A mí me llevó mucho más tiempo moler mi trozo, pues el roce de su piel me había puesto nerviosa y no daba pie con bola. Además, yo era más baja que él y no estaba acostumbrada al movimiento que había que hacer. Al menos tenía unos brazos fuertes de tanto retorcer la ropa.
– Un poco más fina -me sugirió cuando inspeccionó la pasta. Seguí machacando unos minutos más hasta que decidió que ya estaba lista, y después me hizo tomar una pizca y frotarla entre los dedos para que comprobara por mí misma cómo la quería de fina. Luego puso sobre la mesa varios trozos más.
– Mañana te enseñaré a moler el albayalde. Es mucho más fácil que el negro.
Me quedé mirando el marfil carbonizado.
– ¿Pasa algo, Griet? No te asustarán unos trocitos de hueso, ¿no? No son muy distintos del peine de marfil que utilizas para asear tus cabellos.
Nunca sería lo bastante rica para poseer un peine de marfil. Me peinaba con los dedos.
– No se trata de eso, señor.
El resto de las tareas que me encomendaba podía hacerlas mientras limpiaba el estudio o hacía los recados. Sólo Cornelia había sospechado algo. Pero moler los colores iba a llevarme tiempo; no podía hacerlo cuando se suponía que estaba limpiando el estudio, ni tampoco podía encontrar una explicación de por qué tenía que subir al desván algunas veces, abandonando mis otras tareas.
– Me llevará algo de tiempo -continué con voz tenue.
– Cuando te acostumbres no te llevará tanto tiempo como hoy.
No quería desobedecerle ni llevarle la contraria: era mi amo. Pero temía la furia de las mujeres en el piso de abajo.
– Están esperando a que vaya a comprar la carne, y luego tengo toda la plancha, señor. Me lo ha mandado el ama. Mis palabras sonaron mezquinas.
Él no se movió del sitio.
– ¿A comprar la carne? -repitió frunciendo el ceño.
– Sí, señor. La señora querrá averiguar por qué no puedo hacer mis otras tareas. Tendré que decirle que le estoy ayudando a usted aquí arriba. No me será fácil subir si no hay una razón.
Se produjo un largo silencio. La campana de la torre de la Iglesia Nueva sonó siete veces.
– Ya entiendo -murmuró cuando se callaron las campanadas-. Déjame que lo piense -retiró parte del marfil y volvió a dejarlo en el cajón-. Haz esto ahora -dijo señalando con la barbilla a lo que quedaba-. No te llevará mucho tiempo. Ahora tengo que salir. Déjalo ahí cuando acabes.
Tendría que hablar con Catharina con respecto a mi trabajo. Entonces me sería más fácil hacer lo que me ordenara.
Esperé, pero no le dijo nada.
La solución al problema vino de quien menos me lo podía esperar, de Tanneke. Desde el nacimiento de Franciscus, el ama de cría dormía con ella en el Cuarto de la Crucifixión. Así podía acceder con facilidad a la Sala Grande cuando tenía que dar de mamar al niño. Catharina insistía en que Franciscus durmiera en una cuna a su lado, aunque no lo amamantara ella. A mí este arreglo me parecía bastante raro, pero cuando conocí un poco mejor a Catharina comprendí que lo que quería era mantener una apariencia de maternidad, pero sin el trabajo que ésta implicaba.
A Tanneke no le gustaba tener que compartir el cuarto con el ama de cría y se quejaba de que ésta se tenía que levantar muchas veces para atender al pequeño y que cuando no estaba levantándose estaba roncando. Tanneke se lo contaba a todo el mundo, la escucharan o no. Empezó a flaquear en su trabajo y le echaba la culpa a la falta de sueño. María Thins le dijo que no se podía hacer nada, pero Tanneke seguía gruñendo. Me lanzaba unas miradas terribles, pues antes de que yo entrara a trabajar en la casa, ella dormía en donde lo hacía yo, en la bodega, siempre que era necesaria la presencia del ama de cría.
Una tarde incluso recurrió a Catharina. Ésta, pese al frío reinante, se estaba preparando para una velada en la casa de los Van Ruijven. Estaba de buen humor, llevar las perlas y la pelliza amarilla siempre la ponía contenta. Se había anudado sobre la pelliza un amplío peinador de lino que le cubría los hombros y protegía la piel de armiño de los polvos con los que se estaba empolvando la cara. Mientras Tanneke recitaba sus quejas, Catharina no dejó de empolvarse, comprobando el resultado en un espejo que sostenía en la otra mano. Llevaba el, cabello trenzado y adornado con cintas y, mientras fuera capaz de mantener la expresión de contento, estaba muy guapa; la combinación de cabello rubio y ojos castaños le daba un aspecto exótico.
Por fin alzó la mano y, agitando la brocha en el aire, exclamó entre risas:
– Para ya! Necesitamos al ama de cría y tiene que dormir cerca de mí. En el cuarto de la chica no hay espacio, pero en el tuyo sí, por eso la acomodamos ahí. No se puede hacer nada. Así que para qué me vienes a molestar con esto.
– Tal vez se podría hacer algo -dijo él.
Yo levanté la vista del ropero donde estaba buscando un delantal para Lisbeth. Él estaba en la puerta. Catharina se quedó mirando a su marido sorprendida. Raramente se inmiscuía en la marcha de la casa.
– Pon una cama en el desván y que duerma alguien en ella. Griet, tal vez.
– ¿Griet? ¿En el desván? ¿Por qué? -exclamó Catharina.
– Porque así Tanneke podrá dormir en la bodega, cono, al parecer, prefiere -le explicó él suavemente.
– Pero… -Catharina se detuvo, confusa. Parecía que no estaba de acuerdo con la idea, pero no podía decir por qué.
– Pues sí, señora -intervino Tanneke con cierta impaciencia-. Eso facilitaría las cosas.
Me miró.
Yo me puse a doblar la ropa de las niñas, aunque ya estaba ordenada, para parecer ocupada.
– Pero ¿qué pasará con la llave del estudio? -Catharina finalmente encontró un argumento. Sólo había una manera de llegar al desván: por la escalera de mano del almacén contiguo al estudio, que por la noche se cerraba con llave-. No le podemos dar la llave a una criada.
– No necesitará la llave -contestó él-. Puedes cerrar la puerta del estudio cuando ella se haya ido a la cama. Y luego por la mañana podrá limpiarlo antes de que vayas a abrirlo,
Dejé de doblar la ropa. No me gustaba la idea de quedarme encerrada bajo llave por la noche.
Por desgracia, esta idea pareció complacer a Catharina. Tal vez pensó que dejándome encerrada me mantendría lejos de su vista y a buen recaudo.
– Está bien -asintió. Por lo general no le llevaba mucho tiempo decidir-. Mañana trasladaréis una cama al desván. Será algo temporal -añadió-, hasta que dejemos de necesitar al ama de cría.
Sí, tan temporal como ir a comprar el pescado y la carne pensé.
– Sube un momento conmigo al estudio -dijo él. La miraba de una forma que yo había aprendido a reconocer, con la mirada del pintor.
– ¿Yo? -Catharina le sonrió a su marido.
No solía invitarla al estudio. Ella dejó la brocha haciendo una floritura con la mano y empezó a quitarse el peinador, que estaba cubierto de polvos.
Él se acercó a ella y le agarró la mano.
– No te lo quites.
Esto fue casi tan sorprendente como su sugerencia de que yo me mudara a dormir al desván. Tanneke y yo nos miramos mientras él conducía a Catharina escaleras arriba.
Al día siguiente, la hija del panadero empezó a ponerse el amplio peinador blanco a modo de esclavina para posar para el cuadro.
María Thins no se dejaba engañar fácilmente. Cuando oyó a Tanneke contarle entusiasmada que se iba a trasladar a dormir a la bodega y yo al desván, dio una chupada a su pipa, el entrecejo fruncido.
– Vosotras dos podríais cambiaros el sitio sin más -dijo, señalándonos con la pipa- de modo que Griet durmiera con el ama de cría y tú pasaras a la bodega. Entonces no habría necesidad de que nadie se trasladara al desván.
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