Un martillo.
Le golpeó la frente lo suficientemente fuerte como para hacer un sonido que, para Bryce, sonaba como algo que podría salir de una caricatura. Pero el dolor que siguió no fue divertido ni cómico en absoluto. Parpadeó, absolutamente aturdido. Dio un solo paso hacia atrás, mientras cada nervio de su cuerpo trataba de recordarle que había una caída de cuatrocientos pies detrás de él.
Pero sus nervios estaban ralentizados, el ataque contundente en su frente le había producido un dolor cegador en el cráneo y tenía una sensación de adormecimiento en la espalda.
Bryce se dobló, cayendo de rodillas. Y ahí fue cuando el hombre extendió la mano con el pie y le dio una patada a Bryce directamente en el centro del pecho.
Bryce apenas sintió el impacto. Su cabeza ardía como el fuego. Pero la patada le hizo retroceder, y su costado golpeó el suelo con suficiente fuerza como para hacer que rebotara todavía más.
Sintió que la gravedad se apoderó de él de inmediato, pero estaba confundido en cuanto a que era, exactamente, lo que había sucedido.
Su corazón se aceleró y su mente llena de dolor entró en modo de pánico. Trató de respirar mientras sus músculos tiraban de él, agitándose en busca de cualquier tipo de asidero.
Pero allí no había nada. Sólo estaba el aire libre, el viento creado por su descenso pasando junto a sus oídos y, segundos después, la explosión más breve de dolor cuando golpeó la tierra de la planicie. En la única respiración que le quedaba dentro, vio el tinte rojo sobre el lateral de la pared que acababa de escalar, con su última puesta de sol escoltándole hacia el olvido.
Lo que al principio se había sentido como un paraíso, enseguida comenzó a parecerle una especie de prisión. Aunque todavía amaba a su hijo más de lo que podía explicar, Mackenzie se estaba volviendo loca. El paseo ocasional alrededor de la manzana ya no le resultaba suficiente. Cuando el médico le dio el visto bueno para que hiciera ejercicio ligero y empezara a acelerar el ritmo dentro de casa, al instante pensó en hacer footing o incluso en hacer pesas ligeras. Estaba baja de forma, quizás más de lo que había estado en más de cinco años, y los abdominales de los que a menudo se enorgullecía estaban enterrados bajo el tejido de la cicatriz y una capa de grasa con la que no estaba familiarizada.
En uno de sus momentos más débiles, comenzó a llorar incontrolablemente una noche al salir de la ducha. Como siempre marido obediente y cariñoso, Ellington había venido corriendo al baño para encontrarla apoyada sobre el lavabo.
“Mac, ¿qué pasa? ¿Estás bien?”.
“No. Estoy llorando. No estoy bien. Y estoy llorando por una completa estupidez”.
“¿Como qué?”.
“Como por el cuerpo que acabo de ver en el espejo”.
“Ah, Mac....mira, ¿recuerdas cuando hace unas semanas me dijiste que habías leído que te pondrías a llorar por cosas sin sentido? Bueno, creo que esta es una de ellas”.
“Esa cicatriz de la cesárea estará ahí el resto de mi vida. Y el peso... no va a ser fácil quitárselo”.
“¿Y por qué te molesta esto?”, preguntó. No estaba tomando el enfoque del amor duro, pero tampoco la estaba mimando. Era un duro recordatorio de lo bien que la conocía.
“No debería. Y honestamente, creo que el llanto se debe a otra cosa... solo necesité un vistazo a mi cuerpo para sacarlo todo a flote”.
“No hay nada de malo con tu cuerpo”.
“Tienes que decir eso”.
“No, no tengo que hacerlo”.
“¿Cómo puedes mirar esto y quererlo?”, preguntó.
Él le sonrió. “Es bastante fácil. Y mira... sé que el doctor te autorizó para hacer ejercicio ligero. Así que, ya sabes... si me dejas hacer todo el trabajo...”.
Con eso, volvió a echar una mirada coqueta a través de la puerta del baño y hacia el dormitorio.
“¿Qué hay de Kevin?”.
“Tomando su siesta de la tarde”, dijo. “Aunque probablemente se despertará en un minuto o dos. Lo que pasa es que ya han pasado poco más de tres meses. Así que no espero que nada de lo que pase allí lleve mucho tiempo”.
“Eres un idiota”.
Ellington le respondió con un beso que no solo la calmó, sino que también borró instantáneamente la manera en que se había estado sintiendo consigo misma. La besó profunda y lentamente y Mackenzie pudo sentir los tres meses que llevaba guardados dentro de él. La llevó suavemente al dormitorio y, como él mismo había sugerido, hizo todo el trabajo con cariño y habilidad.
Kevin se despertó a la hora perfecta, tres minutos después de que terminaran. Cuando entraron juntos a su habitación, Mackenzie le pellizcó el trasero. “Creo que eso fue algo más que simple ejercicio ligero”.
“¿Te sientes bien?”.
“Me siento de maravilla”, dijo. “Tan de maravilla que creo que podría probar el gimnasio esta noche. ¿Crees que puedes vigilar al hombrecito mientras yo salgo un rato?”.
“Por supuesto. Pero no te pases”.
Y eso fue todo lo que fue necesario para motivar a Mackenzie. Nunca había hecho nada a medias. Eso incluía hacer ejercicio y, aparentemente, ser madre. Tal vez por eso, poco más de tres meses después de traer a Kevin a casa, se sentía culpable al salir por primera vez. Había ido antes al supermercado y al médico, pero era la primera vez que salía sabiendo que iba a estar lejos de su bebé durante más de una hora.
Llegó al gimnasio justo después de las ocho, así que la mayoría de la gente ya se había ido. Era el mismo gimnasio que había frecuentado al empezar en la oficina, antes de depender de las propias instalaciones del bureau. Le encantaba estar de vuelta aquí, en una cinta para correr como cualquier otra persona en la ciudad, luchando con las anticuadas bandas de resistencia y haciendo ejercicio solo para estar activa.
Sólo se las arregló durante media hora antes de que le empezara a doler el abdomen. También tenía un calambre severo en su pierna derecha que intentó ejercitar, pero sin éxito. Se tomó un descanso, probó la cinta de correr de nuevo, y decidió dejarlo para otro día.
Ni siquiera intentes ser dura contigo mismo, pensó, pero era la voz de Ellington en su cabeza. Has hecho otro ser humano dentro de ti y luego te han cortado para sacarlo. No vas a volver a meterte en esto como Superwoman. Dale algo de tiempo.
Había empezado a sudar, y eso era suficiente para ella. Volvió a casa, se duchó y amamantó a Kevin. Estaba tan contento que se quedó dormido mientras le chupaba la teta, algo que los médicos le habían desaconsejado. Sin embargo, ella lo permitió, manteniéndolo allí hasta que ella también se sintió cansada. Cuando lo puso a dormir, Ellington estaba en la mesa de la cocina, trabajando en algunos temas de investigación con el caso que tenía entre manos.
“¿Estás bien?”, le preguntó mientras pasaba por la sala de estar.
“Sí. Creo que me pasé en el gimnasio. Me duele un poco. Y cansada, también”.
“¿Necesitas que haga algo?”.
“No. ¿Quizás por la mañana me puedas ayudar con un poco de ejercicio ligero otra vez?”.
“Encantado de ayudarle, señora”, dijo con una sonrisa frente a la pantalla de su portátil.
Ella también estaba sonriendo cuando se fue a la cama. Su vida se sentía completa y tenía calambres dolorosos en las piernas, la sensación de que sus músculos empezaban a aprender para qué habían sido utilizados. Se quedó dormida en un minuto, totalmente agotada.
No tenía ni idea de que volvería a tener el sueño del enorme campo de maíz, de que su madre sostendría a su bebé.
Y, de la misma manera, no tenía ni idea de lo mucho que le afectaría esta vez.
***
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