Los ensayos para mi aparición se limitaron a dos sesiones agotadoras. La primera fue una sesión preliminar en la sala de música, al acabar la escuela. La atrevida guitarra de color naranja brillante de Rick contrastaba insolentemente con las panderetas, los xilófonos, los tambores y los demás instrumentos infantiles de la orquesta. Yo le había pedido a mi hermano que me prestara su Gibson Les Paul de color rojo fuerte (bueno, en realidad era una copia de una Gibson Les Paul, fabricada por una empresa llamada Avon, que no creo que estuvieran relacionados con el gigante de los cosméticos, aunque podría estar equivocado). Todavía hoy en día se me llenan los ojos de lágrimas cuando pienso que mi hermano mayor era el tipo de hermano que te deja su guitarra eléctrica. Los guitarristas no prestan sus guitarras tan a la ligera. Son como sus mascotas, pero más humanas. Por supuesto el préstamo había sido duramente negociado y acordado hasta el milímetro bajo una serie de duras condiciones que incluían la promesa de prestármela siempre y cuando no le pusiese un dedo encima. Pero, incluso así, me emocioné entonces y me sigo emocionando ahora al recordarlo.
David había olvidado llevar su bajo al colegio ese día y el batería no podía llevar la batería. Además, tenía que irse en el autobús de las cinco y cuarto. De todas formas, los dos se sentaron y observaron encantados mientras Rick y yo nos dedicábamos a elegir mis dos temas como artista invitado: «Rosalie» de Thin Lizzy (elegida por su progresión de acordes de máxima potencia) y «All Along the Watchtower» de Dylan (elegida por su secuencia de acordes a prueba de idiotas).
—¡Sí! ¡Mola! —dijo Rick.
El segundo ensayo, esta vez con todo el grupo, tuvo lugar en la planta superior de un granero de una granja situada a las afueras de la ciudad. Era de unos amigos de la familia del batería que, con una considerable magnanimidad y ningún respeto por las normas rurales, nos lo dejaron un sábado por la tarde. Una vez allí, aunque nos pareció que disponíamos de todo el tiempo del mundo, las horas pasaron tan rápido que no llegamos a hacer nada. Primero, tuvimos que subir al piso de arriba toda la pesada parafernalia (amplificadores, batería, estuches de guitarra…) por unas escaleras que, aunque sin duda habían sido fabricadas a la medida de un granjero del siglo XIX que cargara con una azada, estaba claro que no habían sido diseñadas pensando en un amplificador Marshall 4x12. Pasamos una media hora refunfuñando; era una escena que iba a revivir con gran frecuencia en los años siguientes, antes y después de los conciertos (cuerpos delgaduchos y emporrados trasladando objetos nada manejables de un lado a otro).
Es increíble los falsos mitos que corren sobre los ensayos musicales. Nunca olvidaré una escena de la película de Prince Purple Rain en la que su personaje llega tarde a un ensayo con su grupo, sube de un salto al escenario, se disculpa con cuatro palabras, se cuelga la guitarra al cuello y empiezan todos a tocar. Es una visión idílica del pop, todos perfectamente sincronizados y sin apenas esfuerzo. Lo que me sorprende es que Prince se preste a promover dicho mito, teniendo en cuenta que se ha pasado casi toda la vida en locales de ensayo y debe conocer mejor que cualquier otra persona lo molesto que es para los oídos forjar un grupo. Debería darle vergüenza mostrar algo tan irreal. La verdad es que casi todos los ensayos son tan penosos que cuesta creer que cualquier grupo se tome la molestia de seguir adelante al salir del local de ensayo.
Al empezar el ensayo no hay un protocolo a seguir como si estuviéramos en una sala de juntas; nadie da un golpe sobre la mesa y dice que hay que ponerse manos a la obra. En vez de eso, hay un periodo obligatorio de arranque, que puede durar entre diez minutos y dos horas y media, conocido en el mundillo como «improvisar». Para ser justos, parte de este tiempo se ocupa en el necesario trabajo de conseguir domar los recalcitrantes aparatos electrónicos. Se oyen muchos carraspeos frente al micrófono («uno, dos, probando, probando»), un vendaval de feedback y espasmos de electricidad estática.
Del amplificador del guitarrista: Guaaaaaaarrrrrmmm .
Del altavoz del cantante: Niiiiiiiiii, siiiiiinc…
El resto es básicamente una pérdida de tiempo total y absoluta. Al guitarrista le parece completamente imposible tener una guitarra colgada del cuello y no estar tocándola. Al batería le pasa lo mismo cuando tiene las baquetas en la mano. El bajista tiene que tocar, no menos de quince veces, ese pesado fragmento de «The Chain» de Fleetwood Mac (la sintonía que da inicio a la Fórmula 1 en la BBC), etcétera, etcétera. Así sigue la cosa, cada cual sumergido en su propio mundo y haciendo lo que le da la gana.
Ante este panorama no debe sorprender que la mayor parte de los grupos que consiguen tener éxito tienen una figura de autoridad relevante, un líder sediento de poder o un ególatra, alguien con suficiente fuerza para luchar contra una panda de caóticos caprichosos y conseguir hacerse oír entre todo el jaleo. Alguien que diga: «Venga, va, gente. Vamos a tocar “Funny Farm” ahora» o algo así. Desgraciadamente, Fallout no tenía ninguna cabeza visible. Algunas cabezas emporradas, sí, pero ninguna cabeza visible.
A pesar de eso, después de todas las discrepancias, conseguimos empezar a tocar uno de los temas acordados. Era «Rosalie» de Thin Lizzy, ese enorme y corpulento monstruo del metal… al menos en las manos de Thin Lizzy.
David, Mike, el batería, y yo nos lanzamos: BLANG.
Rick empezó: CLANG, uio, uio, uio.
Los demás volvimos a tocar: BLANG.
Y entonces empezamos todos juntos más o menos: BLANG, clang, uio, uio, uio , BLANG, etc.
Creo que ya entonces me hice la siguiente pregunta: ¿Cómo era posible que unas personas tan pacíficas pudieran crear un estruendo tan horrible? Imagínate un tractor arrastrando un arado por una carretera de hormigón mientras es sobrevolado por un helicóptero a corta distancia. Pues eso. Y ahí estaba yo plantado, cubierto de paja hasta los tobillos y concentrado al máximo en poner los dedos como me había enseñado Rick, aunque siempre llegaba media estrofa tarde. De todas formas, no me importaba mucho porque, en conjunto, nos habíamos adentrado en un espacio situado más allá del tiempo en el que los conceptos de «pronto» y «tarde» pierden su validez.
En los pocos instantes en que me atreví a levantar la vista de mis aterradas manos, divisé a Rick a través del polvo que se despegaba de las vigas debido a las vibraciones y que caía como si fueran copos de nieve. Parecía sorprendentemente tranquilo a pesar de estar en el ojo de esa tormenta apocalíptica. Estaba inclinado sobre el micrófono, con los ojos cerrados y una expresión de increíble serenidad que asomaba entre los mechones de pelo que le cubrían la cara. Había que reconocerlo: hacía bien su papel. Y, por lo que sé, también cantaba bien, aunque yo era incapaz de oírlo a causa del ruido.
Tras dos minutos y medio, se escuchó una explosión ahogada cuando la vieja instalación eléctrica del granero dijo basta y el lugar se hundió en la oscuridad y el silencio, excepto por el retumbar seco de la batería, que siguió durante al menos otro minuto (el tiempo que tardó el batería en darse cuenta de que algo iba mal).
—¡Hala! —exclamó Rick.
A continuación se produjo una breve conversación durante la cual Rick decidió a regañadientes que tendríamos que dejarlo para el día del concierto. Luego cargamos todo el equipo otra vez escaleras abajo y nos largamos a casa.
Conseguir que nos dejaran montar un concierto pop en la sala de actos de la escuela había resultado ser más difícil que conseguir permiso para colocar un dispensario de cocaína en el patio. Muchos de los profesores más antiguos temblaban al oír las palabras «música pop» y temían por las almas de sus alumnos. De todas formas, en el caso de Fallout y su artista invitado estelar no me imagino nada más lejos de la realidad. Para promover la depravación moral del público o un estallido de comportamientos salvajes de cualquier tipo hay que ensayar mucho más que nosotros.
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