Qué ingenua y estúpida había sido.
Sofía también parecía ver la magnitud de a lo que se enfrentaban. Apartó la vista con un gesto melancólico en la cara.
—Si pudieras hacer cualquier cosa —preguntó Sofía— si pudieras ir a cualquier sitio, ¿a dónde irías?
Catalina no había pensado en ello en esos términos.
—No lo sé —dijo—. Quiero decir, nunca pensé en más allá que pasar el día.
Sofía se quedó en silencio durante un buen rato. Catalina podía sentir que estaba pensando.
Finalmente, Sofía habló.
—Si intentamos hacer cualquier cosa normal, van a haber tantos obstáculos como si apuntamos a las cosas más grandes del mundo. Tal vez incluso más, pues la gente espera de nosotros que nos conformemos con menos. Así qué, ¿qué quieres, más que cualquier otra cosa?
Catalina pensó en ello.
—Quiero encontrar a nuestros padres —dijo Catalina, dándose cuenta de lo que había dicho mientras hablaba.
Sintió la ráfaga de dolor que recorrió a Sofía tras aquellas palabras.
—Nuestros padres están muertos —dijo Sofía. Parecía tan segura que Catalina deseaba preguntarle de nuevo qué había sucedido todos aquellos años atrás—. Lo siento, Catalina. No me refería a eso.
Catalina suspiró amargamente.
—Quiero que nadie vuelva a controlar lo que hago —dijo Catalina, escogiendo aquello que quería casi tanto como el regreso de sus padres—. Quiero ser libre, realmente libre.
—Yo también quiero eso —dijo Sofía—. Pero hay muy poca gente realmente libre en esta ciudad. En realidad, los únicos están…
Miró hacia el otro lado de la ciudad y, siguiéndole la mirada, Catalina vio que estaba mirando hacia el palacio, con su mármol reluciente y sus adornos dorados.
Catalina podía sentir lo que estaba pensando.
—No creo que ser una sirvienta en palacio te hiciera libre —dijo Catalina.
—No estaba pensando en ser una sirvienta —dijo bruscamente Sofía—. Y si… ¿y si simplemente pudiéramos entrar allí y ser uno de ellos? ¿Y si pudiéramos convencerlos de que lo éramos? ¿Y si pudiéramos casarnos con un hombre rico, tener contactos en la corte?
Catalina no rió, pero solo porque vio lo en serio que su hermana se tomaba aquella idea. Si pudiera tener cualquier cosa en el mundo, lo último que querría Catalina sería entrar en palacio y convertirse en una gran dama, para casarse con un hombre que le dijera lo que tenía que hacer.
—No quiero que mi libertad dependa de nadie más —dijo Catalina—. El mundo nos ha enseñado una cosa y solo una cosa: tenemos que depender de nosotras mismas. Solo de nosotras mismas. De ese modo, podemos controlar todo lo que nos suceda. Y no tenemos que confiar en nadie. Tenemos que aprender a cuidar de nosotras. A mantenernos. A vivir de la tierra. A aprender a cazar. A cultivar. Cualquier cosa en la que no tengamos que confiar en nadie más. Y tenemos que reunir grandes armas y convertirnos en grandes luchadoras, así si alguien viene a llevarse lo que es nuestro, podemos matarlo.
Y, de repente, Catalina se dio cuenta.
—Debemos marchar de esta ciudad —instó a su hermana—. Está llena de peligros para nosotras. Tenemos que vivir lejos de la ciudad, en el campo, donde vive poca gente y donde nadie podrá hacernos daño.
Cuanto más hablaba sobre ello, más se daba cuenta de que era lo correcto. Era su sueño. Ahora mismo, Catalina no quería otra cosa más que correr hacia las puertas de la ciudad, salir a los espacios que había detrás.
—Y cuando aprendamos a luchar —añadió Catalina—, cuando seamos más grandes y más fuertes y tengamos las mejores espadas, ballestas y puñales, volveremos aquí y mataremos a todos los que nos hicieron daño en el orfanato.
Sintió las manos de Sofía sobre su hombro.
—No puedes hablar así, Catalina. No puedes hablar de matar a gente como si no fuera nada.
—No es nada —soltó Catalina—. Es justo lo que merecen.
Sofía negó con la cabeza.
—Eso es primitivo —dijo Sofía—. Existen mejores maneras de sobrevivir. Y mejores maneras de vengarse. Además, yo no quiero simplemente sobrevivir, como un campesino en el bosque. ¿Cuál es el sentido de la vida entonces? Yo lo que quiero es vivir.
Catalina no estaba segura de ello, pero no dijo nada.
Continuaron caminando en silencio un poco más y Catalina imaginó que Sofía estaba tan atrapada en su sueño como lo estaba ella. Caminaban por calles llenas de personas que parecían saber lo que estaban haciendo con sus vidas, que parecían estar llenas de propósito y, para Catalina, era injusto que fuera tan sencillo para ellas. Aunque por otro lado, tal vez no lo era. Tal vez, tenían tan poca elección como ella y Sofía hubieran tenido si se hubiesen quedado en el orfanato.
Más adelante, la ciudad se extendía detrás de unas puertas que probablemente habían estado allí durante centenares de años. Ahora el espacio que había más allá estaba lleno de casas, oprimidas contra los muros de una forma que, probablemente, las hacía inútiles. Sin embargo, más allá había un amplio espacio abierto donde varios granjeros estaban llevando su ganado de camino al matadero, ovejas y gansos, patos e incluso unas cuantas vacas. También había carros con bienes, esperando a llegar a la ciudad.
Y más allá de eso, el horizonte estaba lleno de bosques. Bosques a los que Catalina ansiaba escapar.
Catalina vio el carruaje antes de que lo hiciera Sofía. Se abría camino a través de los carros que esperaban, sus ocupantes evidentemente daban por sentado que ellos tenían el derecho formal de ser los primeros en entrar a la ciudad. Tal vez era así. El carruaje estaba cubierto de oro y grabado, con un escudo familiar en el lateral que probablemente hubiera entendido si las monjas hubiesen pensado que valía la pena enseñar estas cosas. Las cortinas de seda estaban cerradas, pero Catalina vio que una se abría de una sacudida, dejando al descubierto a una mujer que miraba hacia fuera desde dentro bajo una elaborada máscara de cabeza de pájaro.
Catalina sentía que estaba llena de envidia y aversión. ¿Cómo podían vivir tan bien unos cuantos?
—Míralos —dijo Catalina—. Probablemente van camino de un baile o una mascarada. Seguramente, nunca en su vida han tenido que preocuparse por tener hambre.
—No, no lo han hecho —le dio la razón Sofía. Pero parecía pensativa, incluso llena de admiración.
Entonces Catalina se dio cuenta de lo que estaba pensando su hermana. Se dirigió a ella, horrorizada.
—No podemos seguirlos —dijo Catalina.
—¿Por qué no? —replicó su hermana—. ¿Por qué no intentar conseguir lo que queremos?
Catalina no tenía una respuesta para ella. No quería decirle a Sofía que no funcionaría. No podía funcionar. Que así no era como estaba montado el mundo. Tan solo con echarles una mirada, sabrían que eran huérfanas, sabrían que eran campesinas. ¿Cómo podían ni incluso tener esperanzas de integrarse en un mundo como ese?
Sofía era la hermana mayor; se suponía que ya sabía todo esto.
Además, en aquel instante, la mirada de Catalina se posó en algo que era igual de tentador para ella. Había unos hombres formando cerca del lateral de la plaza, que vestían los colores de una de las compañías mercenarias a las que les gustaba aventurarse en las guerras del otro lado del mar. Tenían armas, dispuestas en carretas, y caballos. Incluso unos cuantos estaban librando un torneo de esgrima improvisado con espadas de acero desafiladas.
Catalina observó las armas, y vio lo que necesitaba: montones de acero. Puñales, espadas, ballestas, trampas para cazar. Incluso con unas cuantas de estas cosas, podía aprender a cazar con trampas y a vivir de la tierra.
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