Matilde Asensi - Iacobus

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La novela narra las peripecias de Galcerán de Born, caballero de la orden del Hospital de San Juan, enviado por el papa Juan XXII a una misión secreta: desvelar la posible implicación de los caballeros templarios, clandestinos tras la reciente disolución de su orden, en el asesinato del papa Clemente V y el rey Felipe IV de Francia. Tras este encargo, se esconde en realidad la intención de encontrar los lugares secretos, situados a lo largo del Camino, donde los templarios albergar enormes riquezas y que Galcerán de Born debe encontrar.

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La parroquia -y en esto no podía negar su origen templario-presentaba una extraña estructura en dos naves (en lugar de la nave única o de las tres naves, como es lo habitual), perfecta-mente iguales a pesar de que una de ellas se exhibía como capilla adyacente, carente de altar y de imagen sagrada. En la primera, una Virgen sentada en un trono con un niño clavado en sus rodillas, miraba inexpresivamente el espacio frente a ella, como sí nada de lo que allí ocurriera pudiera afectaría en modo alguno. Era la imagen de Santa Maria deis Orzs, una talla pulcra y bien labrada pero de nulo interés mistérico. ¿Es que los templarios habían pasado por alto Puente la Reina? No podía creerlo, así que me encaminé hacia la segunda nave con una cierta desazón.

El ábside estaba extrañamente cubierto por una pesada tela negra que, por supuesto, despertó al punto mi curiosidad. ¿Qué podía haber debajo? Una iglesia no mantiene una nave vacía porque sí, tiene que existir alguna poderosa razón para una actitud tan desconcertante, y puesto que no se veían restos de obras ni andamios que justificaran tal protección, el encubrimiento debía obedecer a algún otro motivo. No lo dudé ni un instante y, a riesgo de ser amonestado por alguno de los peregrinos que oraban allí en aquellos momentos, levanté una de las esquinas inferiores del paño.

– ¿Qué hacéis? -chilló una voz aflautada en el silencio del templo.

– Miro. ¿Es que no se puede? -respondí sin soltar la tela.

– No se debe.

– Eso no es una prohibición -dije, mientras escudriñaba apresuradamente lo que había debajo. -¡Soltad ahora mismo el lienzo o me veré obligado a llamar a la guardia!

No podía creer lo que tenía ante mi… Simplemente, no podía creerlo. Debía conservar en mi mente todos los detalles. Necesitaba tiempo para mirar bien.

– ¿Y quién sois vos para gritar dentro de una iglesia? -pregunté estúpidamente con la pretensión de entretener a mi interlocutor. Sus pasos se acercaban veloces por la nave.

– ¡Soy un cofrade de la parroquia! -exclamó la voz apenas un segundo después, ya junto a mi oreja, al mismo tiempo que una mano vieja y deficiente aplastaba la tela contra el muro, dando por definitivamente finalizada mi inspección-, el encargado de su custodia y vigilancia. ¿Y vos quién sois?

– Un peregrino de Santiago, sólo un peregrino -exclamé fingiendo tribulación-. No he podido resistir la curiosidad. Decidme, ¿de quién son estas hermosas pinturas?

– Del maestro germano Johan Oliver -me explicó el mezquino vigilante-. Pero, como veis, están sin terminar. Por eso no pueden verse.

– ¡Pues son insuperables!

– Si, pero probablemente serán sustituidas por un Crucifijo de verdad, por uno de similares características al que hay pintado en el muro.

– ¿Y eso por qué? -pregunté con curiosidad.

– ¡Y yo qué sé!

– Sois muy poco amable, cofrade.

– ¡Y vos habéis faltado al respeto debido a este sagrado recinto! Así que ¡largo, bellaco! ¡Fuera de aquí! ¿Acaso no me oís? ¡He dicho que a la calle!

Salí de la iglesia casi corriendo, pero desde luego no por temor a las bravatas de aquel cofrade, que para mi no tenía ni media bofetada -por eso adopté una actitud humilde, resultaba más creíble para un jacarero de su especie-, sino porque necesitaba sentarme en alguna parte y pensar cuidadosamente en todo lo que había visto.

A poca distancia tropecé con la bellísima puerta de la iglesia de Santiago y me senté, como un mendigo, contra una de las jambas. No sé por qué me quedé allí, pero pocas eran las cosas que yo entendía de la ruta que estaba recorriendo. Todo era mágico y simbólico, todo era múltiple y ambiguo, cada signo representaba mil cosas posibles y cada cosa posible se relacionaba misteriosamente con lugares, conocimientos, hechos o períodos infinitamente lejanos en el espacio o el tiempo, o cercanos, pero esto sólo servía para aumentar su misterio.

Tras el lienzo negro del ábside había encontrado la representación más extraordinaria de cuantas había visto a lo largo de mi vida: sobre un fondo universal, la figura de un crucificado de tamaño y hechura humanas colgaba, agonizante, de un árbol ahorquillado en forma de Y griega, con el cuerpo vuelto hacia la izquierda y la cabeza girada: en sentido contrario. El dramatismo de la escena era tan crudo y sublime, y el verismo era tal, que no podía reprimir un estremecimiento cada vez que lo recordaba. Pero había más: sobre la cabeza del Cristo, o sobre la copa del árbol, el ojo avizor de un águila mayestática examinaba un lejano ocaso solar. Eso era lo que había visto y eso era lo que debía interpretar. Si nada es casual en esta vida, aquella representación tenía el aspecto de ser lo menos casual que ha existido en la historia del mundo. Estaba allí por algo, por algo tenía aquella apariencia y desde luego también por algo se hallaba cubierta y bien cubierta.

Empecé a sopesar posibles interpretaciones. Nunca es bueno llegar a conclusiones precipitadas. Así pues, ¿qué tenía? Tenía un pintor germano, llamado Johan Oliver, que había dejado sin terminar unas pinturas; tenía unas pinturas que pronto serían sustituidas por un crucifijo real de similares características al del panel mural [27]; y tenía un extraordinario panel mural tapado por un lienzo negro que impedía su contemplación. Ésos eran los hechos. Ahora los símbolos. Tenía una crucifixión sin cruz -en uno de los capiteles del claustro de Eunate había encontrado la misma alusión-, ya que el árbol en forma de Y griega, con un tronco sin descortezar del que salían, desde la altura del abdomen de Cristo, los dos vástagos superiores, no era una cruz, sino una conocida representación de la Pata de Oca, signo de reconocímiento de las hermandades secretas de maestros constructores y pontífices iniciados (ejecutores, como Salomón en su templo, de los principios sagrados de la arquitectura trascendente); tenía un águila majestuosa, símbolo de iluminación, que podía representar tanto la brillante luz solar como a san Juan Evangelista; y tenía, por último, un bellísimo crepúsculo, prefiguración de la muerte mistérica que convierte al iniciado en hijo de la Tierra y del Cielo.

Pues bien, ¿y qué?, ¿qué conclusión podía sacar de todo eso? Quizá el nexo de unión entre todos estos factores era algo tan absurdo que, teniéndolo delante, no podía verlo, o quizá era una relación tan tenue que, por su misma insignificancia, no lograba aprehenderla. También era posible, me dije desesperado, que el vínculo fuera tan rebuscado y confuso que nadie que no estuviera en posesión de la clave precisa, de la concreta para aquel enredo, podría desensamblar correctamente las piezas. Y tampoco podía dejar de lado, por supuesto, el capitel de Eunate, con su significativo error evangélico, que presentaba, además, verosímiles correspondencias con las pinturas del muro. Mi ceguera me exasperaba; no hacia más que buscar posibles combinaciones de símbolos, nombres y afinidades. Quizá me faltaba algo, quizá me estaba equivocando de procedimiento… La triste verdad es que no conseguía encontrar nada lógico.

Durante los años que dediqué al estudio de la Qabalah , una de las cosas fundamentales que aprendí fue que un buen cabalista jamás se rinde ante los obstáculos y los problemas que se le plantean en sus pesquisas. Antes bien, acepta la existencia de dichas dificultades como otro aspecto más del aprendizaje y, una vez hecho esto, se encuentra en la actitud adecuada para percibir lo que debe ser cambiado.

Los cascos de unos caballos me sacaron de mi enajenación. Y cuando digo los cascos de unos caballos quiero decir, literalmente, los cascos de unos caballos, y no su sonido, que en modo alguno hubiera penetrado hasta mi cerebro: sentado como me hallaba en la puerta de la iglesia de Santiago, con la cabeza hundida entre los hombros y la mirada gacha, vi avanzar hacia mi las patas de unos animales que se me plantaron frente a la cara y, antes de que tuviera tiempo de perder el color, la voz ofendida de Jonás empezó a reprocharme mí ausencia desde la altura que le otorgaba su palafrén:

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