Sharon Penman - El hombre de la reina

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En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.

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Pero esa formación podría muy bien ser ahora su salvación. Había oído decir que en Londres los escribas ponían cabinas en la catedral de San Pablo y se dedicaban a escribir cartas y documentos legales a cambio de dinero. Si él pudiera colocarse de escriba, tal vez pudiera ir desenvolviéndose de momento y tener mientras tanto la oportunidad de decidir lo que quería hacer.

O podía tomar otra dirección en su camino. Podía ofrecerle sus servicios al hermano del rey. Si ese patán de la taberna había dicho la verdad, Juan no era persona que exigiera referencias. Justino no estaba seguro de si quería luchar para poner a Juan en el trono de Inglaterra. Pero sospechaba que el hambre acallaría rápidamente sus escrúpulos.

El camino empezó a estrecharse, a medida que penetraba en el bosque. Ramas secas y sarmentosas apuñalaban el firmamento por encima de su cabeza. Fresnos helados se mecían con el viento y las gráciles siluetas de los abedules se alzaban a sus espaldas. Por doquier la maleza se espesaba y se enredaba con los matorrales más viejos, los setos de espino y el acebo. La nieve inmaculada y reluciente de vez en cuando se veía surcada por huellas de ciervo, de martas y de zorros. Saltó un conejo en busca de escondrijo y una ardilla rojiza y curiosa corrió detrás de Justino durante un rato, columpiándose de árbol en árbol con la pericia de un acróbata. El paisaje helado y cubierto de nieve tenía una belleza austera, que Justino habría apreciado más si no hubiera estado él mismo helado también.

– ¿Ahora?

– No, no es él.

Sobresaltado por el repentino sonido de unas voces, cosa insólita en este entorno tranquilo y nemoroso, Justino se volvió en su montura, buscando la empuñadura de su espada. A su izquierda, unos árboles caídos habían formado una especie de refugio protegido por ramas de acebo verdes y brillantes. Esta guarida o cobijo ofrecía un santuario natural para el perdido viajero. Para alguien fuera de la ley podría ser el camuflaje ideal para tender una emboscada.

Justino espoleó a Copper hacia adelante y el animal respondió como una flecha recién lanzada, despidiendo salpicaduras de nieve conforme aligeraba el paso. Tardaron sólo unos momentos en llegar al lugar. Echando una ojeada por encima del hombro, Justino no notó ningún movimiento, sospechoso o no. Era fácil desconfiar de sus propias facultades sensoriales, preguntarse si simplemente lo había creído, si se había imaginado haber oído esos sonidos fantasmales. «¡Necio! -gritó a su caballo-. Copper, ¡ya no me queda más que ver los espíritus, de los bosques, con unos cuantos demonios con cuernos para que no le falte nada a mi fantasía!»Pero esos murmullos misteriosos tenían algo de inquietante y Justino no pudo desprenderse de sus temores. «Debemos de estar cerca de Alresford», dijo a su caballo, y éste movió las orejas al oír su voz. Hasta ahora la nevada había sido ligera y el viento parecía haber amainado. Dios mediante, a lo largo del camino que quedaba no presentaría problemas. ¿Cómo sería Londres? Le habían dicho que sus murallas cobijaban a veinticinco mil almas, pero no se podía imaginar una ciudad tan grande. Justino sabía bastante de ciudades, por haber pasado su infancia en Shrewsbury y en Chester y por haber visitado también Oxford y ahora Winchester. Pero ninguna de ellas podía compararse a Londres ni en tamaño ni en importancia.

El primer disparo fue sordo y confuso. Justino frenó el caballo y aguzó el oído. Se oyó otro disparo y esta vez no cabía la menor duda: era una desesperada petición de ayuda. Más tarde, mucho más tarde, Justino se sorprendería de su imprudente reacción. Pero entonces reaccionó instintivamente, atraído de forma irresistible por los ecos inquietantes de esa urgente y desesperada petición de auxilio.

Retrocedió por la nieve, torció una curva del camino y estuvo a punto de chocar con un caballo desbocado y sin jinete. Virando a tiempo para evitar ser aplastado por el amedrentado animal, desenvainó la espada, porque cualquier duda que pudiera haberle asaltado sobre lo que se iba a encontrar, se había desvanecido.

Los ecos de una pelea aumentaban de volumen. Reaccionando animosamente a la espuela de Justino, el semental pasó a tal velocidad sobre la nieve que su galope resultaba peligroso en un terreno tan traicionero. Un poco más adelante, un caballo relinchaba. Se oyó otro grito sofocado pidiendo ayuda y una explosión de juramentos. Justino estaba ya cerca del refugio. Una figura yacía boca abajo en mitad del camino, gimiendo. Cerca de ella, dos hombres se peleaban con fiereza mientras que un tercero trataba de agarrar las riendas de un caballo roano que estaba a punto de desplomarse. Pero aunque Justino estaba ahora lo suficientemente cerca para ver lo que estaba ocurriendo, no lo estaba para impedir lo que iba a ocurrir a continuación. Uno de los hombres se tambaleó de pronto para caer al suelo a los pies del que le había agredido. El forajido no vaciló. Se inclinó sobre su víctima y con la sangre chorreando aún de su daga, arrancó los anillos de los dedos del hombre y a continuación, y deprisa, empezó a cachearle el cuerpo.

– ¿Lo has encontrado? -Al recibir tan sólo un gruñido por respuesta, el segundo bandido trató de acercar el caballo, profiriendo juramentos cuando el animal se le resistía-. Tal vez lo haya escondido en su túnica. ¡Por los clavos de Cristo, Gib, ten cuidado!

Gib se volvió apresuradamente, vio venir a Justino cabalgando a galope tendido hacia ellos con la espada desenvainada, y se puso de pie de un salto. En tres zancadas llegó a donde estaba el caballo roano y saltó sobre la montura. «¿A qué esperas, imbécil?», le gritó a su compañero, que seguía inmóvil, mirando anonadado a Justino que se acercaba. Reaccionó al fin, y el rezagado se agarró a la mano extendida hacia él y se puso de pie para seguir a su compañero. Cuando Justino llegó al escenario de la emboscada, los forajidos habían huido.

Justino no tenía la menor intención de perseguirlos. Seguramente tendrían sus caballos escondidos cerca de allí y conocían el bosque mucho mejor que él. Al tirar de las riendas de su caballo por poco no sufre un accidente, porque Copper dio un respingo sin previo aviso y a punto estuvo de tirar al suelo a su amo. Con el rabillo del ojo percibió un movimiento lateral, de algo que se deslizaba, y lo anotó en algún lugar de su cerebro como algo intrigante que resolvería después, pues sabía que las serpientes, por lo general, invernaban en madrigueras durante los meses de invierno. Pero de momento su única preocupación era apaciguar a su caballo. Una vez logrado esto, desmontó, lo ató a unas ramas cercanas y concentró su atención en los hombres.

El que tenía más cerca era un muchacho fornido aproximadamente de su misma edad. Su rostro era blanco como la nieve y tenía el pelo enmarañado y manchado de sangre. Parecía aturdido y desorientado, pero logró incorporarse y Justino no perdió tiempo en detenerse junto a él sino que se dirigió al otro hombre, que yacía inmóvil, lo que le alarmó. Una gran mancha carmesí se extendía más allá de su cuerpo y cubría la nieve. Se arrodilló a su lado, y Justino contuvo el aliento porque enseguida supo que estaba contemplando la muerte cara a cara.

El hombre había traspasado ya la juventud y tendría unos cincuenta años a juzgar por el pelo gris que generosamente salpicaba su cabello castaño y su bien cuidada barba. Su manto era de lana de buena calidad y sus botas de suave badana. A juzgar por lo que Justino había visto de su caballo ruano que los bandidos habían robado, era éste un ejemplar excepcional. Su amo debía de ser ciertamente un próspero menestral o un caballero lo suficientemente rico como para viajar con un criado, y se estaba muriendo ahora sobre la nieve pisoteada y ensangrentada, sin el auxilio espiritual de la confesión y en soledad, sólo acompañado por un extraño que le sostenía la mano.

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