Irrien se giró hacia él. Ahora sostenía al hijo de Estefanía en brazos, meciéndolo de un modo que, sorprendentemente, era de un cuidado preciso.
—¿Quién eres? —exigió Irrien—. Dímelo para que pueda escribirlo en tu lápida.
El hombre no alzó la vista para mirarlo.
—Tiene los ojos de su madre, ¿no cree? Con los padres que tiene, seguro que será fuerte y hermoso. Yo lo entrenaré, claro. Será un asesino muy hábil.
Irrien hizo un ruido de furia, dentro de su garganta.
—¿Quién eres? ¿Qué eres?
Entonces el hombre alzó la vista para mirarlo y, esta vez, sus ojos parecían nadar en las profundidades del fuego y el calor.
—Los hay que me llaman Daskalos —dijo—. Pero los hay que me llaman muchas otras cosas. Hechicero, por supuesto. Asesino de los Antiguos. Tejedor de sombras. Ahora mismo, soy un hombre que viene en busca de su deuda. Permíteme que lo haga y me iré tranquilamente.
—La madre de este niño es mi esclava —dijo Irrien—. No es ella la que debe dar el niño.
Entonces escuchó cómo el hombre se reía.
—Esto te importa mucho, ¿verdad? —dijo Daskalos—. Debes ganar, porque debes ser el más fuerte. Quizás esta puede ser mi lección para ti, Irrien: siempre hay alguien más fuerte.
Irrien ya había soportado lo suficiente a este estúpido, fuera o no hechicero. Había conocido a hombres y mujeres que afirmaban dominar la magia antes. Incluso algunos habían podido hacer cosas que Irrien no podía explicar. Nada de esto había conseguido superarlo. Cuando te enfrentas a la magia, lo mejor que puedes hacer es golpear primero y golpear fuerte.
Se lanzó hacia delante, el cuchillo que llevaba en la mano proyectado hacia el pecho del hombre. Daskalos lo miró y se apartó con tanta calma como si Irrien simplemente le hubiera rozado por encima la túnica.
—Lady Estefanía intentó algo parecido cuando le propuse llevarme a su hijo —dijo Daskalos, con un toque de diversión—. Te diré lo que le dije a ella: habrá un precio por atacarme. Tal vez incluso haré que el chico lo ejecute.
Irrien se lanzó de nuevo, esta vez hacia el cuello del hombre para callarlo. Tropezó más allá del altar, casi perdiendo el equilibrio. El hechicero ya no estaba allí. Irrien parpadeó, mirando a su alrededor. No había ni rastro de él.
—¡No! —vociferó Irrien—. Te mataré por esto. ¡Te atraparé!
—¿Primera Piedra? —dijo uno de los sacerdotes—. ¿Está todo bien?
Irrien le golpeó sin pensarlo, dejándolo tumbado. Escuchó cómo los demás daban un grito ahogado. Al parecer, ya estaban libres del hechizo que el hechicero había usado para controlarlos.
—Lord Irrien —dijo el sacerdote superior—. Debo protestar. Golpear a un sacerdote es invitar la ira de los dioses.
—¿La ira de los dioses? —repitió Irrien. Se puso totalmente erguido, pero al parecer el viejo idiota estaba demasiado atrapado en su arrogancia para darse cuenta.
—No haga burla, Primera Piedra —dijo el hombre—. ¿Y dónde está el sacrificio?
—Ha desaparecido —dijo Irrien. Por el rabillo del ojo, vio que algunos de los que estaban allí estaban inquietos. Por lo menos, ellos parecían reconocer la peligrosa naturaleza de su ira.
El sacerdote parecía demasiado obsesionado como para darse cuenta.
—A los dioses se les debe agradecer esta victoria, o existe el peligro de que no le concedan otras. Puede que sea el más poderosos de los hombres, pero los dioses…
Irrien se acercó al hombre mientras lo apuñalaba. El hechicero había hecho que pareciera débil. No podía permitir que el sacerdote hiciera lo mismo. Irrien dobló al hombre hacia atrás hasta tumbarlo sobre el altar, casi en el mismo lugar donde había estado Estefanía.
—Tengo esta victoria porque yo la conseguí —dijo Irrien—. ¿Alguno de vosotros piensa que es más fuerte que yo? ¿Pensáis que vuestros dioses os darán la fuerza para tomar lo que es mío? ¿Lo creéis de verdad?
Miró a su alrededor, retándolos en silencio, mirándolos a los ojos y fijándose en quién apartaba la vista, con qué rapidez y lo asustados que parecían al hacerlo. Eligió a otro de los sacerdotes, más joven que el muerto.
—Tú, ¿cómo te llamas?
—Antilión, Primera Piedra —Irrien podía oír el miedo. Bien. Un hombre debe ver quién le puede quitar la vida.
—Ahora tú eres el sacerdote superior de Delos. Responderás ante mí. ¿Comprendes?
El joven hizo una reverencia.
—Sí, Primera Piedra. ¿Tiene alguna orden?
Irrien miró a su alrededor, intentando controlar su mal genio. Un destello del mismo podía aterrorizar a los que debían ser intimidados, pero el mal genio que no se controlaba era una flaqueza. Fomentaba la discrepancia y envalentonaba a los que lo confundían con estupidez.
—Limpiad esto, como hicisteis con el primer sacrificio —respondió Irrien, señalando hacia el sacerdote muerto—. Más tarde, me serviréis en los aposentos reales de este lugar.
Fue hacia las esclavas que estaban arrodilladas y escogió a dos de las antiguas doncellas de Estefanía. Tenían mucho de la belleza de su ahora desaparecida ama, pero con un nivel de miedo mucho más idóneo. Tiró de ellas hasta ponerlas de pie.
—Más tarde —dijo Irrien. Por impulso, empujó a una de ellas en dirección al sacerdote—. Que no se diga que no respeto a los dioses. Aunque no recibiré órdenes. Llevaos a esta y sacrificadla. ¿Estarán satisfechos con esto?
El sacerdote hizo otra reverencia.
—Lo que a usted le satisfaga, Primera Piedra, satisfará a los dioses.
Aquella era una buena respuesta. Casi era suficiente para calmar el humor de Irrien. Cogió a la otra mujer por el antebrazo. Esta parecía atónita dentro del silencio al darse cuenta, evidentemente, de lo cerca que había estado de la muerte.
La otra empezó a chillar mientras la arrastraban hacia el altar.
A Irrien no le importaba. En particular, tampoco le importaba ni la esclava que arrastraba tras él cuando salió de la habitación. Los débiles no importaban. Lo que importaba es que un hechicero estaba involucrado en sus asuntos. Irrien no sabía lo que significaba esto, y le fastidiaba no poder ver las intenciones de Daskalos.
Le costó casi todo el camino hasta los aposentos reales convencerse a sí mismo de que no tenía importancia. ¿Quién podía comprender la manera de hacer de los que se aventuraban en la magia? Lo que importaba es que Irrien tenía sus propios planes para el Imperio y que, por ahora, esos planes avanzaban exactamente como él quería.
Lo que venía a continuación sería incluso mejor, aunque había una nota amarga en ello. ¿Qué quería del chico este hechicero? ¿Qué había querido decir con lo de convertirlo en un arma? De algún modo, Irrien se estremecía con tan solo pensarlo e Irrien odiaba eso. Aseguraba no temer a ningún hombre, pero a este Daskalos…
Lo temía enormemente.
Thanos sabía que debería haber estado observando el horizonte, pero ahora mismo lo único que podía hacer era observar a Ceres con una mezcla de orgullo, amor y asombro. Estaba en la proa de su pequeña barca, tocando el agua con la mano mientras se dirigían hacia mar abierto desde el puerto. A su alrededor, el aire continuaba resplandeciendo, la neblina que marcaba su invisibilidad parecía distorsionar la luz que la atravesaba.
Thanos sabía que un día se casaría con ella.
—Creo que ya es suficiente —le dijo Thanos en voz baja. Podía ver el esfuerzo en su cara. Era evidente que el poder le estaba pasando factura.
—Solo… un poco… más lejos.
Thanos puso una mano encima de su hombro. Escuchó que Jeva suspiraba en algún lugar detrás de él, como si la mujer del Pueblo del Hueso esperara que el poder lo arrojara hacia atrás. Pero Thanos sabía que Ceres nunca le haría eso.
Читать дальше