Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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– Lo sé, Bugger, gracias. Ah…

Entró Amor. Los rayos del sol, ya en declive, que se estaba poniendo a sus espaldas encendieron los impresionantes soplillos de sus orejas. Saludó con una inclinación artrítica, y preguntó:

– ¿Estáis dispuesto, señor?

– Ahora mismo voy, Amor. Iré detrás. ¿Qué tenemos hoy, Bugger? ¿Brucelosis? No… ¿Fiebre Q?

– Encefalomielitis equina venezolana, señor.

– ¡Jo! ¿Y eso qué significa en cristiano?

– Inflamación vírica del cerebro y la médula espinal, señor.

Enrique IX se levantó y miró a su alrededor.

– No tenemos un boudoir por aquí, ¿verdad? Vamos, Bugger, espero que no seas roñosa Haz venir a Blaise o a Henri; encárgales que hagan un rápido reconocimiento, y luego gástate algún dinero en hacer lo que digan. Y que traigan algunos muebles decentes de la suite francesa. -Paseó la mirada por la estancia, observándola a través de unos ojos empañados por su desagrado-. Este lugar era bastante bueno para mi abuelo. Pero no es suficientemente bueno para mí. Y, por cierto, Bugger…

– ¿Sí, señor?

– Dudo en decírtelo porque eso hará que te pongas a ahorrar peniques… Sólo emplearé este lugar una vez. ¿Comprendes lo que quiero decir, Bugger?

– Me parece una medida prudente, señor.

– Sería una catástrofe.

– Una absoluta catástrofe.

– Pero no pienso comportarme como un cerdo y no despedirme adecuadamente de ella. Sí, adecuadamente, Bugger. Eso quiere decir que dejaré las cosas claras desde el mismo instante en que entre por esa puerta. Y, si pasa sólo diez segundos en la habitación, será razón de más para hacérselo agradable… No hay muchos hombres que tengan que subordinar sus corazones al precio de la gasolina. Yo soy uno de ellos. Y, francamente, resulta excesivo .

– Yo lo consideraría uno más de vuestros muchos sacrificios, señor.

– El no nos creará problemas. Ella no nos dará ningún problema -dijo Enrique IX.

El chambelán expresó su acuerdo de principio. Brendan, por supuesto, había examinado cuidadosamente a El Zizhen meses atrás: hija del que fuera durante muchos años embajador de China en París, amante durante nueve años de un jefe de Estado escandinavo, probablemente estaba necesitada de unos dinerillos para asegurar su retiro. Y Brendan estaba convencido de que los obtendría.

– Siento cargarte con todo esto, Bugger. No es tu trabajo, pero haces que me sienta seguro.

Brendan se quedó solo en el olvidado cenador. No era su trabajo, pero… ¿cuál era su trabajo? Manejar el escándalo, controlar el escándalo. Los escándalos eran mareas periódicas de alturas y masas variables. En aquel lío con Loulou -Louisa, duquesa de Ormonde-, las aguas no crecerían mucho ni amenazarían con desplomarse, pero sus interioridades podrían verse agitadas con sorprendente malicia. Precisamente en aquellas circunstancias, si se hiciera pública la relación del rey con El Zizhen, el tema ocultaría el sol…, y no pararía, no pararía hasta convertirse en una ola capaz de arrasar pueblos enteros. Y en cuanto a la oleada que podría estar surgiendo a favor de la princesa, podría tener el efecto de un millar de Krakatoas…

Reclinado en el sofá de rayas, Brendan se sentía ahora reconfortado por una sensación de lujo que no guardaba relación con su entorno inmediato. Aquel coquetón y, por supuesto, gélido nido de amor de Juan II le recordaba el tren real antes de que Enrique dedicara millones a su restauración. El confort había sido vaciado de él por obra del silencio…, como notó cuando una gigantesca cortadora de césped, de dimensiones parecidas a las de un camión, atronó el aire bufando como una ballena a su paso antes de que el ruido se perdiera en el silencio de la distancia. Un silencio que, realzado por el festivo canto de un pájaro, le había permitido oír su propio corazón y sentir la tibieza de sus latidos.

Cuando Victoria tenía cuatro años…, se fue un día a la cama sin darle las buenas noches, y Brendan lo había sentido como si la sangre se le helara dentro. Cuando Victoria tenía catorce años… Fue en la última etapa de su viaje por California; se habían acabado las diversiones y lo que la aguardaba ahora era el aburrimiento, un aburrimiento regio…, un aburrimiento incondicionado y pleno. Hacia la mitad de la última tarde se dio cuenta de que la princesa ya no estaba allí: que se había ausentado dejando un doble, un simulacro, una fotografía suya de tamaño natural, para permitir que su espíritu se acurrucara en algún lugar a escondidas mientras ella repartía sonrisas a los extraños…, prodigaba sonrisas a los extraños…, como si tener catorce años no fuera ya suficiente trabajo, pensó Brendan… Más tarde, cuando disculpándose con una inclinación de cabeza Brendan le pedía que eligiera entre tal o cuál detalle de protocolo al aproximarse la siguiente inauguración o investidura, como a quién saludaría o a quién dedicaría un simple gesto con la cabeza…, la princesa dejaba que su lengua se deslizara hasta la comisura de la boca y levantaba ambas manos hacia él con los pulgares e índices formando dos v. Una w: Whatever: «Lo que digas.» Y él había vuelto a sentirlo, íntegramente, con toda la sangre agolpada dentro de él. Las chicas de trece, de catorce, de quince años muestran a veces una expresión de pánico, como si sus ojos estuvieran atrapados en el cambiante rostro: «¿Hacia dónde voy?» Desde niña, la presencia de la princesa había conllevado siempre agitación, un temblor de electricidad…, pero no había ninguna consternación en ella. De momento parecía una fogosa y emocionante criatura del bosque sacada de unos dibujos animados. En cualquier caso, no había ninguna duda a propósito de su destino, que era la feminidad.

Brendan quería protegerla, pero de momento se veía condenado a la pasividad: no podía hacer nada. «Bien…, los escándalos regios…, mejor de uno en uno», pensó. Con gusto hubiera salido a dar una caminata de treinta kilómetros. Pero, en lugar de eso, sacó su ordenador portátil del maletín y se puso a reunir información acerca del motín ocurrido en la prisión de Cold Blow Lane.

A principios de mes, la duquesa de Ormonde había viajado al sur, cruzando el Támesis, hasta Millwall, para cortar allí la cinta inaugural de un nuevo centro comercial y unas instalaciones deportivas en el proverbial y obstinadamente deprimido feudo de la Isla de los Perros. Después de la ceremonia, una furgoneta llena de personal de seguridad de la duquesa se subió inopinadamente a la acera a toda velocidad y embistió accidentalmente a un motorista, un tal Jimmy O’Nione, a quien, en aquel momento, le dejó sólo medio segundo de vida. La Isla de los Perros era lo que era, y, así, la crisis que siguió no pudo verse más que intensificada cuando salió a la luz la carrera criminal del tal O’Nione: repetidas veces encarcelado y con un fascinante récord de delitos, quien aquel mismo día (a juzgar por el botín y las herramientas que llevaba en una bolsa) iba, evidentemente, de un delito a otro. Dos días después de que el centro comercial y las instalaciones deportivas resultaran saqueadas e incendiadas, la oficina de la duquesa anunció su propósito de erigir una placa de mármol en Cold Blow Lane en memoria de O’Nione, que la propia duquesa descubriría («En recuerdo del apreciado miembro de la comunidad James Patrick O’Nione, fallecido trágicamente en este mismo lugar»). Entre tanto, la prisión de Cold Blow había vivido ya un motín: los reclusos, borrachos en su mayoría, se habían instalado en el tejado de la capilla que dominaba el monumento funerario de O’Nione.

El motín de Cold Blow (según leía Brendan ahora) no tenía nada que ver con Jimmy O’Nione…, aunque el difunto, inevitablemente, había pasado un par de años entre sus muros… El motivo desencadenante habían sido las cavilaciones del preso Dean Bull, quien, durante una visita de su novia adolescente, Diana, expresó dudas acerca de la constancia de los sentimientos de la muchacha. «Cuando un joven delincuente se prepara para cumplir una prolongada sentencia», escribía un veterano en la página web de Cold Blow, inmediatamente creada, «uno espera que las relaciones sentimentales sufran cierta tensión.» Por eso Dean temía que Diana, en su siguiente visita, le diría que no se veía con ánimos para esperarle veintitrés años. Estaba en lo cierto. Y eso lo decidió. Brendan gruñó al leer aquello, suspiró y siguió leyendo.

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