¿Qué hacer, me preguntaba, con todo ese conocimiento rizomático, adquirido rizomáticamente, de que hablaba por esos mismos años un rizomático filósofo francés a sus rizomáticos alumnos y amigos de la Universidad de París? ¿A dónde echar, en qué costal, esa gama variadísima de saberes inconscientemente logrados en el día a día, en los eternos partidos de fútbol y de béisbol; en las horas dedicadas a bracear y bucear en la Bajera o en Cantarrana; en las excursiones por los montes y a la vera de los arroyos en busca de iguanas; en las cesáreas a que las sometíamos —cirujanos empíricos pero hábiles—, para cobrarles sus sartas de huevos; en las cacerías de pájaros, su adiestramiento, los cuidados amorosos, el júbilo del primer canto; en las lecturas de los cómics, llamados “paquitos”; en la escucha siempre sorprendente de las canciones de amor, de las llamadas baladas y boleros, rancheras y corridos, paseos, sones, puyas y merengues, el sonido bohemio del acordeón bohemio, de las radionovelas y el inmarcesible y siempre fresco Kalimán, el hombre increíble, con la cálida voz de Gaspar Ospina, y el pequeño Solín? ¿Qué hacer, pues, con todo eso? ¿Con el saber y el sabor del cuerpo, con el saber de las manos y los dedos que se hicieron expertos tensando y cobrando el hilo del barrilete, el lanzamiento del trompo, las peleas a puño limpio —y a veces a mordiscos y uñetazos—, en las tardes de sol o las mañanas lluviosas?
Cuando Manuelito, mi hermano, escaló la montaña hasta sentar sus botitas número treinta y siete en los Llanos del Tigre, ya había cazado zainos y conejos, venados y guatines, había ordeñado vacas y cuidado becerros, había sembrado centenares de hectáreas de maíz y yuca, fríjoles y topochos, y había susurrado palabras de amor al oído de las muchachas en flor que se avejentaban como Penélope frente al telar, y había escalado montes y paredes en su sempiterna búsqueda de mujeres escoteras que lo esperaban en vela, acezantes, en las camas de tijeras… y había buscado y extraviado a la mujer innombrable, y al hijo que quedó en proyecto entre las sábanas y los flecos de los cubrecamas, en la penumbra de tantos cuartos salpicados de la luz de los mechones. Y ahora bajaba del otro cielo, del “Nuevo Mundo”, hecho un doctor en marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tse-tung, y había que creerle a pie juntillas, y con él fueron llegando los mensajeros de la luz, los hijos del Sol, los insomnes Chimizapaguas que traían las enseñanzas frescas de Chiminigagua, y ahora se expresaba en mandarín con fuerte acento de Junán.
El conocimiento no solo se adquiere en la lucha por la producción, en la lucha de clases y en la experimentación científica, como sostenía Mao, sino en todo momento, en toda actividad, en el ocio, en el sueño, en el dolor, en el amor, en la frustración, en la congoja, en las horas de la mañana, en las tardes, al caer la noche, al despertar el día, bajo la lluvia, entre los rastrojos, sentado, acostado, de pie, en un solo pie, en dos pies, cazando lagartos, destazando morrocoyos, afilando el machete, preparando un café, frente al espejo, a altas horas de la noche cuando nos llega un grito vagabundo o los versos de La vieja Sara de Escalona, caminando por las calles del pueblo, de arriba a abajo de abajo a arriba; en la cantina; en el templo; conversando con nosotros mismos, mientras se pelan las yucas y los ñames y se revuelve con el meneador el sancocho o se desgranan las arvejas o las habas, o se cuece el garbanzo y el arroz con caraota, o se escala un cerro o se excava la tierra para ocultar los libros prohibidos. En todo momento —y los momentos son infinitos al cabo de una vida finita—, el hombre, este bípedo implume, está en plan de conocer, aunque tenga nula o poca conciencia del plan.
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