Tracy Chevalier - El azul de la Virgen

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En esta obra Chevalier fundió la existencia de una norteamericana que comienza a residir en la Francia actual con la de una joven que padeció las consecuencias de la Noche de San Bartolomé.
La primera de estas historias comienza en el último tercio del siglo XVI. El mismo día en que, en un pequeño pueblo francés, pintan el nicho de la Virgen de un azul intenso, a Isabelle se le enrojece el pelo. Desde aquel día es llamada La Rousse, como la Virgen María (ya que se decía que también tenía el pelo rojo). Pero ese apodo deja de ser cariñoso cuando los hugonotes proclaman que la Virgen se interpone entre los creyentes y Dios.
La segunda historia transcurre a finales del siglo XX. Mientras busca un pueblo interesante para establecerse con Rick, su marido, un arquitecto también norteamericano aunque sin raíces francesas, Ella Turner piensa que Francia es un banquete del que está dispuesta a probar todos los platos. Todo parece ir bien… hasta que empieza a tener pesadillas cada vez que hace el amor con su marido con la intención de concebir un hijo. Ella Turner sueña en azul, se siente arrastrada hacia un lugar lleno de azul.

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Se oyó un suspiro colectivo y el círculo se deshizo. Noté que el dueño me miraba con frialdad. Abrí la boca para decir algo, pero se dio la vuelta, recogió su bandeja y entró en el bar. Recuperé mis periódicos y me marché sin pagar.

A partir de entonces me sentí incómoda en el pueblo. Evité aquel bar y a la mujer con su bebé. Me costaba trabajo mirar a las personas a los ojos. Mi francés perdió seguridad y mi acento empeoró.

Madame Sentier lo advirtió al instante.

– Pero ¿qué le ha sucedido? -preguntó-. ¡Había hecho tantos progresos!

Me vino a la cabeza la imagen de un círculo de hombros. No dije nada.

Un día, mientras esperaba mi turno en la boulangerie, oí decir a la cliente anterior que iba camino de «la bibliothéque», al tiempo que hacía un gesto como si se hallara a la vuelta de la esquina. La panadera le entregó un libro con tapas de plástico; era una novela rosa. Apresuré la compra de baguettes y de quiches, y reduje al mínimo mi torpe conversación ritual con Madame. Me escabullí y seguí a la otra clienta mientras hacía sus compras diarias por los comercios de la plaza. Se detuvo para saludar a varias personas y discutió con todos los tenderos mientras, sentada en un banco, yo la seguía con la vista por encima de mi periódico. Hizo paradas en tres lados de la plaza antes de entrar bruscamente en el ayuntamiento, que estaba en el cuarto. Doblé el periódico y apreté el paso, pero luego descubrí que tenía que detenerme en el vestíbulo y examinar amonestaciones de bodas y notificaciones de permisos de obras mientras ella ascendía con mucha dificultad un larguísimo tramo de escaleras. Yo las subí a continuación de dos en dos y me deslicé tras ella por la misma puerta. Al cerrarla a mi espalda, me encontré con el primer sitio del pueblo que me resultó familiar.

La biblioteca tenía exactamente la mezcla de sordidez y cómoda tranquilidad que me hacía apreciar las bibliotecas públicas de mi país. Aunque era pequeña -sólo dos habitaciones-, los techos altos y varias ventanas sin postigos creaban un ambiente inusualmente amplio y luminoso tratándose de un edificio tan antiguo. Varias personas alzaron la vista para mirarme, pero su escrutinio fue piadosamente breve y una tras otra volvieron a leer o a hablar entre sí en voz baja.

Miré a mi alrededor y luego me acerqué al escritorio principal para solicitar el carné de lectora. Una señora muy amable de mediana edad, con un elegante traje de color aceituna, me dijo que necesitaba presentar algún papel con mi dirección francesa como prueba de residencia. Me indicó además, con mucho tacto, dónde se encontraba un diccionario francés-inglés en varios volúmenes y una reducida sección de libros en mi idioma.

La segunda vez que visité la biblioteca no estaba la señora de mediana edad; encontré en su lugar a un individuo que hablaba por teléfono, los penetrantes ojos castaños fijos en algún punto de la plaza y una sonrisa burlona en el rostro anguloso. Era más o menos de mi estatura, llevaba pantalones negros, camisa blanca sin corbata, abrochada hasta el cuello y mangas recogidas por encima del codo. Un lobo solitario. Sonreí para mis adentros: será mejor evitarlo.

Cambié de rumbo para alejarme de él y me dirigí a la sección de libros en inglés. Tuve la sensación de que algunos turistas habían regalado a la biblioteca un montón de lecturas para vacaciones: vi sobre todo novelas románticas y de suspense. También había una buena selección de obras de Agatha Christie. Encontré una que no había leído Y luego eché una ojeada a la sección de novela francesa. Madame Sentier me había recomendado a Françoise Sagan como manera indolora de acostumbrarme a leer en francés; elegí Bonjour tristesse. Me dirigí hacia el escritorio principal, vi al lobo que estaba detrás, después examiné mis dos libros frívolos y me detuve. Regresé a la sección en inglés y añadí Retrato de una dama a mis lecturas.

Me entretuve un rato, estudiando minuciosamente un ejemplar de Paris-Match. Finalmente llevé los libros al escritorio. El bibliotecario me miró fijamente, hizo algún cálculo mental mientras examinaba los volúmenes y, sin el más mínimo asomo de sonrisa irónica, dijo en inglés:

– ¿Su carné?

Al diablo con él, pensé. Me molestó sobremanera aquella apreciación desdeñosa, el convencimiento de que yo no hablaba francés, de que tenía un aire demasiado americano.

– Me gustaría solicitarlo -repliqué en francés con mucho cuidado, tratando de pronunciar las palabras sin el menor rastro de acento.

Me tendió un formulario.

– Rellénelo -me ordenó en inglés.

Me molestó tanto su actitud que al escribir mi apellido puse Tournier en lugar de Turner. Luego empujé el impreso en su dirección, con gesto desafiante, junto con el permiso de conducir, una tarjeta de crédito y una carta del banco con mi dirección en Francia. El bibliotecario examinó los documentos que me identificaban y luego frunció el ceño ante el formulario.

– ¿Qué es esto de «Tournier»? -preguntó, repiqueteando con un dedo sobre mi apellido-. Es Turner, ¿verdad? ¿Como Tina Turner?

Seguí contestándole en francés.

– Sí, pero el apellido de mi familia era originariamente Tournier. Lo cambiaron al emigrar a Estados Unidos. En el siglo XIX. Quitaron la «o» y la «i» para que fuera más americano -era un detalle de mi historia familiar del que estaba informada y del que me enorgullecía, pero que no impresionó a mi interlocutor-. Muchas familias cambiaron sus apellidos al emigrar… -se me fue apagando la voz y aparté la vista de sus ojos burlones.

– Su apellido es Turner, de manera que en el carné debe aparecer Turner, ¿no es así?

Me pasé al inglés.

– Como…, como ahora vivo aquí, pensé que podía empezar a usar Tournier.

– Pero no tiene carné ni documento alguno con el apellido Tournier, ¿no es eso?

Moví la cabeza y fruncí el ceño mientras miraba los montones de libros, los codos apretados contra los lados del pecho. Para vergüenza mía, los ojos se me empezaron a llenar de lágrimas.

– Da lo mismo, carece de importancia -murmuré entre dientes. Teniendo cuidado de no encontrarme con su mirada, recogí los carnés y la carta, di media vuelta y me abrí paso hasta la salida.

Por la noche, al abrir la puerta de nuestra casa para ahuyentar a dos gatos que se peleaban en la calle, me tropecé con un montón de libros en los escalones de la entrada. Tenían encima el carné y su titular era Ella Tournier.

Tardé en volver a la biblioteca, dominando el impulso de hacer un viaje especial para agradecer su gesto al bibliotecario. No había aprendido aún a dar las gracias a los franceses. Cuando compraba algo, parecían darme las gracias demasiadas veces durante la transacción y nunca estaba segura de su sinceridad. Era difícil analizar el tono de voz. Pero el sarcasmo del bibliotecario no había dejado lugar a dudas; no me lo imaginaba aceptando mi gratitud de buen talante.

Unos días después de que apareciera el carné delante de mi casa, caminaba por la carretera junto al río cuando lo vi sentado al sol en el bar del puente, un sitio donde me estaba aficionando a ir a tomar café. Parecía hipnotizado por el agua que corría mucho más abajo. Me detuve, tratando de decidir si le dirigía la palabra o no, preguntándome si podría pasar discretamente por delante sin que se diera cuenta. Alzó la vista y me sorprendió contemplándolo. No cambió de expresión; miró como si sus pensamientos estuvieran muy lejos.

Bonjour -dije, sintiéndome muy estúpida.

– Bonjour -se removió ligeramente en la silla e hizo un gesto invitándome a que me sentara a su lado-. Café ?

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