Sin mucha expectativa, conecté con mi espíritu y lo más profundo de mi presencia, intentando atisbar a lo lejos. Queriendo lanzar destellos y señales todavía más allá de lo que alcanzaban mis ojos. Buscando una señal, un guiño, que me orientara, que me dijera dónde caminar.
Y de pronto, una voz sin palabras, un sentir que se deslizaba ronco y ahumado. Rompiendo con aquel frío hieratismo en el que me hallaba. Levantando muros de confort entorno a mi presencia y dejando entrar un soplo candente que emulaba el calor de mi casa. Me acurruqué cómoda y escuche cómo respiraba el dragón que me guarda. Aquel que, desde el otro lado del cielo, escuchó sollozos y entendió lo que necesitaba:
“...Sí, esta es mi voz. Este soy yo. Y mi melodía. Con la que puedo sonorizar parte de lo que mi alma y la tuya quieren contar, aunque a veces no encuentre el color con el que empezar...
Sí, esta es mi piel. Este soy yo. Y mis ríos. Los que mantienen activo el cuerpo que en esta vida habito y que se encuentra sumido en otro inmenso río, aunque a veces me olvido...
Sí, estos son mis ojos, y los tuyos. Y mi luz. Con la que puedo iluminar, atisbar, entender, avanzar...
Sí, esta es mi aura. Este soy yo. Y mis existencias. Con la que comunico, con la que puedo conectarme a tu fuente, a tu vida, y a la Universal...”
...
Así fue, entonces, cuando entendí, escuchando más allá de sus palabras, que esa voz era tan suya como mía. Era el eco de mis suspiros, rebotando la sabiduría del cielo más allá de las montañas.
Salir y fluir en el cauce de ese río. Era lo que tocaba.
Aquella poza de tranquilidad se estaba colmando de agua y si no salía pronto, terminaría por inundarse y atraparme, ahogándome lentamente en locura, evasión y
emulada paz.
¿Qué es lo que tiene el mundo que yo no?
Pero, ¿qué es lo que yo tengo que el mundo no?
¿Y qué si lo que es distinto al final es la misma cosa?
¿Qué es lo que lloro al mundo?
¿Quién es la queja y qué eres tú?
¿Qué es compasión?
¿Qué es necesidad? ¿Qué es importante y qué no lo es?
¿Qué es lo que ansío que no está en mí?
Pero, ¿qué es lo que está en mí que yo no quiero?
¿Qué unen a Carencia y a Deseo? ¿Dónde se escondió Confianza y Fortuna?
¿Quién tiene frío?
...
Universo, siempre me das lo que preciso, sin ni siquiera rogarte...
Aunque duela, aunque pese. Eres sabio y estás en mí como yo en ti y en el resto.
Fluyo en tu infinitud y virtualidad, en el sueño de tu esencia que es el mío, uno y único, inmortal.
...
Lo único que sé con certeza es que no temo a nada, y menos a la verdad.
Pero, entonces, ¿quién es Ella ? ¿Quién es esa tal Verdad ?
CAPÍTULO II .
SOCIALIZACIÓN. OBSERVACIÓN Y CONFIGURACIONES.
Volví a la ciudad obsesionada con encontrar aquella anhelada verdad que conectara todas las piezas animadas que se revolvían confusas en la civilización .
Humanos de todos los colores, olores, tamaños, texturas y sabores. Unos despiertos, otros dormidos. Algunos ágiles, otros entumecidos. Unos brillantes, otros se apagaban fuliginosos, escurriéndose entre las opresoras horas construidas.
Sentada en un viejo banco de madera descorchada por el sol, observaba, pensaba y repensaba. Viendo correr y pelear a luces y ruidos. Ansiando entender cómo funcionaba aquello. Planeando diez mil destinos donde ubicar mi forma.
Absorta en mis pensamientos, de pronto, advertí a uno de ellos dirigiéndose a mí:
–Hola, ¿eres de aquí? No te había visto antes.
–No...
–¿Y de dónde vienes? ¿Te gusta esto? ¿Acabas de llegar? ¿Qué miras con tanto ahínco? ¿Da miedo, eh? Esta ciudad...
Y fue aquí, cuando aquel desconocido, desató de pasión. Dando giros en su discurso, riendo y masticando fuerte las palabras antes de hablar. Serio, mirándome a los ojos, estirando su cuello y dejando entrever la sangre bombeando intensamente en la yugular.
Al rato, sonriendo en sus ojos, haciéndolos mágicos al brillar, aquel humano se transformó en intérprete de poemas y comenzó a recitar:
“Al principio asusta, pero luego te enamora...
Como al conocer el amor por primera vez,
al principio te paraliza, pero luego no puedes vivir sin él.
Y al tiempo, algo pasa...
Algo que te golpea dentro y te vuelves loco de dolor y rabia. ¡Igualito que al vivir aquí, en la ciudad!
Te echa a patadas para que te vayas lejos, pero luego,
la necesitas.
Y cuando vuelves tembloroso entre sus brazos para, de nuevo, poder sentirla,
te asusta revivir el sufrir que el pasado selló.
Y lo primero que nace dentro de tus entrañas, cuando vuelves a sentirla,
es salir corriendo, huyendo lejos a alguna isla desierta donde se evaporen los humanos y no exista el dolor...”
Yo le observaba y escuchaba sonriendo mientras él hablaba emocionado, gesticulando, casi sin respirar. Sus ojos hablaban tan desde adentro que hizo de su discurso una obra, una interpretación.
–Pero bueno, eso es otra cosa, no te quiero aburrir . Luego tienes muchas tiendas , que si necesitas algo, siempre hay dónde encontrar. Y si no, te vas al bar o cualquier sitio. Vamos, que hay de todo y se vive tranquilo y bla, bla, blu, bla, blu, glu, glu, pluf.
Después de esto, lanzó alguna que otra pregunta hacia mí. E intentando saciar su afán de curiosidad, probé alguna intervención que rebotó inocua contra su cháchara. Ahora ya, se deshizo la magia y millones de palabras huecas, automatizadas pendían como pompas de jabón que desde hacía rato explotaban y se evaporaban inocentes frente a mí. Mis ojos le veían, pero no miraban ya. Mis oídos sentían, pero no escuchaban más. Y mi mente, inquieta, ya hacía rato que revoloteaba y saltaba alto y lejos, fuera de ese lugar.
Me escurrí despacio entre los tablones de aquel anciano banco sin que el inocente sabio parlanchín se diera cuenta de que ya ni un ápice de mi materia pululaba por allí.
Observé cómo las palabras se entremezclaban, se enlazaban, se enmarañaban... como serpentinas amontonadas después de una fiesta, ocultando la volatilidad de su ser.
Y mientras caminaba, solo una cosa daba vueltas e inquietaba mis pensamientos, que se revolvían nerviosos dentro mi cavilar: ¿había dicho “enamorar”?
¿Acaso alguien aquí sabía
lo que significaba
amar ?
Al final, una conversación no solo sirve para ver quién está más en lo cierto o quién es portador de la verdad más absoluta, quién es más fuerte por gritar más alto o quien más listo. Una discusión no solo existe para hablar del bien y el mal, de lo que debería se r y de lo que es .
Al conversar, pocos son los humanos que observan lo que les acompaña. E incluso menos son los que, si observan, atienden sin juicio, sin intención de estimar algo por ser, según sus ojos, bueno, verdad, malo o falsedad.
En esta piel, me doy cuenta de que una conversación no consiste en golpear más fuerte sobre la mesa, o en buscar argumentos para neutralizar el discurso del otro sin saber muy bien lo que nos está contando, porque no tenemos la capacidad suficiente para pensar y escuchar a la vez, o porque, simplemente, lo único que pretendemos es ganar, o más bien, utilizar al otro como medio para sentirnos triunfadores.
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