Tracy Chevalier - El azul de la Virgen

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En esta obra Chevalier fundió la existencia de una norteamericana que comienza a residir en la Francia actual con la de una joven que padeció las consecuencias de la Noche de San Bartolomé.
La primera de estas historias comienza en el último tercio del siglo XVI. El mismo día en que, en un pequeño pueblo francés, pintan el nicho de la Virgen de un azul intenso, a Isabelle se le enrojece el pelo. Desde aquel día es llamada La Rousse, como la Virgen María (ya que se decía que también tenía el pelo rojo). Pero ese apodo deja de ser cariñoso cuando los hugonotes proclaman que la Virgen se interpone entre los creyentes y Dios.
La segunda historia transcurre a finales del siglo XX. Mientras busca un pueblo interesante para establecerse con Rick, su marido, un arquitecto también norteamericano aunque sin raíces francesas, Ella Turner piensa que Francia es un banquete del que está dispuesta a probar todos los platos. Todo parece ir bien… hasta que empieza a tener pesadillas cada vez que hace el amor con su marido con la intención de concebir un hijo. Ella Turner sueña en azul, se siente arrastrada hacia un lugar lleno de azul.

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– Rojo -dijo-. Es rojo.

El buhonero sonrió.

– Pero eso es muy hermoso, ¿no es cierto? El color de los cabellos de la Virgen, que Dios la bendiga. ¿Por qué avergonzarse? ¡Y además es la respuesta acertada! Ahora te puedo transmitir el mensaje. Es de un pastor que encontré en Alés durante el invierno. Te describió y luego me pidió que te buscara. Tiene el pelo oscuro y una cicatriz en la mejilla. ¿Lo conoces?

Isabelle se inmovilizó. De entre el humo, el agotamiento, el miedo que le impedía pensar, surgió un tenue rayo de luz.

– Paul -susurró.

– ¡Sí, sí, así se llama! Quiere que te diga -el buhonero cerró los ojos y pensó- que todavía te busca en verano junto al nacimiento del Tarn. Te busca siempre.

Isabelle empezó a llorar. Afortunadamente fue Marie y no Etienne o Hannah quien vino a su lado y la cogió de la mano.

– ¿Qué te pasa, mamá? ¿Qué te ha dicho ese mal hombre? -añadió, mirando al buhonero con el ceño fruncido.

– No es un mal hombre -dijo Isabelle entre lágrimas.

El buhonero rió y le pasó la mano por el pelo a Marie.

– Tú, bambina, eres como un barquito, como una góndola. Te balanceas arriba y abajo y te sostienes en el agua; eres valiente pero muy pequeña.

Siguió pasando los dedos por el pelo de la niña hasta que encontró un cabello rojo que se le había pasado a Hannah.

– ¿Ves? -le dijo a Isabelle-, no vergonzoso sino hermoso.

– Cuéntele que con el pensamiento estoy siempre allí -intervino Isabelle.

Marie los miró a los dos.

– ¿Contar a quién?

– No es nada, Marie. Sólo hablábamos. Gracias -le dijo al buhonero.

– Sé feliz, Bella.

– Lo procuraré.

El jueves Santo llegó el bloque de granito.

Etienne y los chicos araban mientras Isabelle y Hannah limpiaban la casa, liberándola del humo invernal y de la oscuridad. Restregaban los suelos y las paredes, escaldaban las ollas, lavaban la ropa, cambiaban la paja de los colchones y sacaban el estiércol del establo. No iban a encalar todavía las paredes. En todas las casas del valle se encalaban las habitaciones una vez al año, en primavera, pero los Tournier esperarían a que estuviera construida la chimenea

Isabelle removía una cuba llena de ropa humeante cuando vio que se acercaba el carro, el caballo esforzándose mucho por el peso de la piedra.

– Marie, ve a contar a papá que ha llegado el granito -dijo. Marie soltó el palo con el que había estado empujando las telas empapadas y corrió hacia los campos.

Cuando Etienne y los chicos llegaron, el transportista consumía un cuenco de estofado en la mesa recién fregada. Comía deprisa, la boca muy cerca del cuenco. Cuando terminó alzó la cabeza.

– Necesitaremos dos hombres más para levantarlo. Etienne hizo una indicación a Petit Jean.

– Ve a buscar a Gaspard -dijo.

Mientras esperaban, Etienne explicó cómo construiría la chimenea.

– Primero cavaré un lecho para colocarla, de manera que quede a la altura del suelo -dijo.

Hannah, que se había colocado detrás de Etienne, recogió el cuenco del otro, volvió a llenarlo, y golpeó con él la mesa al ponérselo delante.

– ¿Por qué no lo hace ahora? -preguntó el transportista-. De esa manera podríamos colocar la piedra enseguida.

– Se tardaría demasiado -replicó Etienne incómodo-. El suelo todavía sigue helado, como puede ver. No quiero hacerle esperar.

El otro dio una patada en el suelo.

– A mí no me parece helado.

– Todavía sigue muy duro. De todos modos estaba trabajando en el campo y no he tenido tiempo de cavar. Además, pensaba que llegaría usted más adelante. Después de Pascua.

Eso no es verdad, pensó Isabelle, mirando fijamente a Etienne, que mantenía los ojos en el suelo, en el sitio donde el otro había dejado una marca con el pie. Gaspard les había dicho que lo esperasen antes de Pascua. Era muy raro oír a su marido mentir con tanta desfachatez.

El transportista terminó su segundo cuenco.

– Las mujeres de su casa no tienen problemas para cocinar con ese fuego -dijo, señalando con un movimiento de cabeza las llamas del rincón-. ¿Por qué cambiarlo?

Etienne se encogió de hombros.

– Estamos acostumbrados a tener chimenea.

– Pero ahora viven en un país nuevo. Con costumbres nuevas, que deberían pasar a ser las suyas.

– Algunas viejas costumbres siguen con nosotros para siempre, vayamos donde vayamos -dijo Isabelle-. Son parte de nosotros. Nada las puede reemplazar por completo.

Todos la miraron fijamente y en el rostro de Etienne apareció una expresión muy desagradable.

¿Por qué he hablado? pensó. Sé que callar es lo más seguro. ¿Por qué he dicho una cosa así? Ahora me pegará, igual que durante el invierno. Y quizá haga daño al niño. Se tocó el vientre.

Una vez que llegaron los que venían a ayudar, Etienne estuvo demasiado ocupado para desahogar su indignación. Se necesitaron cuatro personas, todas hombres fornidos, para sacar el bloque de granito del carro e introducirlo a trompicones en la casa, donde lo apoyaron en la pared junto a la puerta. Jacob le pasó las manos arriba y abajo. Marie se extendió contra él como si fuese una cama.

– Está tibio, mamá -dijo-. Como nuestra casa.

La Pascua era una época de redención, cuando se explicaban los rigores del invierno. Isabelle sacó la ropa negra para el servicio religioso y se cambió con una naturalidad que creía haber perdido.

A esto se le llama esperanza, pensó. Esto es lo que había olvidado.

Se preguntaba si Etienne le prohibiría ir a la iglesia por decir lo que le había dicho al transportista, pero ni siquiera lo mencionó. La audacia de Isabelle quedaba compensada por su mentira.

Ayudó a Marie a vestirse. Su hija estaba inquieta, daba saltos por la habitación, se reía para sus adentros. Cuando llegó el momento de salir, la niña tomó una mano de Isabelle, Jacob la otra, y los tres caminaron por el estrecho sendero codo con codo, detrás de Etienne y de Hannah. Petit Jean corría por delante.

Isabelle no se atrevía a pensar en la Virgen de Chaliéres. Me basta con asistir al primer servicio y ver a otras personas, caminar al sol, pensó. No espero nada más.

Al final de la ceremonia matutina en Saint Pierre, Etienne se dirigió hacia la casa de Gaspard sin hablar con Isabelle; el resto de la familia lo siguió. Pascale se acercó y caminó al lado de su amiga, sonriendo.

– Me alegro de que vengas al segundo servicio -susurró-. Es una bendición que estés hoy aquí.

En la casa Isabelle se sentó al lado de Pascale, junto al fuego, y escuchó todas las habladurías del invierno de las que no estaba enterada.

– Pero, ¡seguro que sabes eso! -exclamaba Gaspard cada vez que le contaba una historia nueva-. Hannah tiene que haberlo oído cuando venía a cocer el pan; ¡seguro que te lo contó! ¡Oh! -se tapó la boca con la mano, demasiado tarde para impedir que salieran las palabras, y miró a Hannah, que estaba sentada junto a Etienne en el otro banco, con los ojos cerrados. Los abrió y miró a Gaspard, que rió nervioso.

– Eh, Hannah -dijo muy deprisa-, sabes todas las habladurías, n’est-ce pas? Oír, oyes, aunque no hables.

Hannah se encogió de hombros y volvió a cerrar los ojos.

Se hace vieja, pensó Isabelle. Y además está cansada. Pero todavía es capaz de hablar, no me cabe la menor duda. Petit Jean desapareció pronto con los hijos de un vecino, pero Jacob y Marie se quedaron, inquietos, ambos con ojos relucientes, expectantes. Finalmente Pascale dijo en voz más alta:

– Venid, os voy a enseñar los cabritos nuevos. Tú no, Isabelle. Sólo estos dos -se llevó a los dos niños al establo.

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