—Buenol—dijo Castillo finalmente—, la mayoría podían ser desestimadas sin más porque eran de gente inestables o simplemente bromistas. Pero esta mañana hubo una llamada que era algo distinta. Era tan concreta que me hizo tomarla más en serio.
Casi al punto, la boca de Keri se secó y su corazón comenzó a correr.
Tranquilízate. Probablemente no sea nada. No te exaltes.
—¿Puedo escucharla?—preguntó con una calma que no hubiera creído posible.
—Ya se la he reenviado —dijo Castillo.
Keri miró el teléfono y vio la luz titilante indicando que tenía un correo de voz. Intentando no parecer desesperada, levantó con lentitud la bocina y escuchó.
La voz del mensaje era áspera, casi metálica y difícil de comprender, haciéndolo aún más complicado un golpeteo al fondo.
—Te vi en TV hablando de tu hija—decía—. Quiero ayudar. Hay un almacén abandonado en Palms, cruzando la Estación de Generación Piedmont. Revísalo.
Eso era todo lo que había—solo una cavernosa voz masculina dando una vaga pista. Entonces, ¿por qué en las yemas de sus dedos había un hormigueo de adrenalina? ¿Por qué tenía problemas para tragar? ¿Por qué de súbito sus pensamientos eran destellos de imágenes de cómo se vería Evie en la actualidad?
Quizás era porque la llamada no se oía para nada en los detalles como la típica llamada falsa. No intentaba atraer la atención, lo que claramente había llamado la atención de Castillo. Y ese mismo elemento —su serena franqueza—era el aspecto que estaba haciendo correr gotas de sudor por la espalda de Keri.
Castillo permanecía a la expectativa.
—¿Cree que es legítima?—preguntó.
—Difícil decirlo—respondió Keri calmadamente, a pesar de su corazón acelerado, mientras ubicaba la estación de generación en Google Maps—. Revisaremos más tarde dónde se originó la llamada y haremos que los técnicos traten de limpiar el mensaje para ver qué más se puede averiguar de la voz y el sonido de fondo. Pero dudo que sean capaces de hallar gran cosa. Quienquiera que haya hecho esta llamada fue cuidadoso.
—Eso pensé yo también—convino Castillo—. No dio su nombre, y es obvio que intentó enmascarar la vozcon un sonido de distracción al fondo. Solo se sentía…distinto de los demás.
Keri escuchaba a medias mientras observaba el mapa de su pantalla. La estación de generación estaba localizada en National Boulevard, justo al sur de la Autopista 10. Al chequear la imagen de satélite, verificó que había un almacén cruzando la calle. Si estaba abandonado, eso no lo sabía.
Pero voy a averiguarlo.
Miró a Castillo y sintió una corriente de gratitud hacia ella —y también algo que no había sentido en mucho tiempo por un compañero oficial: admiración. La veía con buenos ojos, y se alegraba de que estuviera allí.
—Buen trabajo, Castillo—le dijo por fin a la joven oficial, que también estaba observando la pantalla—. Es tan bueno esto que creo que voy chequearlo.
—¿Necesita compañía?—preguntó Castillo esperanzada, mientras Keri se incorporaba y recogía sus cosas para dirigirse al almacén.
Pero antes de que pudiera responder, Hillman sacó su cabeza del despacho y con un grito que cruzó toda la estancia la llamó.
—Locke, te necesito en mi oficina ahora —le lanzó una mirada fulminante—. Tenemos un nuevo caso.
Keri se quedó paralizada donde estaba. La consumía un flujo de emociones encontradas. Técnicamente, esas eran buenas noticias. Parecía que la pondrían en el campo un día antes, una señal de que Hillman, a pesar de sus problemas con ella, la sentía lista para volver a asumir sus responsabilidades normales. Pero una parte de ella quería ignorarlo e ir directo en ese instante al almacén.
—Es para hoy, por favor—exclamó Hillman, sacándola en un tris de su momentánea indecisión.
—Voy, señor —dijo. Volteando entonces a Castillo con una media sonrisa, añadió—. Continuará.
Al poner un pie en la oficina de Hillman, notó que su típico ceño fruncido estaba más arrugado que nunca. Cada uno de sus cincuenta años era visible en su rostro. Su cabello entrecano estaba revuelto como siempre. Keri nunca podía asegurar si era que él no se daba cuenta o era que no le importaba. Tenía puesta una chaqueta, pero la corbata estaba floja y su camisa mal entallada no podía ocultar su pequeña panza.
Sentado en el viejo y maltrecho sofá en la pared opuesta, se hallaba el Detective Frank Brody. Brody tenía cincuenta años y estaba a seis meses de su retiro. Todo en su apariencia lo reflejaba, desde sus apenas competentes intentos para mostrar urbanidad,pasando por su camisa arrugada y manchada de ketchup, con los botones a punto de saltar gracias a su formidable barriga, a sus mocasines descosidos, que parecían a punto de deshacerse.
Brody nunca le había dado la impresión a Keri de que fuera el más dedicado y trabajador de los detectives, y últimamente parecía más interesado en su precioso Cadillac que en casos por resolver. Normalmente trabajaba en Robos y Homicidios pero había sido reasignado a la Unidad de Personas Desaparecidas, corta de personal debido a las lesiones de Keri y Ray.
El traslado le había sumido de manera permanente en un humor de perros, reforzado por el abierto desdén hacia la posibilidad de tener que trabajar con una mujer. En verdad era un hombre que pertenecía a otra generación. En realidad, ella una vez le había escuchado decir, “Prefiero trabajar con panelas de droga y mojones de mierda, que con chicas y viejas”. El sentimiento, aunque podía ser expresado en una forma ligeramente distinta, era mutuo.
Hillman ordenó a Keri que se sentara en una silla plegable de metal delante de su escritorio, activó entonces el altavoz del teléfono y habló.
—Dr. Burlingame, me encuentro aquí junto con dos detectives. Voy a enviarlos para que se reúnan con usted. Los detectives Frank Brody y Keri Locke están en línea. Detectives, estoy hablando con el Dr. Jeremy Burlingame. Él está preocupado por su esposa, con quien no ha tenido contacto por más de veinticuatro horas. Doctor, ¿puede por favor repetir lo que me dijo?
Keri sacó su bolígrafo y libreta para tomar notas. Entró de inmediato en sospechas. En todo caso de esposa desaparecida, el primer sospechoso era siempre el marido, y quería escuchar el timbre de su voz la primera vez que hablara.
—Por supuesto—dijo el doctor—. Conduje hasta San Diego ayer por la mañana para ayudar en una cirugía. La última vez que hablé con Kendra fue antes de irme. Anoche llegué a casa muy tarde y terminé durmiendo en el cuarto de huéspedes para no despertarla. Esta mañana seguí durmiendo porque no tenía pacientes que atender.
Keri no sabía si Hillman estaba grabando la conversación así que garrapateaba furiosamente, tratando de no perderse de nada mientras el Dr. Burlingame continuaba.
—Cuando fui al dormitorio, ella se había ido. La cama estaba hecha. Supuse que había salido de casa poco antes de yo levantarme, así que le envié un mensaje de texto. No tuve respuesta—lo que tampoco era inusual. Vivimos en Beverly Hills y mi esposa asiste a muchos actos y eventos de caridad, por lo que suele silenciar su teléfono cuando está en ellos. A veces olvida subirle el volumen de nuevo.
Keri apuntó todo, evaluando la veracidad de cada comentario. Hasta ahora nada de lo que había escuchado había hecho sonar las alarmas, pero eso no quería decir nada. Cualquiera parecía de una pieza estando al teléfono. Ella quería ver su comportamiento cuando fuese confrontado en persona por detectives del Departamento de Policía de Los Ángeles.
—Me fui a trabajar y ya de camino la llamé de nuevo—seguía sin responder—continuó—. Sería la hora de almorzar cuando ya comencé a sentirme algo preocupado. Ninguno de sus amigos sabía nada de ella. Llamé a nuestra mucama, Lupe, quien dijo que no había visto a Kendra ni ayer ni hoy. Ahí fue cuando empecé a preocuparme de verdad. Así que llamé al nueve-uno-uno.
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