La diversidad de carácter en los gatos se mide en cómo reaccionan a estos instintos, y esas diferencias se acentúan por trato y por crianza. Parece poco científico decirlo, pero entre los muchos rasgos que heredan los gatos hay evidencia sólida de que heredan también características adquiridas. Hay obras que han llegado a afirmar que una gata a la que se le ha cortado la cola podría parir gatitos sin ella.
Muchos observadores han registrado las excentricidades y los atributos de este animal. Andrew Wynter, en Fruit Between the Leaves, habla de un gato suyo que seleccionaba papel secante para tumbarse. El Gran Gatito de Meredith Janvier contrajo tuberculosis por dormir sobre un radiador caliente. Clara Rossiter describe en el North British Advertiser de Edimburgo, en 1874, a una minina cuya mayor entretención era sacar todos los alfileres de una almohadilla, ponerlos en la mesa “y, cuando sacaba el último, nos miraba a la cara con la expresión más graciosa del mundo, dejándonos muy claro que los quería de vuelta en la almohadilla. Sin importar cuántas veces volviéramos a pinchar los alfileres, ella volvía a quitarlos”. Disfrutaba también devorando flores que sacaba de los floreros. El reverendo J.G. Wood nos habla de un gato que era tan aristocrático que “nada –ni siquiera la leche cuando tenía hambre– lo inducía a asomar la cabeza por la cocina, o a entrar en la casa por la puerta de servicio”. Wynter tenía un gato que un día se levantó de súbito y subió por el tubo de la chimenea, y eso que el fuego ardía en la rejilla. Un par de siglos antes habrían quemado en la hoguera al escritor por narrar este incidente. Este gato comía pepinillos, y le gustaba el coñac con agua. William Lauder Lindsay menciona un gato que tenía afición por la cerveza negra, y Jerome K. Jerome escribe en sus Novel Notes de una que bebió de la gotera de un barril de cerveza hasta intoxicarse. En una carta a Samuel Butler, fechada el 24 de diciembre de 1879, dice la señorita Savage: “Mi gato bebió demasiado vino dulce y ponche de ron. ¡Pobrecito! Pero tanto mejor para él, así aprenderá. El doctor Richardson dice que los animales inferiores rechazan las bebidas alcohólicas, y que los humanos deberían hacer lo mismo”.
Se suele creer que los gatos sienten una antipatía inherente por el agua y que en general son “catabaptistas”, pero mi Ariel no era así; esta gatita persa anaranjada acostumbraba a saltar por voluntad propia dentro de mi matinal bañera caliente, y le gustaba sentarse en el lavatorio bajo el grifo abierto. Artault de Vevey tenía una gata, Isoline, que tomaba baños saltando a la tina llena. “Se supone que a los gatos les desagrada lo mojado –escribe Olive Thorne Miller–, pero yo he visto a dos de ellos mantener una entrevista bajo una lluvia constante, con toda la gravedad y deliberación con que se celebran estos asuntos”. Se han registrado innumerables ejemplos de gatos que nadan por cursos de agua para retornar a sus hogares, y St. George Mivart nos habla de una gata que se hundió en un arroyo correntoso y rescató a sus tres gatitos, que se ahogaban, cargándolos uno a uno hasta la orilla.
Un redactor en el Chamber’s Journal del 9 de octubre de 1880 recuerda a un alicaído gato negro que se suicidó ¡ahogándose! Los gatos pescadores son un lugar común. Lane cita al Plymouth Journal contando de uno que acostumbraba a bucear en busca de peces; 2y Charles Henry Ross escribe sobre un tal señor Moody, cerca de Newcastle-upon-Tyne, que tenía uno que pillaba pececitos, anguilas y sardinas de esta manera. Igualmente, se sabe de un célebre fresco egipcio en el Museo Británico que representa a un gato que actúa como un perro retriever; el noble gatito salta al Nilo desde un bote para buscar y traer de vuelta al pato sacrificado, incidente que G.A. Henty ha tejido en su cuento para niños The Cat of Bubastes. 3Ciertos gatos hoy en día encuentran natural esta tarea de rescate. Mi Ariel corría tras un ratoncito de hierba gatera y me lo traía todas las veces que yo lo arrojaba. “Durante la visita a un amigo en la Patagonia –registra W.H. Hudson en El diario de un naturalista– quedé atónito un día que salimos con un arma para cazar un poco, seguidos por los perros y un gato negro que los acompañaba, y al disparar mi primer tiro lo vi salir volando antes que los perros para recuperar el pájaro y traérmelo”.
Hay quienes observan que los gatos son siempre amables y educados, que comen con delicadeza y nunca con avidez, pero yo he visto felinos de buenas maneras que pueden engullir su comida y gruñir sobre ella con tanta glotonería y falta de educación como cualquier perro. En la mera cuestión de la selección de su cena varían tanto como las personas. Existen gatos imperiosos, altivos, aristocráticos, que insisten en ser alimentados en platos esotéricos, en determinados lugares y por ciertas personas. Otros se parecen al gatito rojo de Lafcadio Hearn en “The Little Red Kitten”, que “comía bifes y cucarachas, orugas y pescados, pollo y mariposas, libélulas y cordero asado, estofado y bichos bolita, escarabajos y pernil de cerdo, cangrejos y arañas, polillas y huevos escalfados, ostras y lombrices de tierra, jamón y ratones, ratas y arroz con leche, hasta que su vientre se convirtió en una representación del Arca de Noé”.
Los gatos son extremadamente nerviosos y como regla general no son confiables en los trenes, pues el menor sonido o movimiento es probable que los aterrorice, y los objetos en rápido movimiento les inspiran un temor agudo. Sin embargo, Abélard, el persa atigrado de Avery Hopwood, da paseos motorizados con él, sentándose como un experto en el asiento delantero sin correa. Si el auto se detiene, salta y camina alrededor, listo para volver a su lugar cuando su dueño se pone en marcha. Theodore Hammeker, un piloto en el frente galo y en Palestina durante la Primera Guerra, volaba con Brutus, su gato negro. El R-34, el primer dirigible en cruzar el Atlántico desde Inglaterra hacia Estados Unidos, cargaba a Jazz, un gato atigrado, como único pasajero animal. Y yo estoy familiarizado con un gato persa de color plata y alteraciones digestivas que incluso va al cine en el hombro de su dueña.
Nuevamente, la creencia popular supone que los gatos prefieren los lugares a las personas, y existen literalmente miles de casos de ejemplares que han vencido toda clase de obstáculos físicos con tal de volver a las casas de las que se les había expulsado. Pero sería igual de fácil e interminable hacer la lista de los gatos que se mudan con sus familias más o menos una vez por año; y se podría hacer otra lista con los que se trasladan por decisión propia, a menudo desde hogares donde los tratan con todo respeto y en los que están rodeados de lujos y comodidades. A aquellos que sienten que un receptor de tantas atenciones debería estar agradecido, sin importar si su forma es humana o animal, esta extraña conducta les parecerá inexplicable, pero estoy seguro de que mis lectores entenderán que es posible desear algo distinto de una vida rodeada de lujos y comodidades. Incluso de vez en cuando es posible encontrar gente dispuesta a abandonar sus cómodos aposentos a cambio de los placeres de la aventura. “El viaje de los deseos alados del gato / libre de ataduras, allende el tiempo y el espacio”, cavila Hiddigeigei, el gato macho del poema de Joseph Viktor von Scheffel; y los michos con anhelos en el alma invariablemente satisfacen estos deseos, hasta donde pueden hacerlo. Se ha sabido de gatitos persas criados entre algodones que han abandonado las sedas y los satines de las salas de estar en pos de la libertad de los tejados y la compañía de felinos sumamente lenguaraces, maleducados y de pelo corto. Luego el adulterio abunda. Otros gatos han dejado atrás lujosas mansiones para llevar una existencia más interesante en una verdulería, donde la caza es mejor y hay menos humanos persiguiéndolos para hacerles cariño. Lo contrario también pasa a menudo –dejan las pellejerías de la calle para iniciar una vida de lujos–, pero por lo general yo diría que los gatos moldean sus vidas más como May Yohe que como Cenicienta. 4
Читать дальше