Paullina Simons - Tatiana y Alexander

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Tatiana, embarazada y viuda a sus dieciocho años, huye de un Leningrado en ruinas para empezar una nueva vida en Estados Unidos. Pero los fantasmas del pasado no descansan: todavía cree que Alexander, su marido y comandante del Ejército Rojo, está vivo. Entre tanto, en la Unión Soviética Alexander se salva en el último momento de una ejecución.
Tatiana viajará hasta Europa como enfermera de la Cruz Roja y se enfrentará al horror de la guerra para encontrar al hombre de su vida… Dolor y esperanza, amistad y traición se mezclan en esta conmovedora novela protagonizada por dos personajes entrañables y llenos de coraje, capaces de desafiar por amor al destino más cruel.

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Alexander seguía enviando soldados a reparar las vías, y los soldados seguían cayendo. El teniente coronel Muraviev, al mando de varios batallones regulares y disciplinarios, no se mostró muy dispuesto a escuchar sus protestas.

– Es un batallón de castigo -le dijo-. ¿Sabe qué quiere decir eso, capitán?

– Lo sé -respondió Alexander-. Pero déjeme que le haga una pregunta. Sólo estudié matemáticas hasta la secundaria, pero… si el ritmo de bajas es de treinta al día, ¿cuánto durarán mis doscientos hombres?

– Ésta me la sé -exclamó Muraviev-: ¡seis días!

– Exacto. Ni una semana. Los alemanes tienen a trescientos soldados apostados en las montañas, y a nosotros no nos queda prácticamente ninguno.

– No se preocupe. Le proporcionaremos más soldados para que los envíe a la línea férrea. Como siempre.

– ¿Es ése el objetivo? ¿Que los alemanes hagan prácticas de puntería con nuestros hombres?

– Ya me avisaron de que era usted conflictivo -declaró Muraviev, lanzándole una mirada torva-. No olvide que está al mando de un batallón disciplinario. La seguridad de sus hombres no es asunto mío. Ocúpese de arreglar las vías y cierre el pico.

Alexander salió de la tienda sin hacer el saludo reglamentario.

Estaba claro que tendría que tomar cartas en el asunto. No esperaba a Stepanov, pero se habría conformado con un superior que tuviera sólo el 10 % de su talento. ¿Por qué iba a preocuparse Muraviev por los soldados del batallón de Alexander? Todos eran reos de la justicia. Entre sus delitos estaba haber tenido una madre perteneciente a una orquesta que mantenía correspondencia con músicos franceses, aunque la mujer ya estuviera muerta y la orquesta se hubiera disuelto muchos años atrás. A otros los habían visto entrar en una iglesia, antes de que Stalin declarase al Pravda que él también creía en «cierto tipo de Dios». Otros habían estrechado casualmente la mano de un ciudadano a punto de ser detenido. Algunos habían sido vecinos de una persona acusada de algún delito.

– Yo soy uno de ésos: tuve la mala suerte de ocupar la cama contigua a la suya, capitán -manifestó Ouspenski.

Alexander sonrió. Se dirigían al cobertizo que se empleaba como arsenal. Alexander había pedido a Ouspenski que lo acompañara porque quería solicitar un mortero de 160 milímetros.

El día anterior, al amanecer, había subido a una colina cercana a las vías para observar cómo caían sus hombres. Oculto entre los arbustos y usando unos prismáticos de campaña, localizó el punto de partida de las tres bombas que arrojaron los alemanes. Estaban a dos kilómetros por lo menos. Por eso necesitaba un mortero de 160 milímetros, el único capaz de hacer blanco a esa distancia.

Por supuesto, el responsable del arsenal se negó a darle el mortero. El sargento que atendía el mostrador le dijo que un batallón disciplinario no estaba autorizado a emplear morteros y que la solicitud tenía que estar firmada por su mando inmediato. Pero Muraviev se rió de Alexander y se negó a ayudarlo.

– He perdido a ciento noventa y dos hombres en siete días. ¿Habrá reos suficientes para reparar la línea?

– ¡Órdenes son órdenes, Belov! El mortero es para la compañía que tiene que atacar a los alemanes en Siniavino la semana próxima.

– ¿Sus hombres pretenden subir hasta la cima de una montana pertrechados con un arma tan pesada, coronel?

Muraviev le ordenó que saliera de la tienda.

Alexander terminó hartándose y convocó al sargento Melkov. Aquella noche, Melkov, el que mejor aguantaba el vodka de todo el batallón, invitó a beber al vigilante del cobertizo hasta que éste se quedó dormido en la silla y no pudo oír los crujidos de la desvencijada puerta de madera cuando Alexander y Ouspenski entraron a por el mortero. Tuvieron que hacerlo rodar a lo largo de un kilómetro, en plena noche. Entretanto, Melkov, que se había tomado el encargo en serio, los esperó junto al vigilante, echándole tragos de vodka por el gaznate cada quince minutos.

Poco antes de las cinco de la mañana, siete de los hombres de Alexander bajaron a las vías como cebo.

A través de los prismáticos, Alexander vio cómo la primera bomba dibujaba una curva sibilante desde el punto de origen hasta la línea férrea. Sus hombres lograron escapar indemnes. Alexander y Ouspenski tuvieron que aunar sus fuerzas para introducir la bomba explosiva dentro de la recámara.

– No lo olvide, Nikolai -dijo Alexander mientras dirigía el cañón hacia las montañas-. Sólo tenemos dos proyectiles: dos únicas oportunidades de acabar con los putos alemanes. Y este trasto tiene que estar en el arsenal dentro de veinte minutos, antes del cambio de guardia de las seis.

– ¿No se darán cuenta de que faltan las dos bombas mayores?

Alexander dirigió los prismáticos hacia la montaña bañada en la luz azul del amanecer.

– Me da igual que se enteren, mientras consigamos aplastar a esos alemanes de mierda. De todos modos, no creo que se fijen. ¿Cree que alguien lleva algún tipo de inventario? ¿El vigilante borracho, tal vez? De ése ya se encarga Melkov, que además aprovechará para sacar treinta ametralladoras.

Ouspenski soltó una carcajada.

– No se ría, desequilibrará el mortero -dijo Alexander-. ¿Está listo?

Encendió la mecha.

La mecha ardió durante dos segundos, el retroceso retumbó como un terremoto y el primer proyectil salió silbando del cañón y dibujó un arco de un kilómetro y medio. Alexander lo vio caer y estallar entre los árboles. En el momento en que la primera bomba alcanzo su objetivo, la segunda ya estaba en camino. Alexander no se fijó dónde caía el segundo proyectil porque ya había empezado a desmontar el mortero. Dejando a Ouspenski a cargo de los soldados, devolvió la pesada pieza de artillería al arsenal y tuvo tiempo de cerrar la puerta y arrojar el manojo de llaves en el regazo del vigilante inconsciente cuando faltaban dos minutos para las seis.

– Buen trabajo -dijo cuando Melkov y él se apresuraban a volver a sus respectivas tiendas para la inspección matinal.

– Gracias, señor -respondió Melkov-. Ha sido un placer.

– Ya lo veo -contestó Alexander, sonriente-. Que no lo pille en otro momento bebiendo así, o irá directo al calabozo.

El vigilante estuvo cuatro horas inconsciente y fue relevado de sus funciones por negligencia grave.

– ¡Tiene suerte de que no falte nada, cabo! -lo reprendió Muraviev.

Como castigo, el vigilante tuvo que trabajar una semana en el comando encargado de reparar las vías.

– Tiene suerte de que los alemanes lleven dos días tranquilos cabo. De no ser así, ya estaría usted muerto -le aseguró Alexander

Sus hombres pudieron reparar las vías mientras los alemanes se reorganizaban, y cinco trenes cargados de alimentos y medicinas consiguieron llegar a Leningrado.

Los alemanes retomaron más tarde los bombardeos, pero no por mucho tiempo porque Muraviev terminó cediendo el mortero a Alexander. Después de localizar la posición de los alemanes en Siniavino y dispararles unos cuantos proyectiles, un batallón del Ejército 67 subió hasta la cima del monte mientras los hombres de Alexander los defendían desde el valle con la artillería.

El batallón no regresó, pero los alemanes ya no volvieron a bombardear el ferrocarril.

En el otoño de 1943, el Ejército 67 ordenó al batallón disciplinario de Alexander (reducido a sólo dos compañías, con 144 soldados en total) que cruzara el Neva al sur de Pulkovo para atacar los últimos bastiones del cerco de Leningrado. Esta vez le proporcionaron algunas piezas de artillería (ametralladoras pesadas, morteros, bombas antitanque y una caja de granadas). Cada uno de sus hombres disponía de una ametralladora ligera y de abundante munición. Durante doce días del mes de septiembre de 1943, el séptimo batallón, junto con dos batallones más y una compañía motorizada, bombardearon a los alemanes en Pulkovo. Contaron con el apoyo aéreo de dos Shtukarevich, pero no les sirvió de nada.

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