A sabiendas o no, los psicoanalistas hemos ido pintando ombligos en diversos puntos de nuestros desarrollos. Sin embargo, no saltan a la vista. Habrá que descubrirlos. (12)
3. Véase una amena reedición actualizada de ese debate en Boehlke (2004: 23).
4. Cf. Arenas (2014d).
5. Cf. Lacan (1958d: 532s), É. Laurent (2006), Miller (2013a), Arenas (2014d), Barros (2014), Zlotnik (2015: 89s).
6. Lacan (1955b: 388; 1958c: 150).
7. Desde el amanecer de la existencia, nos afanamos por descifrar e interpretar al Otro. Esa “función apetitiva”, que suele faltar en el autismo, dirige nuestra atención al barullo ambiente, en el cual distinguimos unas partes variables (ruidos, melodías, tono y tonada de quien habla, su voz, el timbre de su voz) y otras constantes y repetidas: los fonemas. De todas las posibilidades que nuestro sistema fonatorio tiene, el medio favorece la reproducción de ciertos sonidos. Cuando proferimos alguno parecido a un fonema de la lengua en la que estamos inmersos, nos lo festejan, y así inyectan libido en nosotros, que de ese modo aprendemos a hablar. Sin instintos que guíen nuestra vida, estamos pendientes del Otro, no sólo en términos de sus fonemas, sino de lo que espera de nosotros; no necesariamente para someternos a ello, ya que podemos querer saber qué espera el Otro de nosotros para luego hacerlo rabiar. Como sea, nuestro lazo con él está mediado por el significante y es reforzado libidinalmente. Véase Bassols (2014b: 26s), Ajuriaguerra y Marcelli (1996).
8. Borges (1943).– Lo que Lacan formuló, desde el inicio de su enseñanza, como Tú eres eso, lleva a considerar el deseo a partir de las consecuencias, no de las intenciones; cf. Arenas (2010; 2018b).
9. Cf. Lacan (1962a: 7/mar/62).
10. Levitan y Lloyd (2009-: temporadas 3ss).
11. Bien lo ilustran dos películas: Strella (Koutras, 2009) y la casi simultánea Incendies (Villeneuve, 2010). Véanse comentarios de ambas en Butler y Athanasiou (2013: cap. V) y Arenas (2011) respectivamente.
12. En otro lugar (Arenas, 2017e: 21ss) señalamos que el principio de placer, aun con su “más allá”, es un ombligo zoológico que convendría dejar de lado pues no se justifica en los seres hablantes, quienes no hacen otra cosa que buscar más y mayores goces. Ello, a su vez, torna superfluo hipostasiar tal inclinación (difícilmente distinguible de la pulsión misma) en una instancia (superyó) que ordene hacerlo. Habría que dar, pues, otro fundamento al malestar en la cultura.– Cf. Arenas (2018c).
2
Anatomía umbilical
Nuestro referente umbilical no apunta solamente a la analogía entre la formulación lacaniana de la metáfora paterna y las representaciones plásticas de Adán. El primero en apelar a esa referencia es Freud, nada menos que en el curso de su análisis del paradigmático sueño de la inyección de Irma. Allí dice que “todo sueño tiene por lo menos un lugar en el cual es insondable, un ombligo por el que se conecta con lo no conocido [Unerkannten]”, y más adelante agrega:
Aun en los sueños mejor interpretados es preciso a menudo dejar un lugar en sombras, porque en la interpretación se observa que de ahí arranca una madeja de pensamientos oníricos que no se dejan desenredar, pero que tampoco han hecho otras contribuciones al contenido del sueño. Entonces ése es el ombligo del sueño, el lugar en que él se asienta [aufsitzt] en lo no conocido [Unerkannten]. Los pensamientos oníricos con que nos topamos a raíz de la interpretación tienen que permanecer sin clausura alguna y desbordar en todas las direcciones dentro de la enmarañada red de nuestro mundo de pensamientos. Y desde un lugar más espeso de ese tejido se eleva luego el deseo del sueño como el hongo de su micelio. (13)
Lacan, por su parte, se explaya al respecto una sola vez, a partir de una pregunta sobre lo Unerkannte en Freud, planteada por Ritter. (14) Éste señala que el ombligo del sueño es el punto donde su sentido se detiene al borde de lo Unerkannte. El sueño se monta sobre él cual Mefistófeles sobre el tonel de vino. (15) ¿Hay allí “un real no simbolizado”, pregunta Ritter, frente al cual el sueño no puede sino detenerse?, ¿de qué real se trata?, ¿es lo real pulsional?, ¿y cómo se relaciona ese real con el deseo que, según Freud, surge de ese ombligo como un hongo? Lacan le responde que lo Unerkannte es un real, sí, pero no el pulsional (que es la constancia de lo que pasa por un agujero), (16) sino más bien un estigma –así como el ombligo corporal es huella del lazo con la madre– relacionado con lo Urverdrängt, lo primordialmente reprimido, que es inefable por estar en la raíz misma del lenguaje. (17) No es algo que en algún momento haya tenido un carácter distinto y que luego el yo haya reprimido, sino algo que se reprime y así constituye al sujeto –en consonancia con la “insondable decisión del ser” postulada por Lacan. (18) El ser no cavila ni decide, sino que algo se decide, (19) por fuera de toda determinación causal, y ello acarrea unas consecuencias que deciden, forjan y originan el ser. (20) Así como el ombligo es el sitio en el cual por siempre estamos excluidos de nuestro propio origen (la marca de lo que nos unía a la placenta), “la audacia de Freud” está –para Lacan– en decir que eso deja en el sueño mismo una marca que depende de que hayamos sido (o no) deseados. (21)
No obstante, es instructivo interrogar esta afirmación a partir de lo que Modern Family muestra en la pareja gay que adopta a una niña, ya que allí la opción entre ser hija deseada y ser hija no deseada se queda corta. En efecto, ¿qué relevancia tiene el seno materno en el deseo (o no) de un hijo cuando está en juego un alquiler de vientre o una adopción? Ninguna, tal como lo demuestra la clínica de quienes han sido adoptados, (22) incluso por parejas homosexuales. El nexo entre la placenta y el carácter deseado (o no) de la criatura no es natural, sino ficcional.
Por otro lado, Lacan destaca en el ombligo del sueño el límite de la Darstellbarkeit (figurabilidad) y agrega que lo que en el campo de la palabra es imposible de reconocer define lo Unerkannte como algo que no cesa de no escribirse, a saber, la relación sexual. Esto implica que el ser humano ya no es
la obra maestra de la creación, el despertar del conocimiento, sino más bien la sede de otra especial Unerkennung, o sea, no sólo de un no reconocimiento, sino de una imposibilidad de conocer lo que concierne al sexo. (23)
Doce reales
Antes de seguir desplegando esta anatomía del ombligo, observemos que cuando, en referencia a éste, Lacan responde a Ritter, tácitamente acepta que hay más de un real. (24) Y nótese que tiene sentido definir una verdadera red de reales en función de la relación que cada uno de ellos tiene con las modalidades y extensiones lógicas. En efecto, es viable y útil distinguir un real imposible, otro necesario, otro contingente y otro posible, además de cruzar cada uno de ellos con lo singular, lo vacío y lo universal, de modo tal que en las intersecciones de las cuatro categorías modales con las tres categorías extensionales podemos localizar doce reales –uno contingente y singular, otro necesario y vacío, etcétera–, lo cual muestra, de paso, que lo real, a secas, no es una buena brújula para el análisis. (25) En especial, la fórmula No hay relación sexual define un real imposible y universal, ya que, para todo ser hablante, la relación con el partenaire sexual no cesa de no escribirse; por lo tanto, en la trama de lo simbólico este imposible es un tope, un agujero real.
Vale la pena comparar esta noción con la del núcleo patógeno que Freud describe en los Estudios sobre la histeria y que, como la piedra del poema “No meio do caminho” de Carlos Drummond de Andrade y el hueso definido por Miller en El hueso de un análisis, no es asimilable a la no relación sexual, sino al goce que incide como trauma y que estructura el aparato. (26) Los hilos del discurso evitan ese núcleo, no a consecuencia de que no se quiera saber nada de eso (inaceptable parodia teleológica de la represión), sino porque nada puede saberse de eso, ya que es Unerkannte. (27)
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