Si descubrimos que se corresponden en su amor, todos mis temores ya no existirán. —¡Mira qué gran consuelo! Si los vieras ante el altar, dirías que se iban a casar. —¡Qué niña desagradable! Pero yo no necesito tales pruebas. Nada, a mi juicio, ha pasado que justifique las dudas; no ha habido intentos de mantener nada a escondidas; en todo ha habido igual claridad. No pueden caberte dudas acerca de los deseos de tu hermana. Entonces debe ser de Willoughby que sospechas. Pero, ¿por qué? ¿No es acaso un hombre honesto de magníficos sentimientos? ¿Ha mostrado alguna negligencia capaz de crear alarma? ¿Es capaz de engaño? —Espero que no, realmente creo que no —exclamó Elinor—. Quiero a Willoughby, de verdad lo quiero; y las sospechas sobre su integridad no pueden ser más dolorosas para usted que para mí. Lo he hecho sin querer, y no atizaré esa tendencia en mí. Me sobresaltó, es verdad, el cambio en su trato esa mañana; al hablar parecía una persona diferente a la que hemos tratado, y no respondió a la amabilidad que usted tuvo hacia él con ninguna muestra de afecto. Pero todo esto puede explicarse por estar tumbado por alguna situación como la que usted cree. Se acababa de separar de mi hermana, la había visto alejarse en la mayor de las pesadumbres; y si se sentía obligado, por temor a ofender a la señora Smith, a resistir la tentación de volver aquí luego, y aun así se percataba de que al declinar su invitación diciendo que se iba por algún tiempo parecería estar actuando de manera miserable y sospechosa hacia nuestra familia, bien puede haberse sentido avergonzado y perturbado. En tal caso, pienso que un reconocimiento simple y franco de sus dificultades lo habría honrado más y habría sido más coherente con su carácter en general. Pero no criticaré la conducta de nadie sobre bases tan débiles como una diferencia entre sus opiniones y las mías, o una desviación de lo que yo considero correcto y lógico. —Lo que expresas es perfecto. Es cierto que Willoughby no merece que sospechen de él. Aunque nosotras no lo hemos conocido durante mucho tiempo, no es un desconocido en esta parte del mundo; ¿y quién ha hablado en contra de él? Si hubiese estado en situación de actuar con independencia y casarse de inmediato, habría sido extraño que nos dejara sin decírmelo todo al momento; pero no es el caso. Es un compromiso iniciado, en algunos aspectos, bajo auspicios no favorables, porque la posibilidad de una boda parece estar lejos todavía; e incluso, según lo que se observa, puede que sea aconsejable mantener las cosas en secreto de momento. Se vieron interrumpidas por la entrada de Margaret, lo que dio libertad a Elinor para meditar sin trabas en los planteamientos de su madre, reconocer que muchos de ellos eran probables, y confiar en que todos fueran ciertos. No vieron a Marianne hasta la hora de la cena, cuando entró a la habitación y ocupó su lugar en la mesa sin rechistar. Tenía los ojos rojos e hinchados, y parecía que incluso en ese instante reprimía las lágrimas sin poder hacerlo. Evitó las miradas de las demás, no pudo comer ni charlar, y después de un rato, cuando su madre le oprimió silenciosamente la mano en un gesto de tierna compasión, el pequeño ápice de fortaleza que había mantenido hasta entonces se desmoronó, rompió a llorar y abandonó la estancia. Esta implacable tristeza siguió durante toda la tarde. Marianne era impotente frente a ella, porque carecía de toda voluntad de control sobre sí misma. La más pequeña mención de cualquier cosa relativa a Willoughby sobrepasaba enseguida en ella toda resistencia; y aunque su familia estaba angustiosamente atenta a su felicidad, si llegaban a hablar les era imposible evitar todos los temas que sus sentimientos ligaban al joven. Capítulo XVI Marianne no habría sabido cómo perdonarse si hubiera podido dormir aunque fuera un instante esa primera noche tras la partida de Willoughby. Habría sentido vergüenza de mirar a su familia a la cara la mañana siguiente si no se hubiera levantado de la cama más necesitada de tranquilidad que cuando se acostó. Pero los mismos sentimientos que hacían de la precaución algo indeseable, la liberaron de todo peligro de caer en ella. Estuvo despierta durante toda la noche y lloró gran parte de ella. Se levantó con dolor de cabeza, incapaz de articular palabra y sin deseos de tomar ningún alimento, atribulando en todo momento a su madre y hermanas y rechazando todas sus tentativas de alivio. ¡No iba ella a mostrar falta de sensibilidad! Una vez terminado el desayuno, salió sola y deambuló por la aldea de Allenham, entregándose a los recuerdos de pasada felicidad y llorando por el actual revés de su fortuna durante la mayor parte de la mañana. La tarde transcurrió en igual abandono a los sentimientos. Volvió a tocar cada una de las canciones que le gustaban y que solía hacer para Willoughby, cada aire en el que con más frecuencia se habían unido sus voces, y permaneció sentada ante el instrumento contemplando cada línea de música que él había copiado para ella, hasta que fue tan grande el pesar de su corazón que ya no podía alcanzarse depresión más grande; y día a día se esforzó en nutrir así su dolor. Pasaba horas completas al piano alternando cantos y llantos, con frecuencia con la voz totalmente ahogada por las lágrimas. También en los libros, al igual que en la música, cortejaba la desdicha que con toda certeza podía obtener de la confrontación entre el pasado y el presente. No leía nada sino lo que acostumbraban a leer juntos. Tan ardiente congoja de ninguna forma podía sostenerse para siempre; a los pocos días se sumió en una más tranquila tristeza; pero las ocupaciones a que se entregaba diariamente —sus caminatas solitarias y silenciosas meditaciones—, todavía provocaban ocasionales efluvios de dolor tan intensos como antes. No llegó ninguna carta de Willoughby, y no parecía que Marianne esperara ninguna. Su madre estaba sorprendida y Elinor nuevamente se fue poniendo nerviosa. Pero la señora Dashwood era capaz de encontrar explicaciones siempre que le eran necesarias, lo que sosegaba al menos su preocupación. —Recuerda, Elinor —le dijo—, cuán frecuentemente sir John se encarga de traer nuestro correo. Estuvimos de acuerdo en que el secreto puede ser necesario, y debemos pensar que no podríamos conducirlo si la correspondencia de Willoughby y Marianne pasara por las manos de sir John. Elinor no pudo negar la verdad de esta condición e intentó encontrar allí motivo adecuado para el silencio de los jóvenes. Pero había un método tan directo, tan sencillo y, en su opinión, tan elemental de seguir para conocer el auténtico estado de las cosas y eliminar de una vez todo el misterio, que no pudo evitar sugerírselo a su madre. —¿Por qué no le pregunta ya a Marianne —le dijo— si está o no está comprometida con Willoughby? Viniendo de usted, su madre, y una madre tan buena e indulgente, la pregunta no puede incomodar. Sería consecuencia natural de su ternura por ella. Ella solía ser toda sinceridad, y con usted de manera muy especial. —Por nada del mundo le formularía tal pregunta. Suponiendo posible que no estén comprometidos, ¡cuánta aflicción no le infligiría al interrogarla de este modo! En todo caso, mostraría una falta de consideración tan grande a sus sentimientos. Nunca podría merecer su confianza en adelante tras obligarla a confesar algo que por el momento no quiere que esté en conocimiento de nadie. Conozco el corazón de Marianne: sé que me quiere hasta la saciedad y que no seré la última en quien confíe sus asuntos, cuando las circunstancias así lo demanden. Jamás intentaría forzar las confidencias de nadie, menos todavía de una niña, porque un sentido del deber contrario a sus deseos le impediría negarse a ello. Elinor pensó que su generosidad era exagerada, considerando la juventud de su hermana, e insistió un poco, pero inútilmente; el sentido común, el recato común y la prudencia común, todos habían sido vencidos por la romántica delicadeza de la señora Dashwood.
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