Su padre, el camarada Montaraz, paseó toda la guerra por las calles de Salamanca, en trabajos de retaguardia, debido a la edad. Aunque su negocio fue siempre la compra-venta de coches, era un intelectual nato, humorista por más señas. Había colaborado en La Ametralladora y ahora enviaba sus historietas a ' La Codorniz', el inefable semanario que acababa de salir y que era una continuación de aquella bolsa de oxígeno en tiempos de guerra. Debido a su amor por los coches, nada tuvo de extraño que, en cuanto tomó el relevo del camarada Dávila, efectuado con la máxima sencillez, se quedara consigo, en calidad de secretario y chófer, al gran amante de la velocidad, Miguel Rosselló. El muchacho le gustó. Discreto, falangista convencido, eficaz. Miguel Rosselló le retó a subir en bicicleta a la ermita de los Angeles; el camarada Montaraz se palpó primero la calvicie y luego la tripa y le dijo: "Has llegado un poco tarde".
Dicho relevo se celebró a primeros de enero de 1942, la víspera de Reyes. Dávila, el gobernador saliente, bromeó:
– Eres el regalo que necesitaba la ciudad.
– Por qué lo dices?
– Porque he sabido que en esos dos años que has estado al frente del Gobierno Civil de Albacete, has desarrollado una labor ejemplar, sobre todo en el campo de la higiene y de las, enfermedades venéreas.
– Existen aquí estos problemas?
– Pronto lo verás! Visita la cárcel; y los urinarios públicos…
– Y el problema catalanista?
– Oh! No tiene solución. No pierdas el tiempo atacando por ese flanco. En el interior de cada cerebro, incluso de los más ecuánimes, hay un petardo a punto de estallar.
El camarada Dávila se sintió a gusto con su colega, porque Montaraz sabía escuchar. No pronunciaba una palabra inútil y que no tuviera un doble significado. Exhibía varios dientes de oro, que de repente desconcertaban, y que presumiblemente serían del agrado del dentista y alcalde de la ciudad, la Voz de Alerta, quien una vez escribió en Amanecer que muchos árabes y muchos indios ahorraban toda su vida para poder llevar dentadura de oro. Por lo demás, una cicatriz en la mejilla izquierda -un día se le ocurrió visitar el frente de los Altos de León…-, y las consabidas gafas negras. Por causa de estas gafas sólo María Fernanda y Ángel sabían que tenía los ojos claros, verdiazules. A más de esto, tenía toda la espalda recubierta de vello, como un oso. Muy varonil. Enamorado de la gimnasia, como en tiempos lo estuvo el anarquista Porvenir, subía y bajaba las escaleras con suma rapidez, lo que en el Gobierno Civil le sería muy útil, pues el edificio carecía de ascensor. Gesticulaba mucho. Detestaba a los judíos. Comía cacahuetes, considerándose un maestro en el arte de descascarillarlos, de partirlos por la mitad. Se afeitaba siempre con navaja, lo que hacía castañetear los dientes de María Fernanda. Su amistad con José Antonio lo había marcado para siempre, y el camarada Dávila le envidiaba por eso.
– Qué diría José Antonio de la España actual?
– No le gustaría ni pizca. Oligarquía, corrupción…
– También tú opinas lo mismo?
– Toma! Por algo soy amigo del camarada Girón.
– No me dirás que te codeas con los ministros…
– Sólo Girón. Le conocí en Salamanca, durante la guerra. Ése no se deja sobornar. Es un animal salvaje, entiéndeme… Tiene ideas muy concretas sobre lo que debe hacer desde el Ministerio de Trabajo. Él estima a los obreros, ya lo verás. Y también lo verán los obreros. Nada de retórica. Su frase preferida es: menos palabras y más hechos. Date una vuelta por Asturias, con los mineros, ahora que te vas a Santander y pregunta por él. Todos los mineros se quitan el casco…
La charla continuó a lo largo de dos días. Dos días de intenso trabajo, atando cabos. El camarada Dávila le informó cuanto pudo; del resto, se cuidaría Miguel Rosselló. Le habló muy bien del general y muy mal del obispo. "Lo que a éste le preocupa son los escotes y no que los gitanos se despiojen en la calle de la Barca ". Le habló muy bien de la Voz de Alerta. "Monárquico, como tu mujer…, aunque no sé si veneran al mismo rey. Es un alcalde con voz propia. Se ocupa mucho de los ancianos -"sí, es cierto, es probable que ahora se ocupe de ti"-, y adecenta lo que puede el barrio antiguo de la ciudad, que es de aupa. Ante las escalinatas de la catedral tu hijo, arquitecto, tendrá que saludar brazo en alto".
Una a una, las personas relevantes de Gerona fueron analizadas por el gobernador saliente, sin exceptuar al notario Noguer, presidente de la Diputación, al profesor Civil, delegado de Auxilio Social, al doctor Andújar, director del manicomio, al doctor Chaos, insigne pecador impenitente y, por supuesto, Manolo y Esther. " La Sección Femenina está en buenas manos: Marta, hija del comandante Martínez de Soria, que fue fusilado por rebelión contra la República ". En cuanto a la Jefatura Provincial de Falange no había problema por el hecho de que Mateo Santos se encontrara lejos, en el frente de Leningrado. El camarada Montaraz había exhibido su nombramiento, que lo era por partida doble: gobernador civil y jefe provincial de Falange. En muchas provincias se habían aunado los dos cargos, para evitar la dispersión. "Lo lamento por Mateo -dijo Dávila-, porque es un militante inmejorable y que si consigue regresar de su excursión ultrapirenaica se encontrará con que tú ocupas su sillón".
Al camarada Montaraz esta noticia le preocupó. Admiraba a los que se fueron a Rusia a pecho descubierto, por un ideal. Y si estaban casados y tenían un hijo, más aún. "Habíame de Mateo, por favor. Santos has dicho que es su apellido?". "Sí. Su padre es director de la Tabacalera, don Emilio, y ahora está muy enfermo a resultas de su estancia en una checa de Barcelona". "Y la mujer?". "La mujer es una chiquilla encantadora, llamada Pilar. De una familia inmigrante muy conocida en la ciudad, familia en la que destaca el hijo mayor, llamado Ignacio, que es abogado. Pilar todavía no ha digerido que, estando ella encinta, su marido se fuera a Rusia. Mateo no conoce a su hijo; en todo caso, por fotografía. Mateo es de esos hombres que a uno le hacen sentirse orgulloso de ser español".
Una frase se le había quedado grabada al camarada Montaraz: "Si Mateo consigue regresar…" El nuevo gobernador era optimista y tenía una fe ciega en el pacto tripartito. Si alguna duda le quedaba, la fantástica operación de Pearl Harbour la había disipado. "Con la ayuda del Japón, la victoria está asegurada". Pero, naturalmente, Rusia era enorme y una bala perdida podía matar a cualquiera. La relación de víctimas de la División Azul era un goteo del que informaban los periódicos y que laceraba el alma. "Ojalá Mateo Santos se salve. Si regresa, como es de desear, me comprometo a encontrarle algo que sea digno de su sacrificio".
El camarada Montaraz habló de Albacete, en cuyo Gobierno Civil estuvo desde la terminación de la guerra. Era una provincia más modesta que la de Gerona, menos ubérrima. Sin apenas industria, aparte las famosas tinajas y las famosas navajas, y que guardaba un terrible recuerdo: el de las Brigadas Internacionales, que al llegar a España se instalaron allí, a las órdenes de una fiera que respondía al nombre de André Marty. "Es muy difícil que aquello levante cabeza. Por si fuera poco, le falta universidad. Mi hijo, Ángel, tuvo que estudiar su carrera en Madrid".
La palabra Madrid pareció cosquillear al camarada Montaraz, que en esos casos hacía crujir un cacahuete o se pasaba la mano por la cicatriz de la mejilla izquierda. Era un enamorado de la capital de España, lo mismo que Matías. "Mi mujer es una especie de chotis elegante, aficionada a los toros, como yo. Por cierto, has visto torear a Manolete? Pues, a lo que íbamos… No sé si María Fernanda conseguirá adaptarse a esta Gerona de tus amores. Así, de entrada, te diré que lo veo difícil, pese a sus hermosos campanarios".
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