Tan pronto salieron del comedor, Elinor le preguntó sobre lo sucedido; y su sorpresa fue grande al descubrir que cada una de las circunstancias que había relatado la señora Jennings era completamente verdadera. Marianne se mostró bastante furiosa con su hermana por haberlo puesto en duda. —¿Por qué habías de pensar, Elinor, que no fuimos allá o que no vimos la casa? ¿Acaso no es eso lo que frecuentemente has querido hacer tú misma? —Sí, Marianne, pero yo no iría mientras la señora Smith estuviera allí, y sin otra compañía que el señor Willoughby. —El señor Willoughby, sin embargo, es la única persona que puede tener derecho a mostrar esa casa; y como fue en un carruaje descubierto, era imposible tener otro acompañante. Nunca he pasado una mañana tan feliz en toda mi vida. —Temo —respondió Elinor— que lo feliz de una ocupación no es siempre prueba de su corrección. —Al contrario, nada puede ser una prueba más segura de ello, Elinor; pues si lo que hice hubiera sido de alguna manera incorrecto, lo habría estado sintiendo todo el tiempo, porque siempre sabemos cuando actuamos mal, y con tal convicción no podría haber sido feliz. —Pero, mi querida Marianne, como esto ya te ha expuesto a algunas observaciones bastante inoportunas, ¿no comienzas a poner en duda ahora la discreción de tu conducta? —Si las observaciones inoportunas de la señora Jennings van a ser prueba de la incorrección de una conducta, todos nos encontramos en falta en cada uno de los momentos de nuestra vida. No valoro sus censuras más de lo que valoraría sus elogios. No tengo conciencia de haber hecho nada malo al pasear por los jardines de la señora Smith o visitar su casa. Algún día serán del señor Willoughby, y... —Si un día fueran a ser tuyas, Marianne, eso no justificaría como has obrado. Marianne mudó de color ante esta insinuación, pero hasta se veía que era gratificante para ella; y tras un lapso de diez minutos de intensa meditación, se acercó nuevamente a su hermana y le dijo con bastante buen humor: —Probablemente, Elinor, fue imprudente de mi parte ir a Allenham; pero el señor Willoughby quería muy singularmente mostrarme el lugar; y es una casa preciosa, te lo aseguro. Hay una salita extremadamente bella arriba, de un tamaño muy agradable y cómodo, que puede ser usada a lo largo de todo el año, y con muebles modernos resultaría encantadora. Está situada en una esquina, con ventanas a ambos lados. Hacia un lado, a través de un campo plantado de césped donde se juega a los bolos, tras la casa, se abre un precioso bosque en pendiente; hacia el otro, divisas la iglesia y la aldea y, más allá, esas bellas colinas escarpadas que tantas veces hemos admirado. No vi esta salita en la mejor de las condiciones, porque nada podría estar más abandonado que ese mobiliario... pero si se lo arreglara con cosas nuevas... un par de cientos de libras, dice Willoughby, la transformarían en una de las salas de verano más agradables de toda Inglaterra. Si Elinor la hubiera podido escuchar sin interrupciones de los demás, le habría descrito cada habitación de la casa con el mismo calor. Capítulo XIV El rápido término de la visita del coronel Brandon a Barton Park, junto con su firmeza en ocultar las causas de tal determinación, ocuparon todas las tribulaciones de la señora Jennings durante dos o tres días, llevándola a imaginar las más diversas hipótesis. Tenía una extraordinaria capacidad de elaborar conjeturas, como debe tenerla todo aquel que se toma un interés tan vivo en las idas y venidas de cada uno de sus conocidos. Se preguntaba casi sin tregua cuál podría ser la razón de ello; estaba segura de que debían ser malas noticias, y pasó revista a todas las desgracias que podrían haber recaído sobre él, firmemente resuelta a que no se escabullera de ellas. —Estoy segura de que debe tratarse de algo muy dramático —afirmó—. Pude percibirlo en su cara. ¡Pobre hombre! Creo que se encuentra en una mala situación. Nunca se ha sabido que sus tierras en Delaford produzcan más de dos mil libras al año, y su hermano dejó todo desgraciadamente comprometido. En verdad creo que lo han llamado por asuntos de dinero, porque, ¿qué otra cosa puede ser? Me pregunto si es así. Daría lo que fuera por saber. Quizá se trate de la señorita Williams... y, a propósito, me atrevo a afirmar que sí, porque pareció afectarle mucho cuando se la recordé. Quizás ella se encuentre enferma en la ciudad; es bastante posible, porque tengo la idea de que es de constitución enfermiza. Apostaría lo que fuera a que se trata de la señorita Williams. No es muy probable que él esté en aprietos económicos ahora, porque es un hombre muy sensato y con toda seguridad a estas alturas debe haber saneado la situación de sus propiedades. ¡Me pregunto qué podrá ser! Quizá su hermana se haya agravado en Avignon, y lo ha enviado a buscar. Su apuro en partir parece concordar con ello. Bueno, le deseo sinceramente que salga de todos sus problemas, y con una buena esposa por añadidura. Así elucubraba la señora Jennings, así hablaba; sus opiniones cambiaban con cada nueva elucubración y todas le parecían igualmente probables en el instante en que nacían. Elinor, aunque sentía verdadero interés por el bienestar del coronel Brandon, no podía dedicar a su repentina partida todas las inquietudes que la señora Jennings exigía que sintiera; porque además de que, en su opinión, las circunstancias no llenaban tan persistentes disquisiciones o variedad de especulaciones, su perplejidad se dirigía a otro asunto. Estaba totalmente ocupada en dilucidar el extraordinario silencio de su hermana y de Willoughby respecto de aquello que debían saber que era de especial interés para todos. Como continuaba este silencio, cada día que pasaba lo hacía parecer más extraño e incompatible con el carácter de las dos. Por qué no reconocían abiertamente ante su madre y ella misma lo que, minuto a minuto, su conducta mutua declaraba haber tenido lugar, era algo que Elinor no podía pensar. Fácilmente podía entender que el matrimonio no fuera algo que Willoughby pudiera emprender enseguida; pues aunque era independiente, no había razón alguna para creerlo rico. Sir John había calculado sus haberes en alrededor de seiscientas o setecientas libras al año, pero estos ingresos difícilmente podían estar a la altura de la posición con que vivía, y él mismo frecuentemente se quejaba de pobreza. Así y todo, Elinor no podía explicarse esta extraña clase de secreto que ellos mantenían en relación con su compromiso, secreto que en la práctica no ocultaba nada; y era tan completamente contradictorio con todas sus opiniones y conductas, que a veces le surgía la duda de si en verdad estaban comprometidos, y esta duda bastaba para impedirle hacer pregunta alguna a Marianne. A los ojos de toda la familia, no había señal más clara del cariño que se tenían que el comportamiento de Willoughby. Distinguía a Marianne con todas las muestras de ternura que un corazón enamorado puede dar, y con las demás tenía las afectuosas atenciones de un hijo y un hermano. Parecía considerar la casa de ellas como la suya, y por ello amarla; en ella transcurrían muchas más horas de su vida que en Allenham; y si ningún compromiso general los reunía en Barton Park, el ejercicio que ocupaba sus mañanas casi con toda seguridad acababa allí, donde pasaba el resto del día junto a Marianne, y con su perro favorito a los pies de ella. Una tarde en concreto, más o menos una semana después de que el coronel Brandon había abandonado la región, Willoughby pareció abrir su corazón más de lo corriente a los sentimientos de cariño por todos los objetos que lo rodeaban; y al mencionar la señora Dashwood sus intenciones de mejorar la casita esa primavera, se opuso con fuerza a toda alteración de un lugar que, a través del afecto que le profesaba, había llegado a considerar perfecto.
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