No encontró la peineta en el joyero. Yo sabía exactamente dónde estaba.
No la seguí, sino que subí al desván.
Él me miró sorprendido, una mano suspendida en el aire agarrando la moleta sobre la mesa, pero no me preguntó por qué había subido. Siguió moliendo.
Abrí el baúl donde guardaba mis pertenencias y desaté el pañuelo que envolvía la peineta. Desde que había entrado a trabajar en la casa raramente sacaba la peineta, no tenía ninguna razón para ponérmela o para admirarla. Me recordaba demasiado un tipo de vida que nunca podría llevar siendo una criada. Entonces cuando me paré a mirarla, vi que no era la de mi abuela, sino otra muy parecida. La forma de la concha era más larga y más curva y a cada lado tenía unas pequeñas marcas en forma de dientes de sierra. Era más delicada fue la de mi abuela, pero tampoco mucho más delicada.
A saber si vuelvo a ver la peineta de mi abuela, pensé. Me quedé tanto tiempo sentada con la peineta en el regazo que mi amo dejó de moler el lapislázuli.
– ¿Pasa algo, Griet?
Me habló suavemente, lo cual me hizo más fácil decir lo que no tenía más remedio que decir.
– Señor -declaré por fin-, necesito su ayuda.
Me quedé en el desván, sentada en mi cama con las manos en el regazo, mientras él hablaba con Catharina y María Thins y mientras buscaban a Cornelia y registraban su habitación hasta encontrar la peineta de mi abuela. Maertge la encontró por fin escondida dentro de la gran concha que les había traído el panadero cuando vino a ver el retrato de su hija. Fue entonces probablemente cuando Cornelia había hecho el cambio, bajando del desván mientras los otros niños jugaban en el almacén y ocultando mi peineta en lo primero que encontró.
Fue a María Thins a quien le correspondió pegar a Cornelia; él dejó bien claro que no era tarea suya, aunque sabía que Cornelia debía ser castigada. Maertge me dijo luego que Cornelia no lloró, sino que mantuvo durante todo el tiempo una sonrisa de burla en los labios.
También fue Maria Thins la que vino a buscarme al desván.
– Bien, muchacha -me dijo, apoyándose en la mesa de moler-, parece que has dejado el gato suelto en el gallinero.
– Yo no he hecho nada -protesté.
– No, pero te las has apañado para hacerte algunos enemigos. ¿Por qué? Nunca nos había pasado nada igual con las otras chicas -se rió por lo bajo, pero detrás de la risa estaba seria-. Pero él te ha defendido, a su manera -continuó-, y eso tiene más fuerza que todo lo que podamos decir en tu contra Catharina o Cornelia o Tanneke o incluso yo.
Dejó caer la peineta en mi regazo. Yo la envolví en su pañuelo y la guardé otra vez en el baúl. Entonces me volví hacia ella. Si no le preguntaba ahora, nunca lo sabría. Éste podría ser el único momento en que quisiera responder a mi pregunta.
– Por favor, señora, ¿qué dijo el amo? ¿Qué dijo de mí?
María Thins me lanzó una mirada astuta.
– No te ufanes, muchacha. Dijo muy poco de ti. Pero fue claro. El que bajara y se preocupara…, sólo con eso mi hija supo que estaba de tu lado. No; la culpó a ella de no educar bien a sus hijos. Mucho más inteligente, como ves, criticarla a ella que elogiarte a ti.
– ¿Le explicó que le estaba ayudando?
– No.
Traté de que no se me notara en la cara lo que sentía, pero la pregunta misma debió de dejar claros mis sentimientos.
– Pero se lo dije yo cuando él se fue -añadió María Thins-. Es una tontería que tengas que andar escondiéndote y ocultándole cosas en su propia casa -pareció que me estaba echando la culpa de ello, pero entonces musitó -Habría pensado otra cosa de él -y se calló de pronto, como si se arrepintiera de haber revelado su pensamiento.
– ¿Qué dijo ella cuando usted se lo contó?
– No la hizo muy feliz, claro, pero teme más su cólera -María Thins vaciló-. Y hay otra razón por la cual no está tan preocupada. Por qué no decírtelo ya: vuelve a estar encinta.
– ¿Otro? -se me escapó. Me sorprendía que Catharina quisiera tener otro hijo cuando andaban tan mal de dinero.
María Thins puso cara de malas pulgas.
– Cuidado con lo que dices, muchacha.
– Lo siento, señora -inmediatamente lamenté haber dicho nada, incluso esa única palabra. No me correspondía a mí decir cuán grande debía ser la familia-. ¿Ha estado ya el médico? -pregunté, tratando de remediarlo.
– No hace falta. Conoce de sobra los síntomas, ya ha pasado por ello bastantes veces -por un momento María Thins dejó ver claramente en su cara sus pensamientos; ella tampoco sabía qué pensar de tener tantos hijos. Su expresión volvió a ser severa-. Tú ocúpate de tus tareas, no te pongas en su camino y ayúdalo a él en el taller, pero no presumas de ello delante de toda la casa. Tu sitio aquí no está seguro.
Yo asentí con una inclinación de cabeza y fijé la vista en sus manos nudosas, que hurgaban en la pipa. La encendió e inhaló varias veces. Luego se rió para sí.
– Nunca habíamos tenido tantos problemas con una criada. ¡El Señor nos asista!
El domingo le llevé la peineta a mi madre. No le conté lo que había sucedido, sólo le dije que era demasiado fina para una criada.
Tras el jaleo de la peineta cambiaron algunas cosas con respecto a mí en la casa. Una gran sorpresa fue cómo empezó a tratarme Catharina. Me esperaba que se mostrara aún más difícil que antes -que me daría más trabajo, que me regañaría a la mínima, que me haría sentir lo más incómoda posible-. En lugar de ello, parecía que me tenía miedo. Del preciado manojo que llevaba colgado a la cintura sacó la llave del estudio y se la entregó de nuevo a María Thins, y nunca más volvió a ser ella la que abriera o cerrara la puerta. Dejó el joyero en el estudio y enviaba a su madre a buscar lo que quería ponerse. Me evitaba todo lo que podía. Cuando me di cuenta de ello, yo también procuraba apartarme de su camino.
Nunca hizo ningún comentario sobre el trabajo que realizaba yo en el desván por las tardes. María Thins debió de inculcarle la idea de que mi ayuda le haría pintar más rápido y, por lo tanto, colaboraría en el mantenimiento del niño que llevaba en su vientre así como en el de sus hijos nacidos. Se había tomado en serio lo que él le había dicho con respecto a la educación de sus hijos, quienes, después de todo, constituían su principal responsabilidad y empezó a estar con ellos más tiempo que antes. Animada por María Thins, incluso empezó a enseñar a leer y a escribir a Maertge y a Lisbeth.
María Thins era más sutil, pero ella también cambió en relación conmigo y me trató con más respeto. Seguía siendo una criada para ella, pero ya no me despachaba con el mismo desinterés ni me ignoraba como hacía a veces con Tanneke. No llegaba tan lejos como para pedirme la opinión, pero me hacía sentir menos excluida de los asuntos familiares.
También me sorprendió que Tanneke se ablandara conmigo. Había llegado a pensar que lo suyo era estar o bien enfadada o bien resentida conmigo, pero a lo mejor ya se le había pasado. O, tal vez, cuando estuvo claro que lo tenía a él de mi lado, pensó que era mejor no enfrentarse conmigo. Tal vez eso es lo que sentían todos. Sea como fuere, el caso es que dejó de derramar cosas en el suelo para que yo tuviera que fregarlo y dejó de murmurar entre dientes y de mirarme de reojo. No me ofreció su amistad, pero se hizo más fácil trabajar a su lado.
Puede que fuera una crueldad por mi parte, pero sentí que le había ganado la batalla. Ella era mayor y llevaba mucho más tiempo con la familia, pero el hecho de que él me prefiriera tenía claramente más peso que su lealtad y su experiencia. Podría haberse tomado a mal este desaire, pero aceptó la derrota mucho mejor de lo que yo hubiera esperado. En el fondo, Tanneke era una persona muy simple y lo único que quería era no tener problemas conmigo. Lo más sencillo era aceptarme.
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