El panadero anunció que el cuadro le satisfacía.
– Mi hija ha salido muy bien en él, y eso me basta -dijo.
Luego Maria Thins se lamentó de que no lo hubiera contemplado con el detenimiento con el que lo habría hecho Van Ruijven, de que tuviera los sentidos embotados por la cerveza que bebía y el desorden en el que vivía. Yo no estaba de acuerdo, pero no lo dije. A mí me pareció que el panadero había reaccionado de una forma sincera ante el cuadro. Van Ruijven exageraba demasiado cuando contemplaba los cuadros, con todas sus edulcoradas palabras y gestos bien estudiados. Era demasiado consciente de que actuaba para un público, mientras que el panadero sencillamente decía lo que pensaba.
Fui a comprobar qué hacían los niños en el almacén. Estaban tirados por el suelo, jugando con las conchas y poniéndolo todo perdido de arena. Los arcones y los libros y los platos y los cojines que se guardaban allí no parecían interesarles.
Cornelia estaba bajando por la escalera de mano del desván. Saltó desde el tercer peldaño y dio un grito de triunfo al caer al suelo. Me miró brevemente y en sus ojos había un reto. Uno de los hijos del panadero, de la edad de Aleydis más o menos, subió unos peldaños y saltó al suelo. Tras él probó Aleydis y luego otro niño y otro y otro.
Nunca había llegado a saber cómo había conseguido Cornelia llegar al desván para robar el trozo de rubia con el que me manchó de rojo el delantal. Era astuta por naturaleza y desaparecía sin que nadie se diera cuenta. Yo no le había dicho nada de este robo ni a Maria Thins ni a él. No estaba segura de que fueran a creerme. En su lugar, me aseguraba de que los colores quedaban bien guardados siempre que no estábamos ni él ni yo en el desván.
Se había tirado en el suelo junto a su hermana Maertge, y no le dije nada entonces. Pero esa noche, revisé mis cosas. No faltaba nada: el azulejo roto, la peineta de carey, mi breviario, los pañuelos bordados, mis cuellos, mis camisolas, mis delantales y cofias. Conté todas las prendas, las separé y volví a doblarlas.
Luego comprobé el armario de los colores, sólo para asegurarme. También estaban intactos, y no parecía que nadie hubiera estado revolviendo en ellos.
Tal vez, después de todo, no estaba siendo más que una niña subiéndose a una escalera y saltando, una niña jugando más que haciendo una fechoría.
El panadero se llevó su cuadro en mayo, pero mi amo no empezó a preparar el escenario del siguiente hasta julio. Yo empecé a agobiarme con el retraso, esperando que Maria Thins me echara la culpa, aunque las dos sabíamos que no era culpa mía. Entonces, un día, la oí decirle a Catharina que un amigo de Van Ruijven había visto el cuadro de su mujer con el collar de perlas y pensaba que ésta debería estar mirando al frente en lugar de a un espejo.
Van Ruijven había decidido que quería un cuadro con la cara de su mujer vuelta hacia el pintor.
– Es una pose que no suele pintar con frecuencia -observó.
No oí la respuesta de Catharina. Dejé por un instante lo que estaba haciendo, barrer el cuarto de las niñas.
– Seguro que recuerdas el último -le dijo Maria Thins-. El de la criada. ¿Recuerdas a Van Ruijven y la criada del vestido rojo? [5]
Catharina sofocó una risita.
– Ésa fue la última vez que apareció alguien mirando de frente en un cuadro suyo -continuó Maria Thins-. ¡Y menudo escándalo se armó! Estaba segura de que iba a negarse cuando Van Ruijven se lo sugirió esta vez, pero ha aceptado.
No podía preguntárselo a Maria Thins porque entonces sabría que había estado escuchándolas. Tampoco a Tanneke, porque ya nunca quería contarme nada de lo que oía. Así que un día que no había mucha gente en el puesto le pregunté a Pieter el hijo qué sabía él de aquella criada del vestido rojo.
– ¡Ah, sí! Se habló mucho de ella en la Lonja -me contestó, con una sonrisita. Se inclinó y volvió a colocar las lenguas que tenían a la venta.
– Hace ya varios años de eso. Decían que Van Ruijven quería que una de sus criadas posara en un cuadro con él. Le pusieron un vestido de su mujer, uno rojo, y Van Ruijven se aseguró de que fuera una escena en la que se bebiera, de modo que cada vez que posaban la hacía beber. Y pasó lo que tenía que pasar: antes de que el cuadro estuviera terminado, ella se había quedado embarazada.
– ¿Y qué pasó con ella? Pieter se encogió de hombros.
– ¿Tú qué crees que les pasa a esa clase de chicas?
Se me heló la sangre en las venas al oír sus palabras. Había oído antes este tipo de historias, pero ninguna de ellas me había tocado tan de cerca. Pensé en mis sueños de ponerme las ropas de Catharina, en cuando Van Ruijven me agarró por la barbilla en el pasillo, en él diciéndole a mi amo: «Debería pintarla».
Pieter dejó de hacer lo que estaba haciendo; se le había puesto cara de preocupación.
– ¿Por qué te interesa tanto?
– No, no me interesa en especial -respondí, como si me diera igual-. Es que oí algo, pero no tiene mayor importancia.
No había estado presente cuando preparó la escena para el cuadro de la hija del panadero; todavía no le ayudaba por entonces. Pero esta vez, sin embargo, cuando la mujer de Van Ruijven vino a posar por primera vez para el nuevo cuadro, yo estaba trabajando en el desván y oí lo que decía él. Ella era una mujer muy callada. Hizo lo que le indicaba sin emitir un solo sonido. Ni siquiera se oyó el taconeo de sus finos zapatos en las baldosas. Él la hizo quedarse de pie al lado de la ventana, que tenía los postigos abiertos, luego la hizo sentar en una de las sillas con leones en el respaldo que estaban dispuestas alrededor de la mesa. Lo oí cerrar algunos de los postigos.
– Este cuadro será más oscuro que el anterior -afirmó.
Ella no respondió. Era como si él estuviera hablando para sí. Pasado un momento me llamó. Cuando aparecí ante él me dijo:
– Griet, ve a buscar la pelliza amarilla de mi mujer y el collar y los pendientes de perlas.
Catharina había salido de visita aquella tarde, de modo que no pude pedirle las joyas. En cualquier caso me asustaba hacerlo. Así que me dirigí al Cuarto de la Crucifixión, donde estaba María Thins, quien abrió el joyero y me entregó el collar y los pendientes. Luego saqué la pelliza del armario de la Sala Grande, la sacudí y la doblé cuidadosamente sobre el brazo. Era la primera vez que sentía su tacto. Hundí la nariz en la piel, y era muy suave, como la de un conejito.
Cuando recorría el pasillo hacia las escaleras, me asaltó el deseo de huir llevándome aquellas riquezas. Podía ir a la estrella en medio de la Plaza del Mercado, elegir una dirección y no volver más.
Pero en lugar de ello volví junto a la mujer de Van Ruijven y la ayudé a ponerse la pelliza. Le quedaba como sí fuera una segunda piel. Después de ponerse los pendientes, se colocó el collar alrededor del cuello. Yo sujeté las cintas para atárselo, pero en ese momento él dijo:
– No te pongas el collar. Déjalo sobre la mesa.
Ella se volvió a sentar. Él se sentó también en su silla y la estudió. A ella no parecía importarlemiraba al vacío, sin ver, como había intentado él que hiciera yo.
– Mírame -le dijo.
Ella lo miró. Tenía unos grandes ojos oscuros, casi negros. Él cubrió la mesa con un tapete, luego lo cambió por el paño azul. Dispuso las perlas formando una línea sobre la mesa, luego en un montón, luego otra vez en línea. Le pidió a ella que se pusiera de pie, que se sentara, que se echara hacia atrás, después hacia adelante.
Pensé que se había olvidado de que yo estaba observándolo desde un rincón, hasta que me dijo:
– Griet, ve a buscar la brocha de empolvarse de Catharina.
Читать дальше