La velocidad de las cosas, que diría Rodrigo Fresán. Parece que haya transcurrido una infinidad de tiempo desde aquel marzo de 2002 en que, en un ordenador ajeno, sentí que había quedado fascinado por Internet o, más concretamente, por el narrador de historias que se ocultaba en el buscador de Google. ¿Quién iba a decírmelo a mí, que tanto me había resistido a la Red?
Al día siguiente me compraba un ordenador, Internet por módem vía teléfono y Windows 98. Pero todo esto es hoy memoria extrañamente ya muy lejana. Y raro es decirlo, pero siento que respiro con una pulsión constante de lejanía, como si viviera a finales del XXI. Y es que todo, incluso lo más moderno, se me vuelve enseguida antigualla y recuerdo bien lejano.
«Je me souviens d’Internet», que diría Perec.
Podría yo perfectamente decir lo mismo.
El pasado día de San Esteban, caminando por la rué de Rome de París, me dediqué a imaginar que me encontraba en Barcelona y que, tratando de vencer el aplastante aburrimiento de tanta fiesta navideña sin tregua, me dedicaba a confeccionar un catálogo de las veces en mi vida que me había despedido a la francesa. A medida que iba imaginando esto, fui viendo que el catálogo se me hacía peligrosamente infinito, pues no paraba de recordar despedidas que podían inscribirse en la tradición del sans adieu (sin adiós), que es la expresión francesa que en el lenguaje coloquial español del XVIII se acuñó en la forma despedirse a la francesa, aunque en este caso para reprobar a alguien que, sin despedida ni saludo alguno, se retirara de una reunión.
Dejé de confeccionar mi abrumador catálogo mental cuando, al llegar al Boulevard Haussmann, me concentré ya sólo exclusivamente en la expresión sans adieu, que tan de moda estuvo a lo largo del XVIII entre la gente de la alta sociedad de Francia cuando era costumbre retirarse sin despedirse del salón donde tenía lugar una velada, y hacerlo sin tan siquiera saludar a los anfitriones. Parece que llegó a tal extremo este hábito, que era considerado un rasgo de mala educación lo contrario, saludar en el momento de marcharse. A todo el mundo le parecía bien que uno, por ejemplo, mirara el reloj de la casa con signo de impaciencia y diera a entender que no tenía más remedio que irse, pero jamás se veía con buenos ojos que se le ocurriera saludar antes de ausentarse.
En realidad -acabé pensando- despedirse a la francesa debería seguir siendo considerada una forma muy elegante de partir, pues si no decimos ni una palabra de despedida seguramente eso se debe al inmenso agrado que nos produce la compañía con la que estamos y con la cual tenemos el propósito de volver: si nos vamos sin decir palabra es porque decir adiós significaría una muestra de desagrado y ruptura.
De noche, en el hotel, reparé en que las víctimas de esa expresión peyorativa cambian de una lengua a otra: el español que se despide sin decir adiós lo hace a la francesa; el inglés que se va sin decir adiós también (french leave), pero el francés que se va sin despedirse lo hace a la inglesa: filer à l'anglaise.
Llovía en París, y la noche se presentaba incierta. Volví a la ingente labor de repasar mi historial de despedidas y me vino enseguida a la memoria el día en que me despedí de Claudio Magris en la puerta del Hotel Condes de Barcelona. Veníamos de almorzar y habíamos bajado por el Paseo de Gracia y me despedí efusivamente porque, como se hospedaba en aquel hotel, di por sentado que se quedaba allí. Nos abrazamos, nos despedimos, y seguí bajando por el Paseo de Gracia, pero muy poco después vi con sorpresa que seguía caminando al lado de Magris. Tal vez él había creído que era yo el que se quedaba en aquel hotel o que me disponía a enfilar la calle Mallorca y por eso me despedía. El hecho es que Magris pensaba seguir bajando por el Paseo de Gracia porque, como pronto yo vería, se dirigía a un establecimiento en la esquina con la calle Valencia. Y claro, había seguido caminando, tal como tenía previsto.
Marchamos los dos en extraño silencio y cuando llegó a esa tienda de la calle Valencia, tanto él como yo, incapaces de resolver el embrollo, nos despedimos a la francesa, lo cual me pareció lo más atinado, pues -pensé como si fuera un nativo de los mares del Sur- a fin de cuentas los saludos ya han tenido lugar.
Y digo lo de nativo porque ese día me vino a la memoria algo que cuenta Robert Louis Stevenson (Cuentos de los mares del Sur) que le ocurrió la mañana en que, tras haberse saludado con los indígenas de una de las islas Gilbert, se vio obligado por falta de viento a esperar tres días en el pequeño puerto de la isla. Durante esos tres días, los indígenas permanecieron escondidos detrás de los árboles y no dieron señales de vida, porque los saludos ya habían tenido lugar.
Mis saludos con Magris habían tenido ya lugar frente al Condes de Barcelona y, a partir de aquel momento, ya no nos quedó nada que intercambiar, y creo que hicimos muy bien en recorrer en silencio -cual indígenas de los mares del Sur- el resto del camino que nos quedaba, y aún más en no repetir la escena de la despedida. Sin duda, unos nuevos abrazos efusivos habrían sido, en aquellas circunstancias, simplemente ridículos.
Nada me parece tan plúmbeo como los domingos y como las despedidas de fin de año. Tienen la mala sombra de recordarnos el paso inexorable de los días a pesar de que el Tiempo no sabe que pasa el tiempo. En los domingos, por ejemplo, hasta respirar se convierte en un lamento. Y es que en los domingos uno siente que han dejado de existir las relaciones entre las personas y las actividades de cualquier tipo. En los domingos padecemos el tiempo y es como si todos contuviéramos el aliento y probáramos a ver cómo será el más allá. Los domingos son una enfermedad no visible, como un mal interior, una enfermedad moral. Los domingos son espantosos. Pero aún hay algo peor: las celebraciones de fin de año. Nos recuerdan, al igual que los domingos, que ha pasado una semana más, en este caso, un año. Nos recuerdan el paso del tiempo y, encima, tenemos que festejarlo. Este 2007 me deja una sensación de desagrado notable. En París, creo estar en un lugar apropiado para darle el portazo que se merece, dejarlo ahí sin un adiós, despedirlo a la francesa. O, mejor dicho, a la inglesa. Filer à l'anglaise. No se merece nada mejor este año.
«¿Yo? Persigo una imagen, solamente» (Gérard de Nerval).
El lujo de las citas, de las líneas ajenas que incluimos en nuestros propios textos, el atractivo de una declaración tan enigmática como la de Nerval. Algunos de mis paisanos odian las citas: ven mal cierta erudición y dan la consigna estúpida de que «al escribir no hay que deberle nada a nadie». Amante de las citas, voy caminando por París bajo la lluvia, por el cementerio laico de Pére-Lachaise, dejándome llevar por el inconsciente fluir de los días de siempre. Voy hacia la tumba de Nerval, aquí enterrado. Y avanzo enmascarado. Aspiro a que alguien descubra que he perseguido siempre mi originalidad en la asimilación de otras máscaras, de otras voces. Voy caminando por Père-Lachaise mientras recuerdo las palabras de Juan Perucho que César Antonio Molina recoge en un emotivo capítulo de Esperando a los años que no vuelven, libro de viajes y de recuperación de la memoria artística en el que no faltan las citas, porque el autor levanta actas culturales de todo cuanto le sale al paso y convierte en tan intenso como perfectamente verosímil el regreso a lugares donde nunca estuvimos.
«No regresaré jamás a Albiñana», dice Perucho hacia el final de la visita de su amigo Molina a su piso de la calle República Argentina de Barcelona. Como se sabe, Perucho no volvió a Albiñana después de su polémica con las autoridades del pueblo, que no le concedieron el deseo de poder yacer en tierra dentro del cementerio y no en un horrible nicho. Perucho comenta, en la hora de su despedida, lo mal que el país ha tratado siempre los huesos ilustres: «En el Père-Lachaise de París donde hay enterrados judíos, musulmanes y cristianos anónimos junto a nombres como los de Rossini, Chopin, Balzac, Proust, Apollinaire o Wilde, estuvo Leandro Fernández de Moratín, uno de nuestros afrancesados y librepensadores. Estaba tan tranquilo hasta que luego se lo llevaron a la colegiata de San Isidro, después al cementerio del mismo santo madrileño donde, de acuerdo con su categoría de huesos de español ilustre en el ejercicio de las letras, se perdieron definitivamente (…) Sí, no volveré más a Albiñana.»
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