Hannah alisó la hierba con el pie.
– Le parecerá tonto.
– Cuéntemelo.
Ella lo miró y le devolvió la sonrisa.
– Le escribía a Jane Digby. Siempre.
Teddy frunció el ceño.
– Ya sabe, lady Jane, la mujer que viajó a Arabia y dedicó su vida a explorar y conquistar territorios.
– Ah -asintió Teddy, haciendo memoria-. La fugitiva de triste fama. ¿Qué es lo que le contaba en sus mensajes?
– Solía pedirle que viniera a rescatarme. Le ofrecía mis servicios como devota esclava con la condición de que me llevara con ella en su próxima aventura.
– Pero seguramente cuando ustedes eran niños ella ya estaba…
– ¿Muerta? Sí, por supuesto. Había muerto hacía tiempo. Pero por entonces yo no lo sabía. -Hannah miró de reojo a Teddy-. Si hubiera estado viva, sin duda mi plan no habría fallado.
– Sin duda -repuso él con maliciosa seriedad-. Habría venido hasta aquí para llevarla con ella a Arabia.
– Disfrazada de beduino, como siempre imaginé.
– Estoy seguro de que su padre no se habría preocupado en lo más mínimo.
Hannah rió.
– Me temo que sí; de hecho, lo hizo.
– ¿Lo hizo?
– Uno de los arrendatarios de las granjas encontró una de las cartas y se la envió a papá. El granjero no sabía leer pero yo había dibujado el escudo de la familia y pensó que debía tratarse de algo importante. Creo que esperaba una recompensa.
– Me pregunto si la obtuvo.
– Puedo asegurarle que no. Papá se quedó lívido. Nunca pude discernir si lo que le molestó más fue mi deseo de buscar una compañía tan escandalosa o la impertinencia de mi carta. Sospecho que sobre todo le inquietaba la posibilidad de que mi abuela la encontrara. Ella siempre me consideró una chiquilla imprudente.
– Lo que algunos denominarían imprudente para otros puede ser vehemente.
Teddy la miró seria, decididamente. Hannah permaneció pensativa, aunque no pudo precisar sus propios pensamientos. Sintió que el rubor subía por sus mejillas y le dio la espalda. Sus dedos buscaron distracción en el matorral de juncos altos y finos que crecían en la orilla del río. Arrancó uno, e invadida de pronto por una extraña energía subió al puente. Arrojó el junco al río, y corrió al otro lado, para verlo reaparecer arrastrado por la corriente.
– Lleva mis ruegos a Londres -le gritó al perderlo de vista en una curva.
– ¿Qué ha pedido? -preguntó Teddy.
Ella le sonrió y se inclinó hacia delante. En ese momento, intervino el destino. El cierre de su relicario, gastado por el uso, se soltó de la cadena, deslizándose por su pálido cuello y cayendo al agua. Hannah sintió que le faltaba algo, pero cuando comprendió de qué se trataba era demasiado tarde. Cuando se inclinó buscándolo, el relicario era poco más que un destello arrastrado por la corriente.
Bajó del puente y se abrió paso entre los juncos de la orilla, con la respiración entrecortada.
– ¿Qué ocurre? -preguntó Teddy desconcertado.
– Mi relicario -se lamentó Hannah, y comenzó a desatarse las botas-. Se me ha caído… Mi hermano…
– ¿Pudo ver hacia dónde iba?
– Hacia el centro -indicó Hannah y comenzó a pisar el musgo resbaladizo de la orilla. El borde de su falda se manchó de barro.
– Espere. -Teddy se quitó la chaqueta, la arrojó a la orilla y se deshizo de sus botas. Si bien el río en esa zona era angosto, también era profundo y el agua enseguida le llegó a los muslos.
Entretanto, lady Clementine había reflexionado sobre sus obligaciones, se había puesto de pie y caminaba cautelosamente sobre el terreno desigual, tratando de encontrar a sus dos jóvenes compañeros. Los divisó en el momento en que Teddy se sumergía en el agua.
– ¿Qué sucede? -gritó lady Clementine-. Hace demasiado frío para nadar. -Una trémula alarma teñía su voz-. Podría morir.
Hannah, paralizada a causa del pánico, no respondió. Volvió a subir al puente, buscando desesperadamente el resplandor del broche para poder guiar a Teddy hacia él.
Teddy se sumergió y salió del agua varias veces, tratando de encontrar el objeto. Y cuando Hannah estaba a punto de perder toda esperanza, volvió a aparecer con el relicario brillando entre sus dedos.
Un acto verdaderamente heroico, además de sorprendente, tratándose de Teddy, un hombre más prudente que galante, a pesar de sus buenas intenciones. A lo largo de los años, cuando en las reuniones sociales la pareja contaba la historia de su compromiso, ésta fue adquiriendo un aspecto místico, incluso en el relato de Teddy. Como si él mismo, al igual que sus sonrientes invitados, fuera incapaz de creer que en realidad había sucedido. Pero el hecho fue real y sucedió en el momento preciso, ante la persona indicada, sobre quien tendría un efecto fatídico.
Cuando Hannah me lo contó, confesó que mientras él estaba de pie frente a ella, chorreando agua, aferrando el relicario en su mano, súbita y abrumadoramente percibió el atractivo físico de Teddy: la piel mojada, la manera en que la camisa le colgaba de los brazos, los ojos oscuros que la observaban triunfalmente. Nunca había sentido antes nada semejante, por supuesto. ¿Quién podría haber provocado ese sentimiento? Deseó que él la abrazara con la misma fuerza con que aferraba el relicario, que la estrechara hasta que el aire no pudiera entrar en sus pulmones.
Por supuesto, Teddy no hizo nada de eso. En cambio, sonrió orgulloso y le entregó el relicario. Ella lo recuperó agradecida y se alejó mientras él trataba de abrigarse torpemente con ropa seca sobre las prendas mojadas.
Pero para entonces la semilla había sido sembrada.
15. El baile y lo que siguió
El baile de Hannah discurrió sobre ruedas. Los músicos y el champán llegaron según lo previsto y Dudley añadió todas las plantas de maceta que había en la finca para mejorar los poco atractivos arreglos florales. En cada extremo del salón las chimeneas encendidas generaban la ilusión de un invierno templado.
El salón mismo era todo brillo y esplendor. Los candelabros de cristal centelleaban, las baldosas blancas y negras brillaban, los invitados resplandecían. Agrupadas en el centro, veinticinco jovencitas sonreían nerviosas, orgullosas de sus delicados vestidos y sus guantes blancos, presumiendo de las antiguas y deslumbrantes joyas familiares. En el centro estaba Emmeline. Aunque con sus dieciséis años era menor que la mayoría de las asistentes, lady Clementine le había dado permiso para contarse entre ellas, creyendo que no había peligro de que monopolizara a los hombres casaderos ni atentara contra las oportunidades de las otras jóvenes.
Sentadas en sillas doradas colocadas a lo largo de las paredes, un batallón de carabinas cubiertas de pieles y bolsas de agua caliente en sus regazos vigilaban. Las más veteranas eran reconocibles porque habían traído material de lectura y útiles de hacer punto para entretenerse hasta altas horas de la madrugada.
Los hombres constituían un conjunto algo más heterogéneo. Una especie de milicia que respondía diligentemente a la «llamada a filas». Entre los pocos a quienes, en sentido estricto, cabía considerar «jóvenes» estaba el grupo, algo pálido, de los hermanos escoceses reclutados para la causa por el primo segundo de lady Violet, y los hijos de un noble terrateniente local prematuramente calvos, cuyos gustos, como rápidamente quedó en evidencia, no incluían a las mujeres. Junto a esa tosca asamblea de la baja nobleza provinciana, Teddy, con su cabello negro, su bigote de estrella de cine y su traje de corte americano, parecía incomparablemente sofisticado.
Mientras el olor del fuego crepitante llenaba el salón y las tonadas irlandesas dejaban paso a los valses vieneses, los tíos mayores se pusieron manos a la obra y escoltaron a las jóvenes que rodeaban el salón. Algunos, con gracia; otros, con gusto. La mayoría sin ninguna de esas cosas. Dado que lady Violet seguía en cama con fiebre, lady Clementine asumió su responsabilidad de carabina y se dedicó a observar a uno de los jóvenes escoceses de mejillas sonrosadas que se apresuraba a invitar a Hannah a bailar.
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