Rafael Aviña - ¡Quiero ver sangre!

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Este libro fue hecho con espíritu guerrero e indomable y con paciencia zen para lograr una compilación total que venciera todas las imprecisiones derrotándolas, buscando los títulos enterrados en cuevas de momias, científicos desquiciados que nos negaban el acceso a información (con prácticas desleales como cobrarnos por copias de cintas, etc.) y el surgimiento insospechado de múltiples títulos, chicos y grandes, de cortometrajes, documentales, cintas con apenas algunos segundos de lucha libre, datos contradictorios de estrenos y semblanzas biográficas, entre una lista de pequeñas batallas que podría extenderse hasta formar una suerte de ensayo de lo insondable en el terreno de la investigación cinematográfica. Pasamos por eso y otro tanto, así que entregamos este trabajo con la certeza de que estamos haciendo justicia al género de luchadores.

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llaves sigue códigos equivalentes a los del toreo o el teatro kabuki , un sistema de signos que llamó la atención de Roland Barthes. En su libro Mitologías comenta al respecto: “La función del luchador no consiste en ganar sino en realizar exactamente los gestos que se esperan de él [...] Lo que el público reclama es la imagen de la pasión, no la pasión misma”. Si el boxeo es una actividad competitiva cuyas técnicas pueden perfeccionarse, la lucha no es tan libre como proclama su nombre. Cualquier agresión está permitida siempre y cuando forme parte del libreto. Ahí, la calidad no depende de la mejoría atlética ni de estrategia alguna, sino de la repetición de valores compartidos, ademanes que encarnan el bien y el mal.El gran Blue Demon en una de las típicas imágenes que trataron de proveer un - фото 3

El gran Blue Demon en una de las típicas imágenes que trataron de proveer un carácter “intelectual” a los enmascarados.

El luchador rudo vive para la trampa, la ruptura de las reglas, el codazo a traición, el limón en los ojos del inocente adversario. Su salario es el ultraje; su propina, el abucheo. El luchador técnico está acorazado por su bondad. Aplica llaves terribles, domina la “quebradora”, la “rana” y la “tapatía”, pero cuando el oponente está en la lona y el público exige: “¡San-gre, san-gre!”, no propina el golpe ruin y definitivo. Al contrario, le concede un respiro a su rival, se distrae con el cariño de la gente, permite la recuperación del enemigo y es aviesamente atacado por la espalda.

Los nombres de guerra, las máscaras, los tics definitivos (El Caníbal que mastica orejas, El Adonis de nariz fracturada que se mira en un pequeño espejo) hacen que la lucha libre sea intensamente narrativa. Nada de lo que ahí sucede reclama otra verdad que la del teatro. Y más aún: la de un teatro extremado, que aspira al colmo de la representación. Cuando un rudo entre los rudos pierde la batalla en la que apostó su cabellera, la etiqueta exige que se arrodille en la lona, implore clemencia, vea llegar al peluquero que habrá de trasquilarlo y llore sin consuelo ante los gritos que lo humillan. Sólo lo excesivo es normal en ese entorno. Cada luchador compite en dramatismo con el instante en que Tosca se lanza a su muerte segura desde la muralla del presidio.

La lucha libre ocurre a escala desmedida: su psicología repudia la talla chica. Quien tenga dudas al respecto puede ir a la tortería El Cuadrilátero, fundada por Superastro en el centro de la ciudad de México, en Luis Moya 73. Ahí, la torta “gladiador júnior ” desafía a que alguien se la coma entera.

Iba a este templo de gastronomía para gigantes cuando trabajaba en el periódico La Jornada , que estaba a unas cuadras de distancia. Una torta bastaba para alimentar a media redacción. Desde entonces me acosa una pregunta que sólo puede ser respondida en clave mitológica: ¿existe la torta “gladiador senior ”? Algunos rumoran que la han visto y otros agregan con perturbador conocimiento de causa: un coloso que oficiaba en la Arena México la devoró sin problema alguno y además pidió postre.

Imposible acercarse al pancracio sin ánimo legendario. De niño leía las revistas Lucha Libre y Box y Lucha con la curiosidad de quien sigue un cómic trepidante. Mil Máscaras, Blue Demon, El Perro Aguayo, Huracán Ramírez y Black Shadow ponían en escena una saga que pedía a gritos continuar más allá del encordado. ¿Cómo vivían esos héroes cuando no estaban bajo los quemantes reflectores de la arena? ¿Llevaban una doble existencia, al modo de los espías, o también en la intimidad seguían los dictados de su personaje? En su novela breve El principio del placer , José Emilio Pacheco trata el tema de la pérdida de la inocencia a partir de un personaje aficionado a la lucha libre que madura en forma amarga: descubre que fuera del ring los acérrimos rivales son amigos. El drama entre el bien y el mal no es otra cosa que simulación.

Gran aficionado a la lucha libre, Pacheco fue uno de los primeros en detectar que El Santo era Rodolfo Guzmán, quien había luchado con el apodo de Rudy. En El principio del placer se sirve del espectáculo de las caídas para simbolizar el rito de paso de un adolescente: perder la ingenuidad significa comprender que el mundo no está habitado por técnicos y rudos, prístinas figuras de la niñez perdida.

Averiguar que los héroes fingen significa un duro golpe a la fantasía. Sin embargo, lo que primero fue creído como verdad puede entenderse más tarde como teatro. Entre los seguidores de la lucha libre está el que cree a pie juntillas en los suyos –el niño eterno que no ha visto a los rivales compartir cervezas– y el que sabe que todo es embuste y se apasiona con el cumplimiento de los lances prometidos.

La justicia que los luchadores imparten a tres caídas sin límite de tiempo es demasiado tentadora para permanecer entre las 12 cuerdas. Fuera de la arena, un mundo menesteroso reclama vengadores. No es casual que el género haya inspirado a luchadores sociales como Superbarrio, Superanimal o Fray Tormenta (este último alternó las tareas pastorales de sacerdote con las de gladiador profesional y mantuvo un orfelinato del que salió un luchador dispuesto a demostrar que los músculos son un artículo de fe: El Místico).

En el ámbito del cómic y el cine, Héctor Ortega y Alfonso Arau imaginaron a un luchador armado de más picardía que fuerza, una especie de antiBatman de barrio: El Águila Descalza, que patrullaba las calles en una infructuosa bicicleta.

Abundan las alusiones que el cine ha hecho al género. José Buil logró una pieza maestra sobre la vida privada de un icono de masas: La leyenda de una máscara . En la historia del cine mexicano esta cinta ocupa un papel equivalente al de El sheik blanco , de Federico Fellini, donde Alberto Sordi representa a un héroe de la cultura pop detrás de las bambalinas. Durante años, Nicolás Echevarría planeó una versión del Popol-Vuh protagonizada por luchadores, con máscaras diseñadas por Francisco Toledo, quien se ha ocupado del tema con fortuna (en el Museo Estanquillo, que reúne la colección de Carlos Monsiváis, un elocuente rincón muestra cerámicas de luchadores y escenas del ring pintadas por Toledo).

Pero fue en el cine popular donde la lucha encontró su mayor caja de resonancia. Este libro es la bitácora definitiva para viajar al esquivo mundo de las producciones de bajísimo presupuesto que trasladaron la mitología del ring a las más diversas zonas del espacio exterior, con escala obligada en la ciudad de México. Como tres gladiadores dispuestos a jugarse el destino en una serie de relevos australianos, Raúl Criollo, José Xavier Návar y Rafael Aviña elaboraron el catálogo razonado del cine de luchadores. El principio que anima esta reunión no es la lucha como tema incidental de una película (aunque se registre su existencia) sino la cinematografía con leyes de ring-side.

Una de las fotografías más conocidas de El Cavernario Galindo Curiosamente no - фото 4

Una de las fotografías más conocidas de El Cavernario Galindo. Curiosamente no es producto de la prensa luchística, sino un fotograma de la cinta La última lucha (Julián Soler, 1958).

La película fundadora del género lleva un título tan elocuente que resume todo lo que vino después: La bestia magnífica . Filmada en 1952 por Chano Urueta, fue más un melodrama sobre las condiciones que rodean a los luchadores que una creación de superhéroes. Ahí todo gira en torno a los artistas del tope suicida, pero aún no se descubre que su verdadero cometido es la salvación, siempre provisional, de la raza humana. La saga de El Santo sería la culminación de ese ideal a un tiempo modesto y excesivo: el héroe de barrio mantiene a raya a los vecinos, es decir, a los marcianos.

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