—Pero yo creía que estaba bien, Elinor —dijo Marianne— dejarse guiar juiciosamente por la opinión de otras personas. Creía que se nos daba el juicio simplemente para subordinarlo al de nuestro prójimo. Estoy segura de que esta ha sido siempre tu doctrina. —No, Marianne, jamás. Mi doctrina nunca ha apuntado a la sujeción de la voluntad. La conducta es lo único sobre lo que he querido influir. No debes confundir el sentido de lo que digo. Me confieso culpable de haber deseado con frecuencia que trataras a nuestros conocidos en general con mayor amabilidad; pero, ¿cuándo te he aconsejado adoptar sus sentimientos o conformarte a su manera de juzgar las cosas en asuntos serios? —Entonces no ha podido incorporar a su hermana a su plan de amabilidad general —dijo Edward a Elinor—. ¿No ha conquistado ningún terreno? —Muy por el contrario —replicó Elinor, con una expresiva mirada a Marianne. —Mi pensamiento —respondió él— está en todo de acuerdo con el suyo; pero me temo que mis acciones concuerdan mucho más con las de su hermana. Nunca es mi deseo molestar, pero soy tan tontamente apocado que frecuentemente parezco desatento, cuando solo me retiene mi natural timidez. A menudo he pensado que, por naturaleza, debo haber estado destinado a gustar de la gente de baja condición, ¡pues me siento tan poco cómodo entre personas de buena cuna cuando no las conozco! —Marianne no puede escudarse en la timidez por la descortesía en que puede incurrir —dijo Elinor. —Ella sabe demasiado claramente su propio valer para falsas interpretaciones —repuso Edward—. La timidez es solo efecto de una sensación de inferioridad en uno u otro aspecto. Si yo pudiera convencerme de que mi modo de ser es perfectamente natural y elegante, no sería apocado. —Pero incluso así, sería reservado —dijo Marianne—, y eso es peor. Edward se la quedó mirando sin pestañear. —¿Reservado? ¿Soy reservado, Marianne? —Sí, mucho. —No te comprendo —replicó él, subiéndosele los colores—. ¡Reservado...! ¿Cómo, en qué sentido? ¿Qué debería haberles mencionado? ¿Qué es lo que crees? Elinor pareció asombrada ante una respuesta tan cargada de emoción, pero intentando quitarle hierro al asunto, le manifestó: —¿Es que acaso no conoce bastante a mi hermana para entender lo que dice? ¿No sabe acaso que ella llama reservado a todo aquel que no habla tan rápido como ella ni admira lo que ella admira, y con idéntico arrobamiento? Edward no contestó. Retornó a él ese aire grave y meditabundo que le era tan propio, y durante un rato se mantuvo allí sentado, silencioso y sombrío. Capítulo XVIII Elinor contempló con gran zozobra el ánimo deprimido de su amigo. La satisfacción que le ofrecía su visita era bastante parcial, puesto que la dicha que él mismo ofrecía parecía tan imperfecta. Estaba claro que era desgraciado, y ella habría deseado que fuera igualmente evidente que todavía la distinguía por el mismo afecto que alguna vez estaba segura de haberle inspirado; pero hasta el momento parecía muy dudoso que continuara prefiriéndola, y su actitud reservada hacia ella contradecía en un momento lo que una mirada más fresca había insinuado el minuto anterior. A la mañana siguiente las acompañó a ella y a Marianne en la mesa del desayuno antes de que las otras hubieran bajado; y Marianne, siempre ansiosa de animar, en lo que le era posible, la felicidad de ambos, pronto los dejó solos. Pero no iba todavía por la mitad de las escaleras cuando escuchó abrirse la puerta de la sala y, volviéndose, quedó perpleja al ver que también Edward salía. —Voy al pueblo a ver mis caballos —le dijo—, ya que todavía no estás lista para desayunar; volveré muy luego. Edward volvió con nueva admiración por la región que contemplaba; su paseo a la aldea había sido ocasión favorable para ver gran parte del valle; y la aldea misma, ubicada mucho más alto que la casa, ofrecía una visión general de todo el lugar que le había gustado grandemente. Este era un tema que aseguraba la atención de Marianne, y empezaba a describir su propia admiración por estos escenarios y a interrogarlo más en detalle sobre las cosas que lo habían impresionado de manera especial, cuando Edward la interrumpió diciendo: —No debes preguntar mucho, Marianne; recuerda, no sé nada de lo pintoresco, y te ofenderé con mi ignorancia y falta de gusto si entramos en detalles. ¡Llamaré empinadas a las colinas que debieran ser escarpadas! Superficies inusuales y groseras, a las que debieran ser caprichosas y ásperas; y de los objetos distantes diré que están fuera de la vista, cuando solo debieran ser difuminados a través del suave cristal de la densa atmósfera. Tienes que contentarte con el tipo de admiración que honradamente puedo ofrecer. La llamo una bellísima región: las colinas son empinadas, los bosques parecen llenos de magnífica madera, y el valle se ve confortable y acogedor, con ricos pastos y varias limpias casas de granjeros desparramados aquí y allá. Corresponde exactamente a mi idea de una agradable región campestre, porque une hermosura y utilidad... y también diría que es pintoresca, porque a ti te gusta; fácilmente puedo creer que está llena de roquerías y promontorios, musgo gris y zarzales, pero todo eso se pierde conmigo. No sé nada de pintoresquismo. —Me temo que hay demasiada verdad en eso —dijo Marianne—; pero, ¿por qué hacer alarde de ello? —Sospecho —dijo Elinor— que para evitar caer en un tipo de afectación, Edward cae aquí en otra. Como cree que tantas personas pretenden mucho mayor admiración por las bellezas de la naturaleza de la que de verdad sienten, y le desagradan tales pretensiones, afecta mayor indiferencia ante el paisaje y menos juicio de los que realmente posee. Es exquisito y quiere tener una afectación solo de él. —Es muy cierto —dijo Marianne— que la admiración por los paisajes naturales se ha convertido en un simple galimatías. Todos pretenden admirarse e intentan hacer descripciones con el gusto y la prestancia del primero que definió lo que era la belleza pintoresca. Detesto las ampulosidades de cualquier tipo, y en ocasiones he guardado para mí misma mis sentimientos porque no podía hallar otro lenguaje para describirlos que no fuera ese que ha sido gastado y manoseado hasta perder todo sentido y significado. —Estoy convencido —dijo Edward— de que frente a un bellísimo panorama sinceramente sientes todo el placer que dices sentir. Pero, a cambio, tu hermana debe permitirme no sentir más del que declaro. Me gusta una hermosa vista, pero no según los principios de lo pintoresco. No me gustan los árboles contraídos, retorcidos, marchitos. Mi admiración es mucho más grande cuando son altos, rectos y están floridos. No me gustan las cabañas en ruinas, destartaladas. No soy aficionado a las ortigas o a los cardos o a los brezales. Me da mucho más gusto una acogedora casa campesina que una atalaya; y un grupo de aldeanos sanos y felices me agrada mucho más que los mejores bandidos del mundo. Marianne miró a Edward con ojos llenos de asombro, y a su hermana con pena. Elinor se limitó a reír. Dejaron el tema, y Marianne se mantuvo en un pensativo silencio hasta que de repente un objeto capturó su atención. Estaba sentada junto a Edward, y cuando él tomó la taza de té que le ofrecía la señora Dashwood, su mano le pasó tan cerca que no pudo dejar de observar, muy visible en uno de sus dedos, un anillo que en el centro llevaba unos cabellos entretejidos. —Nunca vi que usaras un anillo antes, Edward —le dijo—. ¿Pertenecen a Fanny esos cabellos? Recuerdo que prometió darte algunos. Pero habría pensado que su pelo era más castaño. Marianne había manifestado sin mayor reflexión lo que sinceramente sentía; pero cuando vio cuánto había turbado a Edward, su propio enojo ante su falta de consideración fue mayor que la molestia que él sentía.
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