Él enrojeció claramente y, lanzando una rápida mirada a Elinor, replicó: —Sí, es cabello de mi hermana. El engaste siempre le da un color diferente, ya sabes. La mirada de Elinor se había cruzado con la de él, y también pareció aturdirse. De inmediato ella pensó, al igual que Marianne, que el cabello le pertenecía; la única diferencia entre ambas conclusiones era que lo que Marianne creía era un regalo dado voluntariamente por su hermana, para Elinor había sido obtenido quizá por medio de algún robo o alguna maniobra de la que ella no se había enterado. Sin embargo, no estaba de humor para considerarlo una afrenta, y mientras cambiaba de conversación pretendiendo así no haber notado lo ocurrido, en su fuero interno resolvió aprovechar de ahí en adelante toda oportunidad que se le presentara para mirar ese cabello y convencerse, más allá de toda sospecha, de que era del mismo color que el suyo. La turbación de Edward se alargó durante algún tiempo, y terminó llevándolo a un estado de abstracción todavía más pronunciado. Estuvo especialmente serio durante toda la mañana. Marianne se reprochaba de la forma más dura por lo que había dicho; pero se habría perdonado con mayor prontitud si hubiera sabido cuán poco había ofendido a su hermana. Antes de mediodía recibieron la visita de sir John y la señora Jennings, que habiendo sabido de la visita de un caballero a la cabaña, vinieron a cotillear de quién se trataba. Con la ayuda de su suegra, sir John no tardó en descubrir que el nombre de Ferrars comenzaba con F, y esto dejó abierta para el futuro una veta de chanzas contra la recta Elinor que únicamente porque acababa de conocer a Edward no explotaron enseguida. En el momento, tan solo las expresivas miradas que se cruzaron dieron una señal a Elinor de cuán lejos había llegado su sagacidad, a partir de las indicaciones de Margaret. Sir John jamás llegaba a casa de las Dashwood sin invitarlas ya fuera a cenar en la finca al día siguiente, o tomar té con ellos esa misma tarde. En la ocasión actual, para distracción de su huésped a cuyo deleite se sentía obligado a contribuir, quiso comprometerlos para ambos. —Tienen que tomar té con nosotros hoy día —les dijo—, porque estaremos completamente solos; y mañana sea como fuere deben cenar con nosotros, porque seremos un grupo bastante numeroso. La señora Jennings reforzó lo imperativo de la situación, argumentando: —¿Y cómo saben si no organizan un baile? Y eso sí la tentará a usted, señorita Marianne. —¡Un baile! —protestó Marianne—. ¡No puede ser! ¿Quién va a bailar? —¡Quién! Pues, ustedes, y los Carey y los Whitaker, con toda seguridad. ¡Cómo! ¿Acaso creía que nadie puede bailar porque una cierta persona a quien no nombraremos se ha marchado? —Con todo el corazón —exclamó sir John— desearía que Willoughby estuviera entre nosotros otra vez. Esto, y el rubor de Marianne, alentaron nuevas sospechas en Edward. —¿Y quién es Willoughby? —le preguntó en voz baja a la señorita Dashwood, a cuyo lado se encontraba. Elinor le contestó en pocas palabras. El semblante de Marianne era mucho más expresivo. Edward vio en él lo bastante para comprender no solo el significado de lo que los otros sugerían, sino también las expresiones de Marianne que antes lo habían confundido; y cuando sus visitantes se hubieron ido, enseguida se dirigió a ella y, en un susurro, le dijo: —He estado haciendo cábalas. ¿Te digo lo que me parece adivinar? —¿Qué quieres insinuar? —¿Te lo digo? —Desde luego. —Pues bien, adivino que el señor Willoughby practica la caza. Marianne se sintió sorprendida y turbada, pero no pudo dejar de sonreír ante tan tranquila sutileza y, tras un instante de silencio, le dijo: —¡Ay, Edward! ¿Cómo puedes...? Pero llegará el día, espero... Estoy segura de que te gustará. —No lo dudo —replicó él, con una cierta sorpresa ante la intensidad y calor de sus palabras; pues si no hubiera imaginado que se trataba de una broma hecha para diversión de todos sus conocidos, basada nada más que en un algo o una nada entre el señor Willoughby y ella, no se habría atrevido a mencionarlo. Capítulo XIX Edward permaneció una semana en la cabaña; la señora Dashwood lo urgió a que se quedara más tiempo, pero como si solo deseara mortificarse a sí mismo, pareció decidido a marchar cuando mejor lo estaba pasando entre sus amigos. Su estado de ánimo en los últimos dos o tres días, aunque todavía bastante inestable, había mejorado mucho; día a día parecía aficionarse más a la casa y a sus alrededores, nunca hablaba de irse sin acompañar de lamentos sus palabras, afirmaba que disponía de su tiempo por completo, incluso dudaba de hacia dónde se dirigiría cuando se marchara..., pero aun así debía irse. Nunca una semana había pasado tan rápido, apenas podía creer que ya se hubiera ido. Lo dijo una y otra vez; dijo también otras cosas, que indicaban el rumbo de sus sentimientos y se contradecían con sus acciones. Nada le complacía en Norland, detestaba la ciudad, pero o a Norland o a Londres debía ir. Valoraba por sobre todas las cosas la gentileza que había recibido de todas ellas y su mayor felicidad era estar en su compañía. Y todavía así debía dejarlas a fines de esa semana, a pesar de los deseos de ambas partes y sin ninguna restricción en su estancia. Elinor echaba la culpa a la madre de Edward de todo lo que había de extraño en su manera de actuar; y era una suerte para ella que él tuviera una madre cuyo carácter le fuera conocido de forma tan imperfecta como para servirle de excusa general frente a todo lo extravagante que pudiera haber en su hijo. Sin embargo, desilusionada y enojada como estaba, y a veces disgustada con la vacilante conducta del joven hacia ella, incluso así tenía la mejor disposición general para otorgar a sus acciones las mismas sinceras concesiones y generosas calificaciones que le habían sido arrancadas con algo más de dificultad por la señora Dashwood cuando se trataba de Willoughby. Su falta de ánimo, de franqueza y de coraje, era atribuida en general a su falta de libertad y a un mejor conocimiento de las disposiciones y planes de la señora Ferrars. La brevedad de su visita, la firmeza de su propósito de irse, se originaban en el mismo atropello a sus inclinaciones, en la misma inevitable necesidad de obedecer a su madre. La antigua y ya conocida lucha entre el deber y el deseo, los padres contra los hijos, era la causa de todo. A Elinor le habría alegrado saber cuándo iban a terminar estas trabas, cuándo iba a terminar esa oposición..., cuándo iba a cambiar la señora Ferrars, dejando a su hijo en libertad para ser feliz. Pero, de tan inútiles deseos estaba obligada a volver, para encontrar alivio, a la renovación de su confianza en el afecto de Edward; al recuerdo de todas las señales de interés que sus miradas o palabras habían dejado escapar mientras estaban en Barton; y, sobre todo, a esa lisonjeadora prueba de ello que él usaba sin tregua alrededor de su dedo. —Creo, Edward —manifestó la señora Dashwood mientras desayunaban la última mañana—, que serías más feliz si tuvieras una profesión que ocupara tu tiempo y les diera interés a tus planes y acciones. Ello podría no ser enteramente conveniente para tus amigos: no podrías entregarles tanto de tu tiempo. Pero —agregó con una sonrisa— te verías beneficiado en un aspecto al menos: sabrías adónde dirigirte cuando los dejas. —De verdad le aseguro —contestó él— que he pensado mucho en esta cuestión en el mismo sentido en que usted lo hace ahora. Ha sido, es y quizá siempre será una gran desgracia para mí no haber tenido ninguna ocupación a la cual obligatoriamente dedicarme, ninguna profesión que me dé empleo o me ofrezca algo en la línea de la libertad. Pero, por desgracia, mi propia capacidad de comportarme de manera gentil, y la gentileza de mis amigos, han hecho de mí lo que soy: un ser vago, incompetente.
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