Sharon Penman - El hombre de la reina

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En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.

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Pero la pregunta aparentemente inocente del obispo de Coventry era mucho más peligrosa y confirmaba los más profundos temores de Aubrey. Juan no quería esperar a que llegara la noticia de la muerte de Ricardo. Juan no fue nunca persona dispuesta a esperar. Pero ¿y si Ricardo no había muerto? ¿Volvería a reclamar su corona? Si bien es verdad que Arturo no podía competir con Juan, también es cierto que Juan no podía competir con Ricardo. Y aunque el rey, finalmente, otorgara su perdón a Juan, seguro que no lo habría para los hombres que le respaldaran.

Aubrey sabía que si se mostraba reacio a apoyar el golpe de estado de Juan y Ricardo había muerto realmente, estaría desperdiciando la única oportunidad de ganar el favor del nuevo rey. Porque Juan guardaba rencor hasta la muerte y no olvidaría a los que se pusieran de su parte ni a los que se alistaran en su contra.

– Bueno -insinuó el obispo de Coventry, sonriendo afablemente como si sólo estuvieran intercambiando cortesías-, ¿qué sabéis de cierto, ha muerto o no?

La sonrisa de Aubrey era tan insulsa como la leche de almendras.

– Si supiera la respuesta a esa pregunta, señor obispo, no perdería un segundo en cabalgar a Londres para informar a la reina.

– Desgraciadamente me temo lo peor -confió Hugh, aunque sin aparente pesar-. Si no le hubiera ocurrido nada malo, es indudable que a estas alturas sabríamos dónde se encuentra.

– Yo no estoy dispuesto a perder las esperanzas -interrumpió Aubrey-, y ciertamente tampoco lo está la reina.

– Es natural que una madre se aferre a los últimos resquicios de esperanza por dudosos y precarios que sean, pero nosotros no podemos compartir ese lujo, porque ¿cuánto tiempo puede estar Inglaterra sin rey? -La voz de Hugh era placentera, suave e íntima, una voz perfecta para compartir secretos y hacerlos llegar sólo a los oídos de Aubrey-. ¿Cuánto tiempo podremos esperar?

Aubrey no tuvo necesidad de replicar porque su ayudante apareció de pronto en el estrado.

– ¿Qué pasa, Martin? ¿Hay algún problema?

– Es Justino, su señoría. Llegó a caballo hace unos instantes e insiste en que debe ver enseguida a su señoría.

– ¿Justino? -Aubrey dio muestras de sobresalto y desagrado-. Dile que le veré cuando haya terminado de cenar y mis invitados se hayan retirado a sus aposentos. Ocúpate de que los cocineros le den de comer. -Con gran sorpresa de Aubrey, el ayudante no hizo ademán de retirarse-. ¿Y bien?

– Es que… el muchacho parece muy acongojado, Ilustrísima. La verdad es que nunca lo he visto así. Y no creo que esté dispuesto a esperar.

Aubrey se mantuvo alerta sin perder el control; despreciaba a los hombres que se dejaban llevar por la emoción y los impulsos.

– No le estoy otorgando libertad de elección -dijo fríamente-. Ocúpate de esto.

Le había molestado la inesperada e inoportuna llegada de Justino y se sentía además vagamente inquieto, con esa peculiar forma de inquietud que sólo Justino era capaz de provocar. No mejoró su estado de ánimo al darse cuenta de que Hugh de Nonant había oído toda esta conversación.

– ¿Quién es Justino?

Aubrey se encogió de hombros en un ademán de desprecio.

– Nadie que Su Ilustrísima conozca…, un inclusero a quien recogí hace años.

Esperaba que Hugh captara la indirecta y dejara el asunto de lado, pero el obispo de Coventry poseía un don misterioso para husmear los secretos. «Como el de un cerdo que va hozando en busca de trufas», pensó Aubrey, viéndose forzado por la indecorosa y persistente curiosidad del otro a explicar que la madre de Justino había muerto de parto.

– Sólo Dios sabe quién era el padre, y no había nadie que quisiera hacerse cargo del niño. Estaba bajo la jurisdicción de mi parroquia y cuando me notificaron la situación, accedí a hacer lo que estuviera en mi mano. Después de todo, es nuestro deber socorrer a los pobres de Cristo. Como dicen las Escrituras: «Dejad que los niños se acerquen a mí».

– Digno de encomio -repuso Hugh, dando muestras de calurosa aprobación que no habrían sido sospechosas si las hubiera manifestado otra persona. Miraba a Aubrey con expresión benévola y Aubrey no podía por menos de maravillarse ante lo engañosas que pueden ser las apariencias. Los dos hombres de Iglesia tenían un aspecto físico completamente distinto; Aubrey era alto, esbelto y elegante, llevaba muy corto su cabello rubio, ya entrecano, y Hugh era rechoncho, rubicundo y con inicios manifiestos de calvicie y el aspecto de un monje afable y entrado en años. Pero Aubrey sabía que este semblante de hombre bonachón ocultaba una inteligencia astuta y cínica y que la curiosidad de Hugh por Justino no era ni ociosa ni benigna. El buen obispo estaba siempre alerta, siempre en busca de flaquezas. Y Aubrey se sintió repentinamente furioso con Justino por atraer la atención de un hombre tan peligroso como Hugh de Nonant.

– Tal vez la razón sea que hayáis sido demasiado indulgente con el muchacho -observó Hugh con parsimonia-. Parece ser una impertinencia por su parte exigir veros.

Aubrey no mordió el anzuelo.

– Sus modales no han sido nunca motivo de queja para mí… hasta este momento. Podéis estar seguro de que le llamaré al orden.

Una ruidosa fanfarria de trompetas hizo que todas las cabezas se volvieran hacia la puerta de entrada. Las trompetas anunciaban la llegada del plato fuerte de la cena: una gran cabeza de jabalí glaseada que descansaba sobre una reluciente fuente de plata. Los hombres se echaron hacia adelante para verla mejor, los juglares de Aubrey entonaron un villancico y, en la excitación del momento, todos se olvidaron del inclusero del obispo.

Aubrey empezó a relajarse y volvió a ser una vez más el cortés anfitrión, un papel que representaba a la perfección. El intervalo le proporcionó además la oportunidad de considerar sus alternativas. Tenía que encontrar una ocasión de insinuar -sin realmente decirlo- que simpatizaba con la causa de Juan, pero que no estaba todavía dispuesto a comprometerse, y que no lo haría hasta que hubiera pruebas irrefutables de la muerte del rey Ricardo.

Fue el perspicaz Hugh el primero en darse cuenta de la conmoción surgida en el extremo de la estancia. En la puerta, el ayudante del obispo estaba discutiendo acaloradamente con un muchacho alto y moreno. Mientras Hugh los observaba, el muchacho se soltó de los brazos del ayudante que lo tenían sujeto y se dirigió a la nave central, hacia el estrado. Hugh se inclinó y tocó la manga de la vestidura de su anfitrión.

– ¿Debo suponer que ese intruso encolerizado es el protegido de Su Ilustrísima?

Sin percatarse de que el intruso se acercaba a ellos, Aubrey conversaba cortésmente con la persona que tenía sentada a su izquierda, el venerable abad de la abadía de San Werburgh, en la ciudad de Chester. Al oír la pregunta de Hugh, la sorpresa le hizo ponerse rígido y echar su sillón hacia atrás.

Descendió las escaleras del estrado y se enfrentó con Justino cuando éste se acercaba a la chimenea, seguido por el ayudante.

– ¡Cómo te atreves a entrar por la fuerza en mi estancia! ¿Estás borracho?

– Tenemos que hablar -contestó Justino lacónicamente, y Aubrey lo miró con expresión de incredulidad, incapaz de creer que Justino pudiera estar desafiándolo de esa manera consciente de que todas las miradas, rebosantes de curiosidad, se dirigían hacia ellos. El ayudante se mantenía inmóvil a unos pasos de distancia, con aspecto de absoluto abatimiento, como era de esperar. Martin había dado siempre a Justino muestras de amistad, tal vez demasiadas, al parecer.

– ¡Te dije que tenías que esperar, Justino!

– He estado esperando durante veinte años.

Aubrey no dudó ya más. Esto iba de mal en peor. Justino era una antorcha. Sólo Dios sabía el daño que haría si estallaba en llamas en aquella estancia.

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