisabuelo la convirtió en plancha eléctrica cuando era joven. Antes, simplemente colocaban la plancha en el fogón, sobre una parrilla abierta, para calentarla.
Planchar es la primera tarea que un aprendiz debe ejercitar. Os sorprendería saber cuánto tiempo me llevó planchar la tela sin que los bordes se curvaran. Creía que sabía planchar, pero como cualquier habilidad relacionada con hacer zapatos, aquello que piensas que sabes lo tienes que volver a aprender y redefinir. Lo único que hacemos es reunir los elementos para la fabricación con el fin de que cada zapato se amolde perfectamente al pie de un cliente en particular. No puede haber defectos, arrugas, dobleces o rebabas. Este es el aspecto lujoso de vestir unos zapatos hechos a medida. Nadie más podrá usarlos.
Miro mi lista de tareas para el día de hoy. Tengo que coser unas cuentas en un par de escarpines de raso para una boda de otoño; la abuela ha terminado el zapato en sí y ahora ya es mío para festonearlo. Voy al servicio a lavarme las manos. Mi abuelo comenzó la tradición de empapelar este cuarto con los titulares de los diarios neoyorquinos que le hacían gracia. ¿Su favorito? Uno de 1958: «Nace bebé con todos los dientes». Yo pegué «Atan a la desatada», cuando hace dos veranos, se casó por tercera vez una caprichosa estrella de cine. La abuela añadió «Astor, ladrón» cuando el hijo de la filántropa Brooke Astor fue inculpado de sustraer dinero de su propia herencia antes de la muerte de su madre.
Voy a la mesa de trabajo a organizar mi día. Disfruto de los días lluviosos y me encanta especialmente trabajar cuando hay una tormenta. El golpeteo de la lluvia contra las ventanas del taller es el acompañamiento natural para el delicado trabajo hecho a mano.
– Dios mío, está lloviendo a cántaros ahí fuera -ruge June Lawton desde la entrada. Sacude su paraguas negro y lo apoya abierto cerca de la puerta, luego se desabotona la gabardina caqui y la cuelga de una percha por encima del radiador del vestíbulo-. Qué lástima que no lluevan hombres, esto sería Jauja, tía.
June, la más vieja y querida amiga de la abuela, tiene cerca de sesenta años. Es una bella irlandesa de ojos azules y cuello de cisne, que acentúa con profundos escotes en V, elaborados collares de cuentas y cadenas largas, bastante atrevidas. June es una auténtica bohemia del West Village y está orgullosa de serlo. A veces, las tardes de verano, se reúne conmigo en la terraza mientras riego los tomates. No sólo sube en busca del sol, de vez en cuando le gusta fumar marihuana en sus descansos. June sostiene el canuto y se disculpa -«gajes del oficio»-, en clara referencia a los días en los que cantaba con una pequeña banda de jazz llamada Whiskey Jam. En los años cincuenta y sesenta, la abuela solía asistir a sus espectáculos en los clubs del Village.
June tiene el ardiente cabello rojo de su juventud y la piel lisa de alguien con la mitad de su edad. En una ocasión le pregunté acerca del secreto de su belleza (no es la marihuana), y ella me dijo que desde los dieciocho años solía lavarse cara y cuello con agua y jabón, y que luego frotaba muy suavemente su piel con una piedra pómez húmeda. Después la aclaraba y aplicaba una delgada capa de aceite vegetal Crisco. ¡Nada de cremas faciales caras!
Greenwich Village está lleno de mujeres como June, que llegaron a la ciudad para trabajar como artistas, tuvieron cierto éxito y lograron ganarse la vida. Ahora, ya jubiladas, habitan apartamentos de renta fija y tienen pocos gastos, y buscan algo interesante para pasar el tiempo. A June le encanta trabajar con las manos y tiene muy buen gusto, así que la abuela la convenció para que viniera a trabajar al taller. Mi abuelo formó a June hace quince años y desde entonces se ha convertido en una excelente cortadora de patrones.
– ¿Dónde está Teodora? -pregunta June.
– Todavía no se ha levantado -le digo.
– Mmmm -murmura June, mientras abre un armario, saca un guardapolvo rojo de pana y se lo pone-, ¿crees que se encuentra bien?
– Sí, por supuesto. -Miro a June-. ¿Por qué lo preguntas?
– No sé, últimamente parece un poco fatigada.
– Nos hemos quedado hasta tarde viendo películas en DVD de Clark Gable.
– Debe de ser por eso.
– Anoche vimos La llamada de la selva.
June silba ligeramente y dice:
– En ésa Gable está muy sexy.
– Loretta Young también está genial.
– Oh, ella es una auténtica belleza y todo lo tenía real, eran sus labios y sus huesos. Se enamoró de Gable cuando hacían esa película, ya lo sabes. Se quedó embarazada, lo mantuvo en secreto, tuvo al bebé y lo dio en adopción. Adivina qué hizo entonces: adoptó a su bebé, la llamó Judy y fingió durante años que esa niña no era su hija biológica.
– ¿En serio?
– Entonces no se podían tener hijos fuera del matrimonio. La hubiera arruinado. ¿Las estrellas de ahora? Ni sus malas actuaciones las pueden arruinar -dice June, sirviéndose una taza de café-. Estos son los momentos en que echo de menos fumar, cuando me emociono -se queja, y deja caer una cucharada de azúcar en su taza-. Y tú, ¿cómo estás?
– Necesito seis millones de dólares.
– Creo que te puedo ayudar.
Nos reímos, y a continuación la expresión de June se torna seria.
– ¿Para qué quieres tanto dinero?
No le había dicho a nadie que me había metido en Internet para buscar edificios como el nuestro en el barrio. Desde que la abuela le dio permiso a Alfred para que se pusiera en contacto con los agentes inmobiliarios, decidí que necesitaba hacer mis propios números para concebir una estrategia alternativa a la de mi hermano. Los resultados de mi búsqueda han sido asombrosos. Puedo fiarme de June, así que se lo confío:
– Quiero comprar la tienda, todo el edificio, y el negocio.
June se sienta en uno de los taburetes con ruedas.
– ¿Cómo lo conseguirás?
– No tengo ni idea.
June sonríe.
– Oh, qué divertido.
– ¿Bromeas?
– Valentine, ésa es la delicia de ser joven. Intentar de todo. Cumplir algo. Cumplir algo de verdad. Seis millones o seis dólares, ¿cuál es la diferencia cuando eres joven y puedes conseguirlos? Me encantan los días de juventud. Dios, ¡los años de juventud! No lo entenderás ahora, pero luchar es emocionante.
– No puedo dormir por las noches.
– Bien, ésa es la mejor hora para idear una estrategia.
– Sí, bueno, no he encontrado demasiadas respuestas.
– Lo harás.
June deja su café, se pone de pie, toma un trozo de papel para hacer patrones y lo coloca encima del satén duquesa de su mesa. Prende alfileres uniendo el papel y la tela.
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