Un ruido atrajo su atención: llegaba gente. Morgennes se deslizó precipitadamente tras el biombo, donde se había refugiado el pavo real, y un hombre con una voz que le era conocida invitó a una mujer a entrar en la tienda.
– Me envía a Bagdad con una camella cargada de trofeos -dijo la mujer en árabe, con un ligero acento franco-. Quiere que convenza al califa de que le envíe nuevas tropas, dinero y víveres. Si no, dijo, será toda la Umma la que se vea condenada a la desaparición, vencida por los francos.
– Me sorprendería mucho -replicó Taqi-. Los francos están demasiado atrapados en sus propias disputas para preocuparse por nosotros. No se moverán.
– Desengáñate -replicó la joven en tono disgustado-. Cuando sepan que la Santa Cruz está en vuestras manos, miles de soldados realizarán la travesía para acudir en su socorro.
– ¡Que vengan! Los venceremos, y luego iremos a llevar la palabra del Profeta hasta vosotros. París tendrá por fin su catedral, ¡pero será una mezquita!
Morgennes, que los había observado por una rendija del biombo, había reconocido a la joven del halcón peregrino y a Taqi ad-Din, el sobrino de Saladino. Sorprendido de volver a verlo, atribuyendo a la providencia el hecho de haberlo encontrado con tanta frecuencia en su camino, Morgennes pensó por un instante en salir de su escondite. Pero ya la joven volvía a tomar la palabra. Había visto los vasos en el suelo.
– No lo entiendo. Había pedido que nos trajeran agua fresca y lo han tirado todo…
Taqi se agachó, colocó la mano sobre la alfombra y la miró: estaba mojada.
– Probablemente un animal -dijo.
– Debe de haber sido mi pavo real. Por cierto, ¿dónde está? Normalmente siempre viene a hacerme zalamerías…
Morgennes se estremeció. ¿De qué agua hablaba? Él había visto la garrafa, la había tenido entre sus manos: ¡y estaba vacía! «Me estoy volviendo loco», pensó. Con manos febriles, apretó el cuello del pavo real y todo se puso a dar vueltas. Ya no sentía los brazos, no sentía su cuerpo. Solo sentía una opresión, y aquella obsesión continua: «Beber, beber, beber, beber…».
Un roce atrajo su atención. Al mirar de nuevo por la rendija del biombo, vio que Taqi se despojaba de su brial negro. Debajo llevaba una camisa bordada, cubierta de inscripciones árabes, pentágonos y signos cabalísticos. Tenía el aspecto ajado de la ropa que se ha llevado demasiado. Cuando Taqi se la sacó, apareció su torso, cubierto de tatuajes. La mayoría eran transcripciones dé versículos del Corán; otros eran pentagramas, símbolos alquímicos. Muchos eran incomprensibles, pero recordaban los dibujos de la camisa trazados del revés. Como si la prenda hubiera desteñido.
La joven también se había desnudado. Morgennes sabía que hubiera debido apartar la mirada, pero el espectáculo de sus senos lo hipnotizaba. Otra forma de sed se despertó en él, una sed cuya llamada no había escuchado desde hacía años, una sed que había creído extinguida desde… Ya no llegaba a recordar cuándo. Por otra parte, Taqi también debía de sentirla, porque adelantó una mano hacia el pecho de la joven para acariciarlo. Ella lo dejó hacer un momento, y luego lo invitó a detenerse.
– No tenemos tiempo.
Taqi siguió contemplándola, trazando distraídamente sobre su espalda inscripciones en árabe. Morgennes vio así cómo se dibujaban y luego desaparecían frases cortas donde podía leerse «te amo» y «Dios te guarde». Luego ella lo rechazó gentilmente y se puso la camisa de Taqi. Sus movimientos estaban tan llenos de gracia que producían la impresión de un estandarte flotando delicadamente al viento, en vísperas de un combate. La joven llevaba, además, numerosas joyas: brazaletes, zarcillos, talismanes, collares, aros y anillos adornados con piedras preciosas, peines de marfil prendidos en el pelo, hilos de oro en los tobillos y en la cintura… Parecían joyas antiguas. «No hay tantas en el tesoro de los templarios», pensó Morgennes. De su cuello colgaba el más célebre de los amuletos de la suerte del islam, la mano de Fátima.
– ¡Eres tan hermosa, prima! Estos adornos no te embellecen, sino tú a ellos. Tú les das su brillo, su belleza…
– Taqi -dijo la joven con un suspiro-, para, me incomodas.
– ¿Te incomodo? Pero si solo me acerco a tu verdad; llamarte hermosa es decir poco. Eres un atisbo del paraíso, y entreverte significa ya estar salvado. Eres el más precioso de los relicarios.
Incapaz de dejar de mirarla, Morgennes lo corrigió sin siquiera darse cuenta: «O, más exactamente, la más preciosa de las reliquias…».
Finalmente la joven, después de haberse vestido con la camisa de Taqi y de haberse puesto sus propias ropas encima, se dirigió hacia un mueble y sacó un cofre, el mismo que Morgennes había visto aquella mañana en manos del ciego que apestaba a macho cabrío. La joven mantuvo el cofrecillo apretado contra su cuerpo, con una expresión triste y resuelta en el rostro que Morgennes no podía explicarse.
– ¿Dispuesta? -preguntó Taqi.
Ella asintió con la cabeza, y los dos se fueron.
Morgennes decidió seguirlos. Esperó unos instantes, y luego salió también, dejando atrás a un pavo real erizado de espanto.
Es posible que tengáis aversión a una cosa que es un bien para vosotros .
Corán, II, 216
Morgennes avanzaba en la noche, sombra entre las sombras, manteniéndose a distancia de las antorchas. Siguiendo los pasos de Taqi ad-Din y de la joven a la que había dado el nombre de «la Reliquia», se introdujo en el seno del campamento de los zakrad con la discreción de un zorro, ocultándose detrás de un caballo, una tienda, un camello.
Los dos jóvenes llegaron a una zona del campamento donde una cuarentena de camellos montados por beduinos los esperaban impacientes. Mientras las antorchas se apartaban para dejarlos pasar, un hombre viejo, de unos sesenta años, que llevaba un cayado en la mano, se acercó a la Reliquia y a Taqi. El hombre levantó el cayado y se hizo el silencio.
– Escuchadme -dijo el anciano con mirada febril-. ¡Si no lleváis a buen término la misión que Saladino (la paz sea con él) os ha encomendado, estaremos acabados! ¡Los dioses de las antiguas naciones tiemblan! ¡Los herejes están acorralados! ¡Se rebelarán y se aliarán con los cristianos (que la peste caiga sobre ellos)! ¡Hordas de demonios surgirán de los infiernos para combatiros! ¡Pero no hay más Dios que Alá, Él es el único Dios! Su victoria será total, está escrito. Pero antes quiere poneros a prueba: obstáculos terribles se levantarán en vuestro camino.
Y, señalando a Taqi, dijo con una voz que retumbaba como la tempestad:
– En el tuyo, noble Taqi ad-Din Umar, gobernador de Egipto, sobrino de Saladino, los cristianos y los chiies tratarán de detenerte, de hacerte tropezar… Pero vencerás, porque eres un hombre fuerte, intrépido e inteligente. Sabrás desenmascarar los disfraces de los que se presenten ante ti y ver el mal bajo la máscara del bien. A ti corresponderá decidir luego las acciones que debas emprender.
Y, girándose hacia la Reliquia, murmuró:
– En el tuyo, Casiopea, noble y querida hija que adoptamos como una segunda Fátima, se levantarán tantos obstáculos como astros en la constelación cuyo nombre llevas. Los peores vendrán de ti, de tu propio corazón, de tus dudas, de tu pasado. Y tendrás que hacer lo que siempre te has negado a hacer: afrontar tu destino.
– Lo afrontaré… -respondió la Reliquia, cuyo auténtico nombre acababa de conocer Morgennes.
– No lo dudo -prosiguió el anciano-. Si consigues llevar esta camella a Bagdad y obtener del jefe de los creyentes (que Alá lo proteja y lo guarde) que nos envíe refuerzos, habremos contraído contigo una deuda eterna. Estos desafíos que Dios, en su grandísima misericordia, ha colocado en vuestro camino os convertirán en héroes. Precisamente porque os ama y porque sois sus hijos preferidos será tan arduo. Alá nunca facilita la labor a sus elegidos. En nombre del conjunto de los hijos del desierto que han seguido a Saladino desde el anuncio de la yihad, seáis benditos los dos. ¡Que los yinn os sean favorables! ¡Que Dios os guarde!
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