El melodrama casi lacrimógeno llega al relevo en Una rosa sobre el ring (1972), en donde los luchadores son además de humillados, enfrentados entre sí en luchas mortales por empresarios sin escrúpulos. Ese mismo año Huracán Ramírez (hijo) hace alianza con una vulcanizada monja negra; Superzán llega del espacio y ni Jaime Maussán lo toma en serio. Los Leones del Ring (Jorge Rivero y Rogelio Garza) rugen, pero no muerden, y hasta la cosa nostra se ríe de ellos mientras que, no precisamente enmascarados sino justicieros alternativos al cine de luchadores, un chicano justiciero y el hijo de Alma Grande quieren aunque sea las migajas del género.
En 1977 el Cine de Luchadores por poco y recibe el tiro de gracia cuando al director Gilberto Martínez Solares se le ocurre desaparecer nada menos que a Santo, Blue Demon y Mil Máscaras en Misterio en las Bermudas y, de hecho, ¡los desaparece! y, como para que no haya la menor duda de la suerte de estos tres héroes, nos muestra una explosión nuclear que parece la responsable de que se los haya cargado –metafóricamente– el payaso (y no precisamente Coco Rojo, que por entonces ni existía). Dos años después de la desaparición de El Santo y aliados en las Bermudas, éste aparece, y más que en una aventura fronteriza ( Santo contra el terror de la frontera ), lo hace en casi un musical, porque ya mero y Gerardo Reyes y Carmen del Valle, de tanto cantar, lo sacan por cuerdas. Lo mismo le pasa en Santo contra el asesino de la televisión , donde son más las canciones que lo que le gustaba a Rudy Guzmán: “¡Acción!, ¡Acción! y más ¡Acción!”, no importando que no hubiera primero “¡Cámara!”.
En 1981 dos poderosísimas razones esgrimidas por Grace Renat retiran al Santo de las películas, más que los golpes de karate que le propinan en La furia de los karatecas (o El puño de la muerte ).
Más tarde, en 1988, el Mil Máscaras, que actúa como idem en La verdad de la lucha , lleva las cosas al extremo actuando ¡con y sin máscara! (lo mismo que su hermano, Dos Caras) en está cinta “de denuncia”, La verdad de la lucha, en la que un malévolo Noé Murayama personifica al empresario transa y gandalla que explota sin empate y sin indulto al gremio de luchadores, orillándolo a la muerte. La cinta, dirigida por Fernando Durán con argumento del Dragón I (Mil Máscaras) y Carlos Valdemar, congrega la mayor cantidad de luchadores: Herodes, Enrique Vera, Scorpio, Pirata Morgan, Baby Face... y máscaras que individualmente nunca hicieron nada en el cine de luchadores como Fishman, Solar, Villano III y un Canek que tan sólo figura en la filmografía del género por su actuación en El Mofles II .
En la película Chanoc y El Hijo del Santo contra los vampiros asesinos (1981), el original Santo, el Enmascarado de Plata, le da la alternativa a su hijo. El relevo generacional se convierte dos años después en El Hijo del Santo en la frontera sin ley , que se exhibe con más pena que gloria. Octagón y Atlantis en la revancha (1991), que a pesar de llevar en los roles estelares a dos de las más cotizadas máscaras del pancracio de ese momento no tuvo éxito a la hora de la verdad en la taquilla, como suerte de último grito, relevo generacional e invento de la tecnología: el Beta, seguido del vhs.
En una esquina Wolf Ruvinskis, el hombre que fracturó a El Santo (es neta); y en la otra Jesús Murciélago Velázquez, quien fue el primer enmascarado mexicano.
Para colmo, el “Osama Bin Laden de la critica mexicana de cine” Jorge Ayala Blanco le aplicó (a propósito de la merendada que le da a la película La llave mortal , Francisco Guerrero, 1990) tremenda plancha al género en su libro La eficacia del cine mexicano (Editorial Grijalbo, 1994), donde no baja a los luchadores de “múeganos” al afirmar que: “el originalísimo cine de luchadores murió de inanición imaginativa y de congestionado desaire masivo, hace aproximadamente una década. Sin duda, fue el género dominante en nuestro cine popular durante más de un cuarto de siglo, el de mayor inventiva cándida, el de mayor indigencia expresiva y mayor arraigo espontáneo. Ya cumplió, ya rindió, completó su ciclo y ya está fechado (1952-1981)”. Con esto, Ayala le aplicaba un golpe bajo a manera de epitafio; sin embargo el cine luchadores no murió ahí.
Es el momento –debió pensar el Santito– de revivir la leyenda de su señor padre, fenómeno irrepetible de la lucha, las historietas lanzadas por José G. Cruz y el cine, cuando hizo Santo: La leyenda del Enmascarado de Plata: El Hijo del Santo (1992), que produjo la esposa de este último, Gabriela Obregón, con distribución de Videocine. El resultado fue de pena ajena (sin considerar los éxitos de la taquilla y las ventas en video) con la dirección y un blandengue guión de Gilberto de Anda (si hubiera dirigido alguien conocedor del género como Pepe Buil otro hubiera sido el resultado, y a lo mejor, al menos cinematográficamente hablando, la carrera del vástago y mercadólogo del plateado hubiera tomado un rumbo más idóneo que el que acabó tomando.
En 1999 mientras el filme Santitos (de Alejandro Springal), evoca al pancracio desde la máscara y el llaveo practicado por Alberto Estrella, La Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián (España) tiene el dudoso honor de presentar el padrísimo fanzine 2000 Maniacos , que en su número 22 abre las puertas del infierno para ofrecer a los adictos al cine de luchadores y sus figuras mitológicas “Un espeluznante, chascarrilloso y chingón… especial México superloco y cabrón.” El menú de cantina freak dirigido por Manuel Valencia (con diseños y maqueta de Álex Cinéfilo) abre con los terrores mexicanos de Guillermo del Toro, de cuyo psicotrónico personal azteca se desprenden en superlibre: La Llorona , Juan Bustillo Oro ( El fantasma del convento ), Fu-Manchú, Fernando Méndez ( Ladrón de cadáveres ), El Santo, La Momia Azteca, Blue Demon, Rafael Baledón ( El hombre y el monstruo ), Rogelio A. González ( El esqueleto de la señora Morales ), Roberto Gavaldón (Macario), Benito Alazraki ( Muñecos infernales ), Miguel Morayta ( La invasión de los vampiros ), Chano Urueta (de cuya filmografía menciona El espejo de la bruja y El barón del terror , olvidándose –¿Qué pasó Memito?– de Los Tigres del Ring , e ¡imperdonable! el serial de El jinete sin cabeza ), Carlos Enrique Taboada (completo), Claudio Brook (hasta su filme Cronos ) y uno de los más prolíficos –si no el que más– directores de cine de luchadores: René Cardona. Un epílogo psicotrónico incluye al mismísimo Kalimán.
Nadie conecta un derechazo limpio en zafarrancho donde La Sombra Vengadora parece interceptar un cargamento de fayuca.
El mismo número se convierte en confidente del lector en un abezetadario de un “México lindo y superloco” firmado por Carmen Eliza Gómez y Pablo Herrantz, que recorren algunos hitos imprescindibles llamándolos por su nombre de pila, y no por el personaje (Blue Demon, Mil Máscaras…), de los que sólo no se mencionan, entre cerca de los 50 más fantásticos y psicotrónicos, los ya citados por Del Toro. Más adelante, dentro de las “Diez razones para ser abducido por El Fantástico Mexicano”, dentro del guacamole remix , la número siete está dedicada al Cine de luchadores (como un producto típicamente mexicano). “No son súper héroes, pero como sí lo fueran. Practican lucha libre profesionalmente y combaten al crimen al mismo tiempo –eso sí– no se quitan la máscara ni para dormir.”
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