Llevo a México en el corazón y más que lo voy a llevar. En sus fiestas, que son reuniones de solitarios que aman los festejos públicos, yo silbo, grito, canto, compro pistolas mentales que descargo en el aire mariachi de Jalisco, descargo mi alma y no me rajo. Con México en el corazón, que decía Neruda. México me fascina porque su imaginario es un espacio de ficción idóneo para la transgresión y para inventar de nuevo la literatura, y porque allí encontré siempre la prosa de mi frontera propia. Por eso cuando estoy en México me sobrepaso y canto, disparo a mi vieja alma y transgredo, voy más allá y tengo la sensación de que en cualquier momento -también eso me atrae poderosamente- la literatura va a engullirme, como un remolino, hasta hacer que me pierda en sus peligrosas provincias sin límites.
Fue en octubre, hace exactamente veinte años. Lo recuerdo como si fuera ahora. Era día 26 y me subí al 24. Tengo la fecha anotada en el libro que me compré aquel día de 1987. Creía conocer a su autor, Raymond Queneau, pero no tenía ni idea de qué podía tratar el libro. El título no parecía muy alentador, Ejercicios de estilo, pero resultó ser un conjunto de 99 fragmentos muy divertidos. Lo descubrí nada más subir al 24. De pie en la plataforma del autobús, comencé a ver, con divertido asombro, de qué iban aquellos Ejercicios que acababa de comprarme. Y bueno, iba encontrándolos cada vez más geniales. Se contaba allí -de 99 formas diferentes- una breve historia. Se contaba en verso, en prosa, en presente, en pasado…, y con una extensión variable, desde 4 hasta 499 líneas. Con una única cuerda temática -la anécdota nimia de un altercado en un autobús y un itinerario por París-, el autor atrapaba completamente al lector en cada una de esas 99 historias y le seducía con toda clase de ejercicios de estilo y de juegos de palabras.
Empecé aquel día a reírme, allí en la plataforma del autobús, y hasta creo que por poco se me desencaja la cara de tanto reírme con las 99 versiones de la historia de Queneau (léase Que No, un buen apellido), una historia que en síntesis venía a ser así de tonta: Una mañana, en la plataforma trasera de un autobús casi completo de la línea S, alguien observa a un joven que acusa a otro viajero de haberle pisoteado adrede y abandona velozmente la discusión en cuanto ve que ha quedado un asiento libre. Dos horas más tarde, volvemos a ver al joven delante de la estación de Saint-Lazare conversando con un amigo que le aconseja disminuir el escote del abrigo haciéndose subir el botón superior por algún sastre competente.
A veces me digo que ese libro me impresionó más de la cuenta y que eso pudo deberse a que fue la primera vez que leía en el 24 una historia que ocurría en un autobús.
Raymond Queneau publicó su última novela en la Francia del 68. No se si eligió bien el año, pero el hecho es que apareció El vuelo de Ícaro en esos días complicados. La novela la publica ahora Elisenda Julibert en Marbot, una nueva pequeña editorial de Barcelona. Se diría que casi a diario nace entre nosotros una nueva casa editorial con matices -afortunadamente- literarios. Es asombroso y hay que alegrarse.
En esta ocasión la historia de Queneau arranca en París, hacia 1895, cuando un escritor llamado Hubert crea un personaje llamado Ícaro que, cuando sólo lleva unas quince páginas de vida y quizás por la tendencia a volar que le otorga su nombre, se escapa, vuela literalmente del libro. Hubert saldrá en busca de su personaje y, sospechando que éste ha sido robado por su colega Surget, contratará al detective Morcol para que lo localice. Ajeno a esto, el infeliz de Ícaro, inexperto en el mundo con sus sólo quince páginas vividas, se ha refugiado en una taberna donde toma absenta desconociendo el poderío de la bebida. A partir de ese momento iremos de sorpresa en sorpresa.
Comencé a leerlo ayer en la plataforma del 24 (soy un pasajero constante de esa línea), y aunque en esta ocasión la narración de Queneau no arranca en un autobús, he vuelto a reírme, como en los buenos tiempos. Sólo detuve la lectura para bajarme del autobús. Descendí tímidamente del 24 en el momento en el que Hubert fumaba un partagás frente a sus hojas en blanco y bebía oporto con melancolía. En casa acabé este libro, al que si le volaran la hoja 300 y la dos de la Nota a la edición, tendría 299 páginas, lo cual habría sido perfecto porque me habría permitido especular seriamente sobre la influencia del 99 en mi vida de pasajero constante del 24.
Gonçalo M. Tavares parece que se haya escapado de una novela de Queneau. «Que sí. De allí me he escapado», me diría él ahora si pudiera saber lo que estoy pensando. Seguro que estaría encantado de enterarse de que le imagino recién salido de unas páginas de Queneau. Le tengo a mi lado y, por muy real y buen amigo que sea, no puedo evitar que me recuerde a un hombre dibujado. Y creo que, si tuviéramos aquí absenta, hasta esa bebida también parecería dibujada. Tavares, joven talento portugués, está presentando su libro El señor Brecht a los periodistas de Barcelona. A su lado, tomo yo estas notas para mi dietario. Le escucho hablar de uno de sus personajes, de ese hombre tan bien dibujado que es el señor Henri, que tiene una afición notable por la absenta y es uno de los habitantes de ese barrio de artistas que, libro tras libro, va Tavares creando como si estuviera siempre en permanente vuelo imaginativo: un barrio portátil, una especie de Chiado literario donde compran el pan y toman el aperitivo una serie de señores muy curiosos, cada uno habitante de un libro breve y propio: el señor Juarroz, el señor Calvino, el señor Valéry, el señor Brecht, el señor Kraus. No sé si serán 99 los señores que acabarán viviendo en el barrio, pero sí sé, por ejemplo, que el señor Henri -amigo personal de Icaro, tanto como yo soy amigo de Tavares- dijo el otro día:
– Si un hombre mezcla absenta y realidad obtiene una realidad mejor.
Claro que el señor Henri -como Tavares, Ícaro y Queneau- últimamente pide absenta «sin una sola gota de realidad, por favor». El señor Henri considera que la absenta es el infinito.
– Otro infinito, por favor.
Ayer Sophie Calle me envió su libro Prenez soin de vous (Cuídate). Cuando vi que podía también traducirse por Que Dios te ampare, sentí cierto escalofrío. ¿Se estaría sutilmente despidiendo de mí?
Las cartas de amor -decía Pessoa- son ridículas. Pero ¿qué decir de las de ruptura? Sin duda también pueden serlo. La que Sophie Calle recibió no hace mucho (un e-mail, para ser más exactos) contenía una serie de explicaciones por parte de G. que desembocaban en una fría, glacial despedida: «Prenez soin de vous.»
No sabiendo Sophie Calle qué responder y no acabando de entender la irónica y cruda recomendación final, decidió pedir a 107 mujeres que interpretaran esa carta. Y así comenzó una de las más interesantes aventuras estéticas de los últimos años, el libro Prenez soin de vous. En él encontramos bailarinas, criminólogas, periodistas, astrólogas, poetas, matemáticas, dramaturgas, traductoras, pintoras: todas interpretando, subrayando, mordiendo, analizando sintácticamente, decodificando el mensaje de G.
«Recibí un e-mail de ruptura», explica Sophie en su libro. «No supe qué responder. Fue como si no fuera conmigo aquello. Terminaba diciendo: Cuídate. Tomé la recomendación al pie de la letra. Pedí a 107 mujeres que me ayudaran a interpretar el e-mail. Que lo analizaran, lo comentaran, lo representaran, lo bailaran, lo cantaran, lo disecaran, lo agotaran. Que hicieran el trabajo de comprender por mí. Que hablaran en mi lugar. Una manera de tomarme mi tiempo para romper. A mi ritmo. En definitiva, cuidarme.»
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