Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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– No importa la ropa. Tienes que pagar por el disgusto y la humillación, muchacho. Y deberías dar gracias por estar tratando conmigo y no con alguno de los dos hermanos de la chica, Izzat y Wathan.

– Está bien, compañero… Trato hecho. Y mira…, sin rencores, ¿vale? Y, por cierto, amigo Mal, hay una cosa que deseo que sepas…, que en cuanto a lo otro…

Clint dejó la frase sin concluir y los dos guardaron silencio. Finalmente, Mal dijo:

– Sí, eso… Eso no…, eso no me va.

El Avenger estaba tan alto sobre el suelo, que Mal prefirió saltar de él por el portón trasero. Clint, que había ido dentro en busca del cheque, se asombró de la gran amplitud natural del trasero de Mal, que parecía surgirle a media altura de los muslos para prolongarse sin solución de continuidad hasta la tercera o cuarta vértebra de su espalda. En aquel gluteus maximus se basaban todas las operaciones de Mal; todas y cada una de sus decisiones debían referirse a él. ¿Y Clint? A pesar de su talla y su recia estructura ósea, no había más que un vacío y un pliegue o faldón vergonzante en la culera de sus «chinos» (aunque el carecer casi de nalgas no era óbice para tenerlas llenas de granos y marcas). Cuando se las miraba en el espejo, tenía la impresión de que pertenecían a un hombre mucho más bajito que él, que las mantuviera exageradamente prietas.

– ¿Qué le ha ocurrido al coche, camarada?

– Oh…, en Basildon me salí de la A13 y tomé por las Curvas. Un perro pastor se me echó encima. Di un volantazo, pero…

– ¿Un perro pastor? No fue un perro: fue una oveja. Mira.

– Era parecido a una oveja. Con lanas blancas y rizadas.

– Ah, como un caniche… Pero… ¿qué podría estar haciendo un caniche en las Curvas?

– No lo sé. Pero no era una oveja. Se trataba sólo de un perro.

– Es decir…, que preferirías atropellar a un perro antes que a una oveja.

– No sé si lo preferiría… -Pero sí: Clint se dio cuenta de que subliminalmente consideraba que un perro era inferior a una oveja. Lo cual no tenía mucho sentido. De manera análoga (tal vez) advirtió que no estaba seguro de si tal o cual mujer le resultaba atractiva o no tan atractiva. Era capaz de apreciar la diferencia entre la foto a doble página de una modelo y la de alguna de las chorbas de los soplapollas, pero no tanto, en su opinión, de distinguir grados entre la una y la otra.

– ¿Y eso? ¿Porque crees que la oveja es el mejor amigo del hombre? -prosiguió Mal-. Las ovejas tienen perros pastores. Pero no existen ovejas que cuiden de los perros, ¿o sí? ¿Acaso tienes alguna aquí que te traiga las zapatillas? ¿O que vigile la puerta trasera de tu casa? Has de tener cuidado, Clint.

Clint dirigió un gesto de despedida hacia la espaciosa popa alemana de Mal.

– No sé, compañero -dijo para sí-. Lo cierto es que no sé…

Lejos, hacia el mar, la bruma había alzado una ola aislada, que se precipitaba rota en fragmentos, de izquierda a derecha, como un reguero de pólvora al que se hubiera prendido fuego.

Pero esa oveja, pensó Clint…, apostaría a que esa oveja…

El animal estaba plantado en el arcén, al borde de la carretera, como un viejo personaje rural, temeroso (hasta entonces) del peligro que representaban los coches. Impasible en su empapado y blanco vellón.

Pero, de pronto, la oveja se había precipitado hacia él al pasar. ¡Zas!

– Por desgracia, el soplapollas de Walthamstow -decía Desmond Heaf- acaba de salir del coma y hemos recibido una cartita bastante seria de Tulkinghorn, Summerson y Nice…, nada menos. En tu informe, Jeff, decías que estaba devorando con los ojos a un grupo de niños que se bañaban en la piscina pública. Bien…, según esto, desde la tribuna en cuestión es imposible ver la piscina. Da a unas pistas de squash que no utilizaba nadie entonces. Supongo que no lo comprobaste.

– ¿Comprobar? -dijo Strite-. ¡Pues claro que no lo comprobé! La noticia me llegó del muchacho que tenemos en la comisaría de policía, jefe. ¿Desde cuándo comprobamos las informaciones?

– A Tulkinghorn, Summerson y Nice les ha ofendido también nuestro tono. -Heaf levantó el recorte para mostrárselo a todos y luego leyó un fragmento-. «Así que si pasas caminando por el 19 de Floral Crescent y te sobra un ladrillo, o una lata de gasolina, ya sabes adónde tirarlos.» Una incitación a la violencia contra la familia de un hombre inocente que se encuentra en Cuidados Intensivos…

– ¿Inocente? ¡Estaba haciéndose una paja en público! -protestó Strite, indignado-. ¿Qué hay de inocente en eso?

– Aquí dice que se estaba dando un masaje en la cadera, que le dolía, cuando entró en escena la señora Mop. La pobre tiene setenta y ocho años y está medio ciega.

– Entonces…, ¿por qué echó a correr, con los pantalones alrededor de los tobillos? Si me disculpas, jefe, voy a hablar otra vez con mi informador.

Clint puso cara de circunstancias cuando Strite salió de la sala de reuniones. También él estaba deseando marcharse de allí para ir a la sección de números atrasados. Al llegar ante su ordenador, con su café con leche y su brioche en la mano, Clint había encontrado un nuevo mensaje de Kate: «bueno, eres un pelma. ¡no he cometido ningún error! salí en la famosa página de tu periódico en la fecha tal…» (La indicaba, citando mes y año.) «estaba en el reqadro de enfrente del de la «tí@ cachond@». verás qál de ellas es la mía: las tres principales corresponden a brett, ferdinand y sue. échales un vistazo, y ya me dirás si no estoy la mar de bien.» Ah, sí: la página de respuestas, pensó Clint, despiadadamente. Porque había pocas cosas de las que Clint se fiara más que de una buena página de respuestas. Ahora sí iba a poder ver los rasgos de la mujer a la que, cada vez más, sentía unido su destino. Comentó dirigiéndose a Heaf:

– No es por criticar a Jeff, jefe, pero siempre pensé que estábamos haciendo demasiado hincapié en el tema de ese pervertido.

– Aclara eso, Clint.

En aquel instante volvió a entrar Jeff Strite. Parecía vengado, redimido.

Clint se encogió de hombros y dijo:

– Es un soplapollas.

– ¿Quién es un soplapollas?

– El soplapollas de Walthamstow.

– ¿Quieres decir que es un lector ?

– No, jefe. Quiero decir que es un soplapollas.

– Y lo es, en realidad -dijo Strite-. Mi informador dijo que le habían requisado algunos «materiales eróticos». Los tienen almacenados en algún lugar del sótano, y debe de estar buscándolos.

– ¿Veis como tengo razón? Eso es -dijo Clint cruzando los brazos-. A menos que lo que tuviera encima de sus rodillas fuera material específico para pedófilos, claro.

– No te sigo bien, Clint -confesó Heaf.

– No es un pedófilo. Es, simplemente, un soplapollas. Y los soplapollas son las personas para las que se publica el Lark. Los soplapollas son nuestro público.

El jefe miraba de soslayo. La mayoría de las brillantes y radicales opiniones de Clint tardaban días en calar en él.

– ¿Y por eso deberíamos prestarle apoyo ahora? No, no, Clint… Pienso que les estás haciendo a nuestros…, a nuestros soplapollas reales, una clara injusticia. Hay razones serias para sospechar que ese tipo era un pedófilo. Estás olvidando la gran oleada de respuestas de nuestros soplapollas a nuestra campaña de «Acabemos con los pervertidos».

– Tú insistes en eso, jefe. Pero, como a menudo ha señalado Mackelyne, la respuesta a «Acabemos con los pervertidos» pasó virtualmente inadvertida… Tendríamos que haber ido contra la señora Mop.

– Por haberlo dejado en coma.

– Y por fastidiarle su paja. Es a la ventana de esa mujer a la que deberíamos aconsejar que tiraran ladrillos.

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