Curtin oprimió otro botón, y Jeffrey oyó una vocecilla metálica y asustada entre interferencias.
– Por favor, que alguien me ayude, por favor…
Su padre apretó el interruptor, cortando la voz en medio de su súplica.
– Me pregunto si sobrevivirá -comentó con una carcajada-. ¿Podrás salvarla, Jeffrey? ¿Podrás salvarla a ella, a tu hermana, a tu madre y a ti mismo? ¿Eres lo suficientemente fuerte y astuto? -Sonrió de oreja a oreja otra vez-. Dudo que alguien pueda ser lo bastante para salvaros a todos.
Jeffrey no abrió la boca. Su padre no apartaba la mirada de él.
– ¿Te eduqué bien?
– Tú no tuviste nada que ver con mi educación.
Peter Curtin sacudió la cabeza.
– Yo he tenido muchísimo que ver con tu educación. -Volvió a alzar el intercomunicador.
– ¿Y ella qué pinta en esto…? -empezó a protestar Jeffrey.
– Todo.
En medio del silencio que siguió, Caril Ann Curtin musitó de nuevo:
– Peter, deja que los mate a los dos ahora. Por favor. Te lo ruego. Todavía estamos a tiempo.
Pero Peter Curtin denegó su petición con un gesto de la mano.
– Vamos a medirnos en un juego, Jeffrey. Un juego de lo más peligroso. Y ella será la única pieza.
Jeffrey se quedó callado.
– Hay mucho en juego. Tu vida contra la mía. La vida de tu madre y tu hermana contra la mía. Tu futuro y el suyo contra mi pasado.
– ¿Cuáles son las reglas?
– ¿Reglas? No hay reglas.
– ¿Pues en qué consiste el juego?
– Vaya, Jeffrey, me sorprende que no lo reconozcas. Se trata del juego más básico de todos. El juego de la muerte.
– No te entiendo.
Peter Curtin le dedicó una sonrisa sardónica.
– Por supuesto que lo entiendes, profesor. Es el juego que se juega en un bote salvavidas, por ejemplo, o en la ladera de una montaña cuando llega el helicóptero de rescate. Se juega en trincheras y en edificios en llamas. ¿Quién vive, quién muere? Consiste en tomar una decisión aun sabiendo las consecuencias catastróficas que puede tener para terceros. -Aguardó, como si esperase oír una respuesta, pero al no obtener ninguna, prosiguió-: Te diré cuál será el juego de esta noche. Si la matas, ganas. Ella muere, y tú ganas a cambio tu vida, la de tu hermana, la de tu madre y la mía, pues serás libre de quitármela. O, si lo prefieres, podrás entregarme a las autoridades. O simplemente obligarme a prometer que no volveré a matar, y yo cumpliré esa promesa. De este modo, podrías dejarme con vida sin mancharte las manos de sangre con el más edípico de los asesinatos. Pero la elección será tuya. Ocurrirá lo que tú quieras. Yo estaré a tu entera disposición. Y para ganar lo único que tienes que hacer es matarla… -en la habitación se respiraba un aire sofocante-, matarla por mí, Jeffrey.
El hombre mayor se interrumpió y observó el impacto de sus palabras en el semblante de su hijo. Alzó el intercomunicador, pulsó el botón del receptor y, por unos segundos, dejó que los desgarradores sollozos de la joven aterrorizada inundasen la sala.
El trecho entre el límite del bosque y la parte posterior de la casa era más corto que por la parte delantera, pero aún quedaba por cruzar una extensión considerable del claro iluminado. Susan Clayton contempló ese espacio con recelo; era más o menos la misma distancia a la que podía tirar una mosca artificial con precisión hacia un pez que nadase a velocidad moderada. Casi podía oír el zumbido del sedal por encima de su cabeza al lanzarlo hacia delante con un gruñido de esfuerzo, sobre las aguas azules y rizadas de su tierra. Esto era algo que sabía que se le daba bien, calibrar la fuerza necesaria para arrojar una pequeña ilusión hecha de plumas, acero y pegamento en la trayectoria de su presa. No estaba tan segura de su capacidad para calcular la velocidad a la que podía cruzar el claro.
Diana Clayton también estaba evaluando su posición.
No le veía demasiado sentido. Respiró lentamente, intentando poner en orden sus pensamientos. Ella y su hija se hallaban tiradas boca abajo sobre la tierra húmeda, con la vista al frente, pero su mente estaba en otro sitio, intentando recordar cada detalle de la vida que llevaba hacía un cuarto de siglo y, lo que es más importante, cada rasgo del hombre con quien había convivido.
– Puedo llegar hasta allí -susurró Susan-, pero sólo si no hay nadie vigilando. -Luego negó con la cabeza-. De lo contrario, me verán antes de que avance dos metros. -Hizo una pausa-. Supongo que no tengo elección.
Diana tendió la mano y agarró a su hija del antebrazo.
– Algo no va bien, Susie. Necesito que me ayudes un momento.
– ¿Cómo?
– Bueno, para empezar, sabemos que hay dos puertas aquí detrás. La puerta trasera normal, que es la que vemos y da a la cocina. Es como cualquier otra puerta trasera. O al menos lo parece. Y luego hay una puerta oculta por la que se sale al exterior desde la sala de música. Debemos encontrarla. Tendría que estar por allí, a la izquierda, junto al garaje.
– Vale -dijo Susan-, nos moveremos en esa dirección.
– No, hay algo más que me inquieta. Deberíamos toparnos con el pabellón aislado. Ya sabes, el que según el contratista no aparece en los planos. Debería estar por aquí detrás, en algún lugar. Creo que nos convendría encontrarlo.
– ¿Por qué? Jeffrey está dentro de la casa. Y él también…
– Porque -dijo Diana eligiendo sus palabras con cuidado- ¿cuál es exactamente el propósito de un sistema de alarma? ¿Por qué asegurarse de, si alguien se acerca por el bosque o por el camino particular, poder detectarlo? ¿Por qué instalar este sistema sofisticado e ilegal aquí en este estado? -Sacudió la cabeza-. Sólo se me ocurre una razón. Para ganar algo de tiempo. Para estar prevenido. No es para protegerse de nada, y menos aún de la policía. Se trata simplemente de un sistema de aviso que le permitirá sacar unos minutos de ventaja, ¿no? Para disponer de un poco de tiempo. ¿Por qué habría de querer eso?
La respuesta a esta pregunta era evidente. Susan contestó en voz baja, en un tono que ponía de manifiesto que había comprendido perfectamente.
– Sólo hay una razón. Porque, si alguien viniese a buscarlo, alguien que sabe quién es y qué ha estado haciendo, necesitaría tiempo para marcharse. Para huir.
Diana asintió.
– Eso es lo que me parece a mí -dijo.
– Una ruta de escape -continuó Susan, pensando en voz alta-. David Hart, el hombre a quien Jeffrey me llevó a ver en Tejas… él dijo que había que prever eso: una vía de entrada y otra de salida.
Diana se dio la vuelta y miró la oscuridad a su espalda.
– ¿Qué dijo el contratista que había allí detrás? Susan sonrió.
– Un páramo despoblado, sin urbanizar, desiertos y montañas. Una zona protegida. Un parque estatal. Se extiende kilómetros y kilómetros…
Diana escrutó la negrura de la noche, que parecía haberlas seguido lentamente hasta allí, pisándoles los talones mientras ellas avanzaban por el bosque.
– O tal vez -dijo con suavidad- sea la salida trasera del estado cincuenta y uno.
Las dos comenzaron a retroceder, apartándose del borde de la zona iluminada y alejándose oblicuamente de la casa, para escrutar la espesura que tenían detrás. El sotobosque parecía más denso allí, y sintieron como si muchas manos huesudas les tirasen de la ropa y les arañasen el rostro. Pese al fresco de la noche, ambas sudaban a causa del agotamiento y la tensión, y seguramente también del miedo. Susan se sentía como si estuviese intentando nadar en un lodazal fétido. Se abría paso agresivamente, luchando contra el bosque como si de un enemigo se tratara. La luz procedente de la casa era difusa, difícil, y su avance parecía sembrado de sombras y hoyos oscuros. Susan maldijo entre dientes, dio un paso, notó que el jersey se le enganchaba en un espino, le dio un tirón, perdió el equilibrio y se tambaleó hacia delante con un grito ahogado. Su madre la seguía, batallando contra las mismas dificultades.
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