Aunque su madre se ocupó más de ella, Cornelia no cambió en absoluto. Era la preferida de Catharina, tal vez porque su carácter era el más parecido al de ella, y apenas hizo nada por doblegar sus malas formas. A veces me miraba con sus ojitos castaños claros, la cabeza ladeada dejando que los rizos pelirrojos le cayeran delante de la cara, y yo pensaba en la sonrisa que me había contado Maertge que había puesto mientras le estaban pegando. Y volví a pensar, como lo había hecho el primer día: «Me traerá problemas».
Sin que se me notara, evitaba a Cornelia igual que a su madre. No quería dar pie a ninguna fechoría. Escondí el azulejo roto, el mejor cuello de encaje que me había hecho mi madre y mi mejor pañuelo bordado, a fin de que no pudiera volver a utilizarlos en mi contra.
Él no me trató de forma distinta después del asunto de la peineta. Cuando le di las gracias por defenderme, agitó la cabeza como si estuviera espantándose un moscardón.
Era yo la que me sentía distinta con respecto a él. Me sentía en deuda. Sentía que no podía decirle que no a nada que me pidiera. No se me ocurría nada que él pudiera pedirme y que yo quisiera negarle, pero a pesar de ello no me gustaba la situación en la que me encontraba.
Me había desilusionado, aunque no me gustaba pensar en ello. Me habría gustado que le dijera él mismo a Catharina que yo le ayudaba en su trabajo, que demostrara que no le asustaba decírselo, que me defendía.
Eso es lo que me habría gustado.
Una tarde de mediados de octubre, cuando el nuevo cuadro de la mujer de Van Ruijven estaba casi terminado, María Thins subió al estudio a hablar con él. Debía de saber que yo estaba trabajando en el desván y podía oírla, pero no obstante le habló a él directamente.
Le preguntó qué pensaba pintar a continuación. Al no obtener respuesta le dijo:
– Deberías pintar un cuadro más grande, con más figuras, como los de antes. No otra mujer sola sin más compañía que sus pensamientos. Cuando Van Ruijven venga a ver éste, deberías sugerirle otro. Tal vez una pieza que sea la contrapartida de algo que ya le hayas pintado. Seguro que acepta. Siempre lo hace. Y pagará más.
Él seguía sin responder.
– Cada vez tenemos más deudas -dijo María Thins en tono terminante-. Necesitamos el dinero.
– Puede que pida que sea ella la modelo -dijo él. Habló muy bajo, pero pude oír lo que decía, aunque sólo más tarde entendí el significado de sus palabras.
– ¿Y?
– Nada. Así no.
– Nos preocuparemos por ello cuando suceda, no antes.
Unos días después, Van Ruijven vino a ver el cuadro terminado. Por la mañana mi amo y yo preparamos la habitación para la visita. Él se encargó de bajarle a Catharina el joyero y las perlas, mientras yo guardaba todo lo demás y colocaba las sillas en su sitio. Luego él trasladó el caballete y el cuadro al rincón donde había estado dispuesta la escena pintada y me ordenó que abriera todos los postigos. Esa mañana ayudé a Tanneke a preparar una comida especial para los invitados, y cuando vinieron hacia el mediodía, fue Tanneke la que subió el vino mientras ellos se reunían en el estudio. Cuando bajó, sin embargo, me anunció que iba a ayudarla yo a servir la comida en lugar de Maertge, que ya era lo bastante mayor para sentarse a la mesa con ellos.
– Lo ha decidido mi señora -añadió.
Me sorprendió; la última vez que habían venido a ver un cuadro, María Thins había intentado mantenerme alejada de Van Ruijven. Pero no le dije nada de esto a Tanneke.
– ¿Ha venido también Van Leeuwenhoek? -pregunté en cambio-. Me pareció oír su voz en el pasillo.
Tanneke asintió con gesto ausente. Estaba probando el faisán asado.
– No está mal -susurró-. Puedo llevar la cabeza tan alta como cualquiera de las cocineras de Van Ruijven.
Mientras ella estaba arriba, yo había rociado el faisán con su propio jugo y le había puesto sal, pues Tanneke siempre se quedaba corta.
Cuando bajaron a comer y todos estuvieron sentados, Tanneke y yo empezamos a llevar los platos. Catharina me atravesó con los ojos. Incapaz, como siempre, de ocultar sus pensamientos, estaba horrorizada de verme servir la mesa. Mi amo hizo un gesto como si acabara de romperse un diente con una piedra. Lanzó una fría mirada a Maria Thins, que fingió la más total indiferencia detrás de su copa de vino
Van Ruijven, sin embargo, mostró una sonrisa.
– ¡Ah, la doncellita de los ojos grandes! -exclamó-. preguntaba por dónde andarías. ¿Cómo estás, muchcha?
– Muy bien, señor, gracias -farfullé, sirviéndole un de faisán y alejándome lo más deprisa que pude.
No lo bastante deprisa, sin embargo, pues se las apañó para pasarme una mano por el muslo. Todavía la sentía unos minutos después.
Mientras que la esposa de Van Ruijven y Maertge parecían no darse cuenta de nada, Van Leeuwenhoek se fijaba en todo: en la furia de Catharina, en la irritación de mi amo, en el gesto de indiferencia de Maria Thins, en la mano demasiado larga de Van Ruijven. Cuando le serví, me estudió la cara como buscando en ella una respuesta a por qué una simple criada podía armar semejantes problemas. Le agradecí que no hubiera la más mínima recriminación en su mirada.
Tanneke también se dio cuenta dei revuelo que yo había causado, y por una vez me prestó su ayuda. No nos dijimos nada en la cocina, pero fue ella la que volvió a la mesa con la salsa, a servir más vino o más comida, mientras yo trajinaba con los cacharros. Sólo tuve que volver una vez a la mesa para recoger los platos. Tanneke se dirigió directamente al servicio de Van Ruijven, mientras yo recogía los del otro extremo de la mesa. Van Ruijven me seguía con los ojos de un lado a otro.
Lo mismo que mi amo.
Traté de ignorarlos a ambos y de escuchar lo que decía Maria Thins. Estaba hablando del siguiente cuadro.
– El de la lección de música le gustó mucho, ¿no es cierto? -dijo-. ¿Y qué mejor que continuar con el tema musical en otro cuadro? Después de la lección, un concierto, tal vez, con más figuras, tres o cuatro músicos, un público…
– No. Público no. Yo no pinto públicos.
María Thins lo miró escéptica.
– Venga, venga -intervino oportunamente Van Leeuwenhoek-, seguramente un público es mucho menos interesante que la propia orquesta.
Me gustó que defendiera a mi amo.
– A mí no me gustan especialmente los públicos -anunció Van Ruijven-, pero me gustaría figurar en el cuadro. Yo seré el que toca el laúd -y tras una pausa, añadió-: También quiero que aparezca ella.
No necesité mirarlo para darme cuenta de que era a mí a quien señalaba.
Tanneke me hizo un gesto con la cabeza y yo volví a la cocina con lo poco que había recogido, dejando que ella se llevara el resto. Quería mirar a mi amo, pero no me atreví. Al salir, oí que Catharina decía con gran contento en la voz:
– ¡Qué buena idea! ¡Como en el de usted con la criada vestida de rojo! ¿La recuerda?
El domingo mi madre me habló cuando estábamos solas en la cocina. Mi padre se había quedado fuera disfrutando del sol de octubre mientras nosotras preparábamos la comida.
– Ya sabes que nunca hago caso de las habladurías que se oyen en el mercado -empezó a decir-, pero no es fácil no prestar oídos cuando oyes mencionar el nombre de tu hija.
Enseguida pensé en Pieter el hijo. Nada de lo que hacíamos en el callejón era digno de ir de boca en boca. Había insistido en ello.
– No sé de qué habla, madre -respondí sinceramente.
Mi madre puso una mueca.
– Dicen que tu amo te va a pintar.
Era como si estas palabras le dieran repugnancia.
Yo dejé de revolver la olla que estaba al fuego.
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