Matilde Asensi - Iacobus

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La novela narra las peripecias de Galcerán de Born, caballero de la orden del Hospital de San Juan, enviado por el papa Juan XXII a una misión secreta: desvelar la posible implicación de los caballeros templarios, clandestinos tras la reciente disolución de su orden, en el asesinato del papa Clemente V y el rey Felipe IV de Francia. Tras este encargo, se esconde en realidad la intención de encontrar los lugares secretos, situados a lo largo del Camino, donde los templarios albergar enormes riquezas y que Galcerán de Born debe encontrar.

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Juan XXII, en el mundo Jacques d‘Euse, era un hombrecillo menudo de aspecto insignificante que se movía con suavidad y elegancia, como si ejecutara una danza misteriosa cuya música sólo él pudiera escuchar. Tenía los ojos pequeños y redondos, muy juntos, y todo su rostro se afilaba hacia el pico del mentón -orejas, nariz, labios-para darle el extraño aspecto de una peligrosa ave rapaz. Vestía una capa magna de color púrpura cuya cola se arrastraba y se movía como un perro tras su amo. Al quitarse la birreta, su noble y pequeña cabeza apareció monda y redonda como una pelota. Frey Robert y yo, a pesar de nuestros hábitos franciscanos, hincamos rodilla en tierra con gesto militar y abatimos nuestras testas a la espera de su bendición, una bendición que se demoró hasta el agotamiento porque, mientras nosotros permanecíamos de hinojos, Su Santidad se acomodó en un sillón de brocado, se dejó arreglar cuidadosamente las vestiduras por el cubicularius y se bebió un buen vaso de vino caliente sin prestar atención a nuestra presencia. Luego carraspeó y nos ofreció, por fin, el bellísimo anillo pastoral, hecho de un solo y enorme rubí, para que lo besáramos.

Pax vobiscum … -murmuró rutinariamente.

Et cum spiritu tuo -respondimos frey Robert y yo como un solo hombre.

– Incorporaos, caballeros del Hospital. Tomad asiento.

El cubicularius nos obsequió con sendas copas de vino caliente que sujetamos ávidamente entre las manos, y nos dispusimos a escuchar lo que el Santo Padre quería decirnos.

– Vos debéis ser Galcerán de Born -comenzó el Santo Padre-, al que llaman el Perquisitore .

– Sí, Santidad.

– Debéis sentiros orgulloso, caballero de Born -su voz era acre y aguda, y mientras hablaba tamborileaba con los dedos sobre los brazos de su sillón-, vuestro senescal de Rodas habla maravillas de vos. A Nuestra demanda de ayuda respondió que tenía el hombre perfecto para la delicada misión que vamos a encomendaros. Dijo, para que lo sepáis, que, además de un monje devoto, erais un hombre de grandes recursos y de muchos ardides, con una reconocida capacidad para descubrir la verdad, y que no sólo gozabais de una gran reputación como médico sabio, responsable y competente, sino que, además, sabíais investigar y resolver los problemas como ninguna otra persona era capaz de hacerlo. ¿Es eso cierto, sire Galcerán?

– No diría yo tanto, Santidad… -murmuré abrumado-. Pero es verdad que he participado con cierto éxito en el esclarecimiento de algunos enigmas. Ya sabéis que, al fin y al cabo, los hombres son hombres aunque el Espíritu vele por la salvación de sus almas.

El Papa hizo un gesto de aburrimiento y se recogió los faldones de la capa. Pensé que había hablado demasiado y me dije que no despegaría más los labios hasta que no me fuera expresamente solicitado.

– Pues bien, sire Galcerán, en vuestras capacidades confío para poder tomar una importante decisión que puede alterar el curso de mi reinado. Por supuesto, nada de lo que se diga hoy aquí puede salir de entre estas cuatro paredes. Apelo a vuestro voto de obediencia.

– Freire Galcerán de Born no hablará, Santidad -confirmó frey Robert.

El Papa asintió repetidamente con la cabeza.

– Que así sea. Supongo -empezó- que estaréis enterado de los desagradables sucesos que llevaron a mi antecesor, Clemente, a disolver la peligrosa Orden del Temple, ¿no es cierto? -inquirió mirándome a los ojos.

Durante un instante fugaz, un gesto de incrédula sorpresa y de profundo desagrado cruzó mi semblante pero, apercibiéndome de ello, dominé rápidamente la contracción que se iniciaba en los músculos de mi cara. ¿Acaso la misión que Su Santidad pensaba encomendarme estaba relacionada con los templarios? Vivediós que, si así era, acababa de meterme en la boca del lobo.

Había oído tantas veces la historia y conocía tan a fondo los terribles detalles que la acompañaban, que todo aquel cúmulo de circunstancias se me agolpó en la cabeza mientras seguía bajo la fría e inquisitiva mirada de Juan XXII.

Tres años atrás, el 19 de marzo de 1314, Jacques de Molay, gran maestre de la extinta Orden Templaria, y Geoffroy de Charney, preceptor de Normandía, morían en la hoguera reos de perjurio y herejía. Ése fue el trágico colofón de siete años de persecuciones y torturas que pusieron fin a la Orden militar más poderosa de la cristiandad. Durante dos siglos, los templarios habían sido los dueños de más de la mitad de los territorios de Europa y habían estado en posesión de tal cantidad de riquezas que nadie, jamás, había podido cuantificar el limite de su erario. El Temple era, de facto , el principal banquero de los grandes señores y de los principales reinos cristianos de Occidente y en sus manos estaba, desde la época de Luis IX el Santo, el Tesoro Real de Francia. Según se decía, y con razón, éste había sido, precisamente, el motivo de su desgracia, pues el nieto de san Luis, Felipe IV el Bello, agobiado por la constante falta de dinero y humillado por su vasallaje económico, había encargado a su guardasellos y hombre de confianza, Guillermo de Nogaret, la tarea de crear lentamente las condiciones favorables para el desmembramiento y definitiva desaparición de la Orden Templaria, cuyas primeras detenciones habían sido llevadas a cabo en octubre de 1307.

Las razones aducidas por Felipe para justificar ante los sorprendidos reyes de Europa tal afrenta contra la todopoderosa Orden pasaban por las pruebas incontestables que obraban en su poder en las que, decía, se demostraba que los templarios habían cometido delitos que iban desde la herejía, el sacrilegio y la sodomía, hasta la idolatría, la blasfemia, la brujería y la terrible renegación. En total, catorce acusaciones que fueron confesadas por los propios freires del Temple bajo el hierro de la tortura. Pero mientras que los monarcas de Inglaterra, Alemania, Aragón, Castilla y Portugal ponían muy en duda tales imputaciones, Su Santidad el papa Clemente V, presionado terriblemente por el rey Felipe -que le había dado el papado-, decidió suprimir la Orden de los Caballeros Templarios mediante la bula Considerantes Dudum , dictando de manera inmediata Pastoralis praeementiae y Faciens misericordiam , por las cuales obligaba a todos los reinos cristianos a poner bajo la competencia de la Santa Inquisición a los templarios que se hallasen en sus territorios.

A partir de este momento, el monarca franco se consideró legalmente autorizado para llevar a cabo su particular venganza, otorgando plena libertad de acción a su guardasellos real, Guillermo de Nogaret. De este modo, treinta y seis freires milites murieron durante los interrogatorios, cincuenta y cuatro ardieron en la hoguera, los que se negaron a reconocer sus crímenes fueron condenados a cadena perpetua, y sólo aquellos que los aceptaron públicamente fueron liberados, en 1312, desapareciendo rápidamente de París y de toda Francia en el transcurso de las siguientes jornadas.

En todo esto estaba pensando yo, cuando la voz de su santidad Juan XXII me devolvió a la realidad del momento:

– Conoceréis, por tanto -dijo el Papa-, la diáspora de los templarios francos hacia reinos más benévolos que el de los Capetos y la formación, con Nuestro permiso, de nuevas Órdenes militares, más pequeñas y menos peligrosas, que hoy día llevan a cabo algunos de los servicios menores que antes prestaban los milites Templi . Pues bien, todo ello se conjuga ahora en una mixtura sorprendente para complicar aún más el difícil equilibrio político que existe en este momento entre los reinos cristianos. Sabréis que los templarios portugueses recibieron un trato muy diferente al de sus hermanos de otros países…

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