2
Nunca saldría de aquella mierda, quien nacía en aquel barrio estaba fregado para siempre, era el destino, como nacer con tres ojos, lo único que te espera es la admiración cruel de los mezquinos. A él le sucedería lo mismo, podía llegar a ser el mejor taxista, un excelente lampista o el ingeniero técnico mercantil de la calle, al que todos llevarían la instancia para pedir la pensión de viudedad, orfandad o de mutilación de guerra, pero de ahí no se podía pasar.
La Barcelona de los 50 en aquel barrio era triste, gris y miserable. Como en todos los demás barrios, pero en aquel ningún edificio suntuoso o plaza ajardinada lo trataba de disimular. Estaban rodeados de la porquería de las industrias textiles y del metal, y aislados de la Barcelona imaginaria por las vías del ferrocarril, por el mar inalcanzable y por los campos marginales del suburbio en el que la ciudad dejaba de serlo. Un barrio de obreros, rojos, o susceptibles de serlo, que no merecían la más mínima atención de las autoridades, salvo para controlar sus posibles desmanes. Inexistentes por otra parte, salvo alguna reyerta de borrachos en alguna fiesta del barrio. El miedo estaba instalado en todas las casas, te lo servían con el escaso desayuno, con los escasos garbanzos en potajes de los almuerzos y con las escasas sobras que llegaban a la cena. Y lo que es mucho peor, estaba presente en las conversaciones y sobre todo en los silencios. En las almas de los derrotados y en las de los que no lo eran, sólo por no haber huido o por haber adjurado a tiempo, estos ya llevaban el miedo desde mucho antes. En definitiva, todos habían sido derrotados o por la guerra o por la vida. Era un barrio de mierda en el que nadie vislumbraba un futuro y a pesar de todo, ellos seguían luchando por salir del pozo, por alimentar a sus hijos y por darles una educación y un oficio para ganarse el pan.
Como todos los chavales de su barrio, Martí era un niño de la calle. No eran niños sin hogar, pero vivían literalmente en la calle y sólo volvían a sus casas, para comer o dormir, cuando sus madres los llamaban a grandes voces desde los balcones. Con la excepción del vecino del segundo piso de la vivienda adyacente a la suya, al que sólo veían, junto a sus padres, los domingos cuando iba a misa, vestido con ropa buena, mirando a los otros niños con envidia, mientras estos jugaban embarrados hasta las orejas. Al pobre se le veía sufrir, repeinado e impoluto, por no poder apuntase a aquellos juegos salvajes. Se decía que era un niño enfermizo, aunque la versión más extendida era que sus padres no le dejaban salir, por tratarse de personas de alto nivel venidas a menos, debido a los avatares de la guerra. Muchos años después, Martí lo llegó a conocer muy bien, cuando ambos compartieron aventuras batiéndose contra el franquismo en una célula política. Serían grandes amigos y sólo el forzado exilio de Albert los separaría para siempre. Aunque se hubieran mirado muchas veces con envidia o con desprecio, en realidad no se conocieron hasta llegar a la Facultad de Económicas. Albert estaba predestinado, según el mismo declararía –o médico, o economista– sus padres no hubieran aceptado otra cosa sin considerarlo un fracaso a sus cuidados infantiles y a sus estudios en el Liceo Francés. En cambio, para Martí, estudiar había sido como darse una larga ducha, quitarse la roña y la miseria que llevaba en la piel desde niño, abandonar los andrajos y el olor a humo grasiento que impregnaba todo en el barrio. Pero aquello sucedería muchos años después, aunque quizás aquel domingo había sido determinante para que aquel chaval de cabeza rapada y cara sucia, con sus pantalones cortos y sus rodillas peladas, entendiera que alguna cosa en su interior, como una mala semilla que hubiera empezado a germinar, lo iba a convertir en un inconformista que ya nunca aceptaría que su vida estaba predestinada.
Aquella tarde, mientras ellos jugaban al balón en medio de la calle, una vecina salió al balcón dando gritos. Giraba su cara hacía el interior de la casa insultando a un fantasma invisible y tras maldecir a Dios, se lanzó al vacío, quedando aplastada su cara sobre la acera en medio de un charco de sangre. Todos los niños quedaron hipnotizados por la escena, hasta que una vecina benévola sacó una sábana vieja para cubrirla e invitó a los niños a seguirla hasta el bar, donde compró un par de gaseosas para distraerlos, mientras bebían el refresco, a la espera de que los servicios municipales retiraran el cadáver. Poco después supieron que la muerta era la vecina del tercero, la señora Teresina, una pobre mujer dulce y atenta, con un marido alcohólico que la maltrataba, mientras ella, para poder sacar adelante a su hijo y pagar el alquiler, tenía que fregar suelos.
Aquella mañana el pobre niño, al que Martí y sus compañeros de la calle cuidaban cuando ella tenía que ir al trabajo, había muerto aquejado de una repentina meningitis y el marido, más borracho que nunca, le echaba a ella las culpas.
Para la mente de un niño, nada de aquello tenía sentido, pero Martí había llorado toda la noche, repitiéndose que aquellas muertes habían sido provocadas por la miseria, la pobreza y la suciedad que todo lo cubría y que la pobre mujer, no merecía aquella suerte, que la vida no debía haberse ensañado con ella tan cruelmente. Él, desde luego, abandonaría aquella mierda de barrio y sus miserias. Aunque en aquel momento sólo la rabia le pudiera ayudar, algún día llegaría a ser una persona importante y volvería a aquel barrio miserable para cambiarlo todo.
3
A lo lejos tras un revuelo del camino, cuando la senda descendía hacía su vieja masía, la sombra de un roble centenario oscurecía la figura de un hombre corpulento de estatura media, al que de entrada no pudo reconocer. La figura le daba la espalda, parecía estar analizando la consistencia de los vetustos muros.
El hombre no intuyó la presencia de Martí y siguió abstraído en su observación. El edificio, aunque en parte, había sido remozado, en general conservaba la estructura de su arquitectura original.
Aquel interés por las piedras le hizo presentir que aquel hombre que las estudiaba con tanta atención, bien pudiera ser Roberto, arquitecto de cierto prestigio que, en un pasado ya muy lejano, más en los sedimentos de la mente que en el tiempo cronológico, había sido su amigo del alma. Aunque su corazón latía intensamente ante el inesperado encuentro, quizás el hecho mismo de remover su pasado al que tanto esfuerzo le había costado dejar atrás, lo hizo ponerse a la defensiva, no tanto por temor del propio Roberto o de las noticias que este pudiera traerle, como por su propia inseguridad en rechazar la vida que Roberto representaba, la ciudad, el confort, la vida fácil gracias a una economía de ejecutivo, las mujeres (las mujeres de su vida y aquellas otras que lo habían rodeado en la búsqueda del placer y de la comprensión encontrada en los momentos difíciles) y en definitiva, todo aquello que un día enterró, harto del vértigo de una vida a la que había dejado de encontrar un significado, ni la motivación suficiente para seguir levantándose cada día para ir al trabajo, ni una meta a la que dirigir los esfuerzos por vivir. Un problema que muchos resuelven con el suicidio, buscando un refugio en la religión o en alguna opción política capaz de enfrentarlos a toda la sociedad, pero en su caso, quizás todavía imbuido por aquel romanticismo de los años 60, resolvió en un huida hacía lo natural, hacía la comunión con la tierra y el espacio, en la búsqueda de la esencia del hombre con mayúsculas, pero, como ya sabía desde un buen principio, no resulta fácil, más habiendo nacido en un medio urbano en el que lo más cercano a la tierra eran los alcorques de los árboles y cuyos frutos sólo los hubiera sabido conseguir en un colmado. Ahora que empezaba a dominar aquel medio, aunque no hubiera conseguido superar nunca la nostalgia, ésta se materializaba ante él, como un fantasma que hubiera estado rondando durante años frente a su puerta.
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