Morgan Rice - La Marcha De Los Reyes

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LA MARCHA DE LOS REYES nos lleva más allá del viaje épico de Thor hacia la mayoría de edad, cuando empieza a darse cuenta de quién es, qué poderes tiene, mientras se embarca para convertirse en guerrero. Después de escapar del calabozo, Thor queda aterrado al saber que había habido otro intento de asesinato hacia el Rey MacGil. Cuando MacGil muere, el reino se convierte en un caos. Como todos aspiran al trono, la Corte del Rey está más repleta que nunca, con sus dramas familiares, luchas de poder, ambiciones, celos, violencia y traición. Se debe elegir un heredero entre los hijos, y la antigua Espada del Destino, fuente de todo su poder, tendrá la oportunidad de ser blandida por alguien nuevo. Pero todo esto puede ser cambiado drásticamente: recuperan el arma asesina, y la trama cambia al encontrar al asesino. Simultáneamente, los MacGil enfrentan una nueva amenaza de los McCloud, quienes están decididos a atacar otra vez el Anillo. Thor lucha por recuperar el amor de Gwendolyn, pero tal vez no haya tiempo; le dicen que empaque, que se prepare con sus hermanos en armas para Los Cien, cien días extenuantes de infierno en la que todos los miembros de Legión deben sobrevivir. La Legión tendrá que cruzar el Barranco, más allá de la protección del Anillo, y navegar por el Mar Tartuvio hacia la Isla de la Niebla, que se rumora es patrullada por un dragón para su iniciación de la mayoría de edad.

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Gareth negó con la cabeza. Agarró a Firth de la camisa y lo sacudió, una y otra vez.

“¡¿Por qué lo hiciste?!”, gritó Gareth.

Gareth sintió que su mundo se derrumbaba. Estaba asombrado al darse cuenta de que en realidad sentía remordimiento por su padre. Él no podía entenderlo. Hace unas horas, lo que quería más que nada era ver que lo envenenaran, que muriera en la mesa. Ahora la idea del asesinato le pegó como si hubiera muerto su mejor amigo. Se sintió abrumado por el remordimiento. Una parte de él no quería que muriera después de todo—en especial, no de esa manera. No en manos de Firth. Y no por una daga.

“No entiendo”, se quejó Firth. “Hace unas horas tú intentaste matarlo. Con lo de la copa. ¡Pensé que estarías agradecido!”

Para su propia sorpresa, Gareth estiró la mano y golpeó a Firth en la cara.

“¡Yo no te dije que hicieras esto!”, espetó Gareth. “Nunca te dije que hicieras eso. ¿Por qué lo mataste? Mírate. Estás cubierto de sangre. Ahora ambos estamos acabados. Es cuestión de tiempo para que los guardas nos atrapen”.

“Nadie me vio”, dijo Firth. “Lo hice entre el cambio de turnos. Nadie me vio”.

“¿Y dónde está el arma?”

“No la dejé”, dijo Firth orgullosamente. No soy estúpido. Me deshice de ella”.

“¿Y qué cuchillo usaste?”, preguntó Gareth; su mente giraba pensando en las implicaciones. Pasó del remordimiento a la preocupación; su mente corría pensando en cada detalle de la pista que ese tonto torpe podría haber dejado, cada detalle que podría conducirlo hacia él.

“Usé una que no podría ser rastreada», dijo Firth, orgulloso de sí mismo. “Era una cuchilla despuntada, sin sobresalir. La encontré en los establos. Había otras cuatro similares. No podría ser rastreada”, repitió.

Gareth se sintió descorazonado.

“¿Era un cuchillo corto, con mango rojo y hoja curva, que estaba sobre la pared, junto a mi caballo?”

Firth asintió, mirando dudoso.

Gareth frunció el ceño.

“¡Eres un tonto! ¡Por supuesto que la hoja es rastreable!”

”¡Pero no tenía ninguna marca!”, protestó Firth, sonando asustado, con voz temblorosa.

“No hay marcas en la navaja— ¡pero hay marcas en la empuñadura!”, gritó Gareth. “¡Por debajo! No revisaste con cuidado. Eres un tonto”. Gareth dio un paso adelante, enrojeciendo. “El emblema de mi caballo está tallado debajo de ella. Quien conozca a la familia real, bien puede rastrear la navaja y llevarlo hacia mí”.

Miró fijamente a Firth, quien parecía perplejo. Él quería matarlo.

¿Qué hiciste con ella?”, dijo Gareth presionando. “Dime que la tienes contigo. Dime que la trajiste contigo. Por favor”.

Firth tragó saliva.

“Me deshice de ella con cuidado. Nunca la encontrará nadie”.

Gareth hizo una mueca.

“¿En qué lugar, exactamente?”

“La tiré por la rampa de piedra, en el orinal del castillo. Tiran el orinal cada hora, en el río. No te preocupes, mi señor. Ya está en lo profundo del río”.

Las campanas del castillo repicaron de repente, y Gareth dio la vuelta y corrió hacia la ventana abierta, su corazón se llenó de pánico. Se asomó y vio todo el caos y conmoción abajo, la turba rodeaba el castillo. El repicar de las campanas sólo podían significar una cosa: Firth no estaba mintiendo. Él había matado al rey.

Gareth sintió que su cuerpo se congelaba. No podía concebir que había puesto en marcha una maldad tan grande. Y que Firth, de todas las personas, lo había llevado a cabo.

Se escuchó un golpe repentino en su puerta, se abrió de golpe, y varios guardias reales entraron apresuradamente. Por un momento, Gareth estaba seguro de que lo arrestarían.

Pero para su sorpresa, se detuvieron y se pusieron en posición de firmes.

“Mi señor, su padre ha sido apuñalado. Puede haber un asesino suelto. Asegúrese de mantener la seguridad en su habitación. Él está gravemente herido”.

El vello del cogote de Gareth se erizó con esas últimas palabras.

“¿Herido?”, repitió Gareth; la palabra casi se le pega en la garganta. “¿Entonces todavía está vivo?”

“Lo está, mi señor. Y primero Dios, sobrevivirá y nos dirá quién cometió ese acto atroz”.

Con una corta reverencia, el guardia salió rápidamente de la habitación, cerrando la puerta con fuerza.

La rabia inundó a Gareth y sujetó a Firth de los hombros, lo empujó por la habitación y lo estrelló contra un muro de piedra.

Firth lo miró, con los ojos bien abiertos, pareciendo horrorizado, sin habla.

“¿Qué has hecho?”, gritó Gareth. “¡Ahora ambos estamos acabados!”.

”Pero...pero...” Firth tropezó, “¡yo estaba seguro de que había muerto!”.

“Estás seguro de muchas cosas”, dijo Gareth, “¡y todas están equivocadas!”.

Gareth pensó en algo.

“La daga”, dijo. “Tenemos que recuperarla, antes de que sea demasiado tarde”.

“Pero ya la tiré, mi señor”, dijo Firth. “¡Se fue por el río!”

“La tiraste en el orinal. Eso no significa que ya está en el río”.

“¡Pero es lo más seguro!”, dijo Firth.

Gareth ya no podía soportar las torpezas de este idiota. Salió precipitadamente hacia la puerta; Firth le siguió de cerca.

“Iré contigo. Te diré exactamente dónde la tiré”, dijo Firth.

Gareth se detuvo en el corredor, giró y miró a Firth. Estaba lleno de sangre y Gareth estaba sorprendido de que los guardias no lo hubieran visto. Fue una suerte. Firth estorbaba más que nunca.

“Sólo voy a decirlo una vez”, gruñó Gareth. “Regresa a mi cuarto de inmediato, cámbiate de ropa, y quémala. Deshazte de cualquier rastro de sangre. Después, desaparece del castillo. Aléjate de mí esta noche. ¿Entendiste?”

Gareth lo empujó hacia atrás, luego se volvió y corrió. Corrió por el pasillo, hacia la escalera de caracol de piedra, bajando nivel tras nivel, hacia los cuarteles de los sirvientes.

Por último, se dirigió hacia el sótano, varias cabezas de los sirvientes voltearon a verlo. Habían estado fregando enormes ollas e hirviendo baldes de agua. Enormes fogatas rugían entre los hornos de ladrillos y los sirvientes usaban delantales manchados, llenos de sudor.

En el otro extremo de la habitación, Gareth vio un enorme orinal, la suciedad bajaba por una rampa y salpicaba en ella a cada minuto.

Gareth corrió hacia el sirviente más cercano y lo sujetó del brazo, con desesperación.

“¿Cuándo vaciaron el orinal por última vez?”, preguntó Gareth.

”Fue llevado al río hace unos minutos, mi señor”.

Gareth se volvió y salió corriendo de la habitación, hacia los pasillos del castillo, de regreso a la escalera de espiral y salió disparado hacia el aire fresco de la noche.

Corrió por el campo, sin aliento, mientras se dirigía al río.

Mientras se acercaba a él, encontró un lugar para esconderse, detrás de un gran árbol, cerca de la orilla. Vio a dos sirvientes levantar la enorme olla de hierro e inclinarla hacia la corriente del río.

Observó hasta que quedó de cabeza, y se vació todo el contenido, hasta que volvieron con la olla y caminaron de regreso hacia el castillo.

Finalmente, Gareth quedó satisfecho. Nadie había visto ninguna daga. Dondequiera que estuviese, ahora estaba contracorriente del río, siendo arrastrada hacia el anonimato. Si su padre moría esta noche, no quedaría evidencia del qué rastrear del asesinato.

¿O sí?

CAPÍTULO CINCO

Thor seguía de cerca a Reece, Krohn detrás de él, mientras caminaban por el pasadizo trasero hacia la habitación del rey. Reece los había llevado por una puerta secreta, escondida en una de las paredes de piedra, y ahora sostenía una antorcha, guiándolos mientras caminaban en fila en el estrecho espacio, por las entrañas internas del castillo en una vertiginosa variedad de giros y vueltas. Subieron una estrecha escalera de piedra que llevaba a otro pasadizo. Se volvieron y ante ellos había otra escalera. Thor se asombró de lo intricado del pasadizo.

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