—Conténgase. Le recuerdo que sé guardar un secreto.
—¿Qué es lo que quiere?
—Piense en ello cada vez que sienta tentación de traicionarme. Será garantía suficiente para que mantengamos el compromiso y la confianza.
Don Pietro cayó en sus redes y terminó cediendo.
—Su chantaje es deshonesto.
—Le aseguro que no es de mi agrado. Confío plenamente en su inteligencia, Don Pietro.
Siguieron a paso lento; uno al lado del otro, cuando una brisa cálida les acarició.
—¿Qué he de hacer para que conservar su silencio?
—Ahora hablamos el mismo idioma. En los próximos días llegará una comitiva española para reunirse con Mussolini. Necesito saber todo lo que sucede y se determina en el encuentro.
Don Pietro se detuvo al instante.
—¿Se ha vuelto loco?
—Si fuera imposible para usted, no se lo pediría.
—No tendré acceso a tal reunión.
—Pero podrá conseguir la información.
Don Pietro miró a su alrededor antes de preguntar:
—¿Para quién trabaja usted?
—No se lo diré.
—Arriesgo mi puesto y pongo en peligro la libertad de mi hijo.
El tono del cardenal fue contundente.
—No sea ingenuo. No llame libertad a la prisión en la que vive Umberto. Usted paga un tributo excesivo a La Mafia para que le mantenga bajo su custodia en Sicilia.
—Ahora quedo atrapado entre dos frentes. ¿Qué otra opción tengo? Su confianza se basa en el chantaje.
—Comprendo su descontento.
—¿Quiénes vendrán a reunirse con el Duce?
—Solo sé que un periodista español destinado en Londres formará parte de la comitiva.
—¿Destinado en Londres? Así que los británicos están detrás de todo.
—No le conviene saberlo. Cumpla con su parte.
—Está bien. Aunque no mi convicción, tiene mi compromiso y mi colaboración.
—Por ahora me sirve. —Y se detuvieron casi al final del camino. El cardenal esbozó una sonrisa muy acertada. —Es un buen hombre, Don Pietro, no me equivoqué al elegirle.
—Conseguiré lo que pide.
—Ahora que cada uno sabemos el secreto del otro, mantendremos la confianza, ¿de acuerdo? —Dijo mientras volvía a extender el brazo con la palma de la mano hacia abajo.
—Espero que la pena. —Y besó el anillo.
—Seguro que sí. —El cardenal se aseguró de que nadie pudiera oírle y dijo: —Para contactar conmigo, acuda al confesionario de la pequeña Iglesia de San Giovanni, en la Porta Latina, entre las diez y las once de la mañana. Después de la ceremonia, estoy disponible para la confesión de los feligreses, todos los días.
—¿Cómo sabré qué confesionario es?
—Lo sabrá.
Don Pietro se alejó cruzando de nuevo la plaza, camino del Lancia Augusta. Su mente estaba dudosa, su corazón golpeado y su cuerpo tenso. Jamás hubiera esperado que la reunión terminara de aquel modo.
Una vez en su coche, quiso reflexionar tranquilamente en la vieja Piazza Colonna. Puso en marcha el coche y se marchó.
Roma, Italia
Horas más tarde, las campanas de Santa Cecilia del Trastevere anunciaron las dos de la tarde con sonidos muy medievales. En aquel instante Don Pietro entraba en el Porta di Mare. A mano derecha estaba Herbert sentado a la mesa. El alemán le hizo una seña.
—¿Pero no estarías acompañado de tu abogado? —Preguntó Don Pietro.
—Hemos terminado antes de lo previsto. Por cierto, pensaba que no llegarías.
—He salido ileso del Vaticano y ahora estoy hambriento.
Un camarero se acercó enseguida.
—Sírvame algo ligero.
—Yo pediré filete de ternero. —Dijo Herbert.
Eligieron un vino blanco y el camarero se retiró.
—Bien, ¿y cómo ha ido esa reunión?
—El verano en Roma es un infierno. Cada año me convenzo más de que hice bien en vivir en Orvieto.
Herbert no se dio por vencido.
—Pero habrás estado fresco. Los sacerdotes llevan siglos protegiéndose del calor entre los muros de la Santa Sede.
El camarero les sirvió el vino.
—El cardenal Leo Sacheri es poco peculiar.
Don Pietro bebió un sorbo de vino.
—Mantuvimos la reunión caminando por la plaza, a la sombra de las columnatas. Después estuve en la Piazza Colonna.
—¿Te aguardaba otra reunión?
—No. Cuando comencé a trabajar en el ministerio solía escaparme a menudo. Tal vez porque sus edificios representan épocas diferentes y pedazos de la historia de Roma.
—¿Y qué ha ocurrido hoy?
—Si llego a saber que el cardenal pretendía hacerme perder el tiempo con sandeces, me hubiera ahorrado el viaje.
—Ya veo. —Alegó decepcionado.
Don Pietro no respondió como Herbert hubiera esperado. Ni uno ni otro se contentaron. Conforme Don Pietro eludía el motivo de la reunión, Herbert deducía que había sido más importante de lo que imaginaba.
Mientras comían, el alemán pensaba en cómo conseguir información sin que Don Pietro llegara a descubrirle y sin que comprometiera su relación.
De todos modos, Herbert tendría que informar a su superior. Pronto, volvería a Berlín.
—Bienvenido de nuevo, Sr. Parker. —Dijo sonriente la camarera.— Le está esperando. Sígame, si es tan amable.
Charles había quedado a comer con Gaudino Venturi; hijo del socio mayoritario y fabricante de los motores de aviones de combate italianos. Era ducho a las fiestas, de la misma edad y también continuaba soltero.
—¿Cómo estás, Charles?
—Sufro con este calor y, al mismo tiempo, estoy intrigado.
—¿Por mi invitación?
—Más bien, por tu insistencia. —Dijo mientras se sentaba.— Espero que tengas un buen motivo.
—Esta mañana he estado en una reunión con el delegado de Guerra. Y no puedes imaginar el apetito que me ha despertado.
—Sorpréndeme.
—Leamos la carta primero, ¿de acuerdo?
Poco después, Gaudino se acomodaba y jugueteaba con la copa.
—Son buenos tiempos para la industria. Verás, me interesan tus contactos en Inglaterra; los fabricantes de componentes que necesitaré muy pronto.
Charles le observaba con precaución.
—Tu olfato es demasiado agudo para olisquear el dinero.
—¡Exacto! —Puntualizó.
—Me llevará algún tiempo.
—Lo sé, aunque estoy seguro de que podrás agilizarlo.
—Gaudino, —Charles se adelantó y puso los codos sobre la mesa— no es lo más adecuado. Por lo que deduzco, el delegado de Guerra te ha anunciado un incremento de la producción. Dime, ¿tiene algo que ver el conflicto español?
Y se reclinó despacio, sin pestañear.
Por el contrario, Gaudino suspiró y bebió el resto del vermut apartando la copa incómodamente.
—También te dedicas a estos negocios. Y no te basas únicamente en estrechar lazos entre los empresarios. También recoges información estratégica de mi país. Información que los militares británicos aprovechan para ser competitivos. ¿Qué diferencia hay?
—No respondes a mi pregunta.
Gaudino sonrió desairado.
—Tienes razón, pero no estoy seguro de que sea para la guerra en España. De todos modos, ¿qué más da?
—Cualquier guerra me pone los pelos de punta.
—Y no digo que no. Al fin al cabo, una guerra potencia la tecnología y la industria. Mi empresa vive de eso. Y tú también.
—Intento evitar esa clase de negocios. Por eso me centro en otros sectores.
—Dime, Charles, ¿me ayudarás? —Insistió sin hacerle caso.
La camarera llegó para dejarles la ensalada fresca y mantuvieron silencio.
—Gaudino, eres mi amigo. No puedes mirar hacia otro lado y dejar pasar el estremecer de las bombas y los gritos de quienes no fueron socorridos en los campos de batalla. Todos sufrimos aquel horror.
Gaudino apretó los labios.
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