Pepe Pascual Taberner - Una bala, un final

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En 1936, aprovechando que en Londres se celebra la Convención para la No Intervención en la guerra civil española, el diplomático Charles Parker debe acercarse al nuevo jefe del Abwehr, el servicio de inteligencia alemán, en una temeraria y arriesgada misión. Al mismo tiempo, en Roma, el MI6 observa la influencia de Italia en el conflicto español, interfiriendo inesperadamente en su camino.
Reinhard Heydrich, habiendo ascendido y logrado un poder casi absoluto para el SD, no olvida el golpe que Charles asestó a la Gestapo dos años atrás, emprendiendo una caza sin límites a lo largo del eje Roma-Berlín. El hostigamiento frenético e incesante se interpondrá entre Charles y su misterioso objetivo.
Una Bala un Final, es la continuación de La Mirada del Irlandés y, una vez más, el suspense se suma a la agilidad de la trama en los convulsos años treinta

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Al poco tiempo logró escapar usando sus habilidades profesionales. Desde Chile hasta Hamburgo burló a los británicos sin que pudieran darle caza. Aquella proeza le granjeó un prominente futuro. Desde entonces estuvo vinculado al espionaje, a la diplomacia y a los negocios incluso con diferentes servicios secretos, creando vínculos y nuevos contactos en Italia y España.

Tras varios cambios dentro de la Marina, comandó el crucero Berlín, en cuya tripulación formaba parte un ambicioso y joven Heydrich. Así fue como llegaron a conocerse y mantuvieron buena relación. Poco después, Heydrich fue expulsado de la Marina por un lío de faldas (justo antes de formar el SD).

Tras capitanear el Berlín, pasó un tiempo desapercibido y en la sombra. Fue cuando Von Blomberg le designó como nuevo dirigente del Abwehr, sustituyendo definitivamente a Patzig.

Con él, Von Blomberg esperaba fortalecer los lazos entre el Abwehr y el SD, y que la información llegara a Heydrich, conforme deseaba Hitler.

De aquel modo, el día del relevo quedó fijado en la agenda, mantenido en secreto al resto del mundo.

El miércoles 2 de enero de 1935 nevaba en Berlín. Un Mercedes negro se detuvo en la Tirpitzufer, frente a un edificio de cinco plantas construido con granito gris. Eran las ocho de la mañana.

Todavía con el motor en marcha, se abrió la puerta trasera y descendió un hombre bajo, ataviado con un grueso abrigo azul marino que le llegaba hasta los pies. Su cabeza iba protegida por una gorra con borlas doradas y el emblema del águila de la Marina. El hombre alzó la mirada y se fijó en el edificio durante unos segundos. El aire, muy diferente al del Atlántico, refrescaba su tez afeitada.

Entrar implicaba un riesgo y requería de sacrificios, aunque lo sabía desde el principio. Al igual que cuando surcaba las aguas de los océanos, los peligros llegarían por el horizonte.

Con las manos en los bolsillos, el marino Wilhelm Canaris se dispuso a entrar en la Central del Servicio Secreto Alemán. Caminó unos pasos, subió los escalones y accedió al Abwehr.

Le recibió un hombre con pantalón de pana y rebeca gruesa. Se detuvo ante él y le saludó militarmente; sin alabar al Führer. Hasta el momento, el veneno del nazismo consiguió convencer a unos cuantos en el Abwehr y fue lo primero que Canaris se propuso a eliminar de manera muy discreta. Bajo su mandato quería empleados y colaboradores con mentalidad militar y no política. Era un conservador y ante todo un oficial de la Marina.

Al adentrarse entre aquellos muros de granito, Canaris se libró de la gorra y la sostuvo bajo el brazo, mostrando su pelo color ceniza con raya a un lado, y devolvió el saludo.

—Sígame y le acompañaré hasta su despacho. —Le dijo mientras le estrechaba la mano.

Durante los meses siguientes, Canaris encontró en el Abwehr un departamento desestructurado, lejos de alcanzar rivalidad con el británico. El personal no era lo profesional que hubiera esperado y arrastraba su moral por el suelo. Por si fuera poco, su efectividad generaba dudas, escaseaban los éxitos y además todo el mundo sentía el aliento de Heydrich.

Pero Canaris no sería presa fácil. Creía firmemente en un ejército profesional y en una Alemania digna. Entró dispuesto a convertir el Abwehr en un nuevo y poderoso servicio secreto cuyos rivales temieran y respetaran. Reorganizaría el entramado de manera que pronto llegarían los ansiados éxitos.

En la parcela interna, en sus planes no constaba sucumbir bajo el yugo de Heydrich. Aunque Canaris respetaba su potencial, no le temía. Sabía cómo pensaba, conocía su aguda astucia y también sus debilidades. Sin embargo, él no había dimensionado bien la terrible ambición de su rival.

A partir de aquel 2 de enero había comenzado la guerra en el corazón del espionaje alemán.

Domingo, 19 de julio de 1936

Orvieto, Italia

Sobre la colina situada al sur de la vieja ciudadela de Orvieto, se encontraba la maravillosa villa a más de trescientos metros de altura. Se extendía por toda la cima cubriendo cuatro kilómetros cuadrados de robustas vides y olivos. Desde allí, se disfrutaba el amanecer con la salida del sol tras la cordillera de Scoppieto y Citivella del Lago hasta la sombría puesta, despidiendo Castel Giorgio al oeste. Una oportunidad que fue aprovechada por etruscos y romanos para cultivar la uva y elaborar el vino típico de Umbría.

El terreno fue excavado y usado como bodega durante siglos, llenando la zona de pasadizos. Pero la migración hacia las ciudades redujo la producción a la mitad. Aun así, Don Pietro Bassano presumía de su belleza.

La casa principal, alzada donde hubo un torreón romano, coronaba la zona alta de la colina. Una terraza daba la vuelta a la casa ofreciendo una magnífica vista. Próximo se encontraba el garaje, que sirvió de cuadra tiempo atrás. Y cerca estaba la casa donde vivían el sirviente y la cocinera.

Al ser verano, el calor del día daba paso al fresco atardecer. Tussio había preparado la mesa al gusto de Gabriela, la mujer de Don Pietro, en la terraza donde podían ver la puesta de sol.

En el dormitorio principal, en el piso superior, Don Pietro se alisaba la camisa antes de coger la chaqueta. Se ajustó el pañuelo dejándolo visible en el bolsillo frontal y miró la hora en su reloj.

Sumaba cincuenta y siete años. Hacía muchos que su pelo blanqueció y su piel envejeció. Sin embargo, seguía mostrando una salud de hierro y gran atractivo gracias al metro ochenta y seis de estatura. Tenía los ojos oscuros, las cejas pobladas y un bigote discreto. Cuando se dio el visto bueno, bajó las escaleras buscando a Tussio en el recibidor.

—Dígame, Don.

—¿Preparaste el vino?

—Está listo en la bodega.

—Tendrás que subirlo minutos antes de la cena, no quiero que Herbert se queje por no descorcharlo a tiempo. Recuerda subir el blanco para las damas. Y ten preparados los vermuts para antes y después de la cena.

—Todo está previsto.

—Serán puntuales, ya lo sabes. —Volvió a revisar su reloj. —Apenas queda media hora.

Tussio finalizó con una leve reverencia y se retiró.

Don Pietro le respetaba, incluso por ser menor que Tussio. Se conocieron en 1914 cuando la Gran Guerra alistó a Tussio y le mantuvo en la frontera italiana con el Imperio Austrohúngaro. Allí participó en la batalla de Vittorio Veneto hasta que, días después con el fin del conflicto, regresó a casa. Don Pietro se alegró de que siguiera con vida. A partir de entonces, dejó que Tussio se ocupara de la casa y de supervisar el trabajo en el campo, reemplazando su fusil por los guantes.

En aquel instante, Gabriela se acercó a Don Pietro. Le cogió las manos y dibujó una sonrisa.

—Estás espléndido, cariño.

—Procuro no perder tu atención.

—No sucedería ni ataviado de harapos.

—Habría que verlo, Gabriela.

Enseguida se soltaron. Don Pietro fue a la mesita junto a los sillones y escogió un cigarro de la tabaquera.

—Te diviertes con Karla y me siento feliz de verte así. Lástima que no estemos más tiempo con ella y con Herbert. —Y, a continuación, prendió fuego al cigarro.

—Cariño, Herbert y Karla son amigos desde hace años.

Lanzando espesas humaredas, dijo:

—Este año nos hemos visto poco. Últimamente Herbert ha estado en Alemania más tiempo de lo habitual.

—¿Y qué hay de malo en eso?

—Nada, Gabriela. Pero aquí estamos aislados.

—Eso debería decirlo yo, Pietro. Tú viajas constantemente a Roma. No parecemos un matrimonio común.

—Da igual, hemos tenido esta conversación tantas veces que he perdido la cuenta.

—No te lo discuto. —Gabriela se volvió de espaldas.— Te acompañaría en más ocasiones si no fuera porque pasas todo el día en el ministerio. En Roma me siento igual de sola que aquí.

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