—Milord, ¿tiene idea de cuántos individuos se ajustan a esa descripción? Varios miles. Pueden andar por cualquier parte. Si son lo que yo creo, serán prácticamente ilocalizables porque recorren nuestra isla de norte a sur y de este a oeste, descontrolados y sin documentación. Es muy fácil camuflar a un niño entre sus propios hijos. No le causarán ningún daño, son buenos y cariñosos con los niños, pero si no lo encuentra vivirá una existencia de pobreza y desarraigo toda su vida.
—Lo encontraré.
Henry Baxter no perdió el tiempo. Contactó con la policía local y viajó a Londres, donde contrató además el servicio de una oficina de detectives.
—Viajen por todo el país, vayan al continente o a América si es preciso. Pero encuentren a mi nieto o a mi nieta sin regatear medios ni gastos. Mis abogados estarán a su disposición para todo cuanto necesiten.
De regreso a la mansión ordenó preparar su equipaje.
—¿Dónde vas, papá?
—A Perth. No soporto quedarme aquí viendo a tu hermano y a Evelyn en cada rincón.
—Entonces iré contigo. Necesitas que te cuiden y yo tampoco soportaría quedarme sola ni aquí ni en Londres.
Lord Henry miró a su hija con intenso afecto. Era una mujer alta, pálida según los cánones de la moda, rubia y de serios ojos castaños. Vestía con elegancia y discreción, cuidaba su persona. Buena anfitriona, inteligente —demasiado, se recordó— y muy selectiva. Y pese a sus rentas y virtudes seguía soltera y sin ánimo de casarse.
—Agnes, ¿te has preguntado alguna vez que será de ti cuando haya muerto? No… no me digas que voy a vivir muchos años, porque no lo sabemos. Tienes que pensar en tu futuro y no solo en mi comodidad. Soy un viejo egoísta. Todavía eres joven, hija mía. No quiero ver cómo te conviertes en una solterona como tu tía Lily.
—Papá, tía Lily tuvo sus razones para no casarse. Las mías son diferentes. Yo no he vivido un amor desgraciado, mi prometido no ha muerto en una guerra. No es que sienta aversión hacia el matrimonio, pero me siento bien como estoy. Solo te debo obediencia a ti y tú eres muy indulgente conmigo. No quiero obedecer a un marido, no quiero que me controle, disponga de mí como si yo no tuviera voluntad, me agobie con hijos.
—Eso que dices demuestra que sí sientes aversión hacia el matrimonio, no te mientas.
Agnes, viendo reír a su padre, rio a su pesar.
—Como tú digas, papá. Puedes reírte, pero me siento tan libre y tan independiente siendo soltera. ¿Te escandalizo?
—No. Te admiro. Creo que eres muy valiente. Prométeme una cosa: cuando quieras, sea antes o después de mi muerte, cuando lo decidas si sientes esa inclinación, viaja, sal de aquí, rompe todas las barreras, vete a América, a la India, a China. Vuela, hija mía.
Agnes besó la frente de su padre.
—Te lo prometo, papá.
W
La feria se encontraba muy concurrida. Habían pasado los festejos de Pascua y el buen tiempo animaba a las gentes a salir y divertirse. Varias familias de Viajeros se concentraban en el prado donde habían montado sus espectáculos. Entre los aldeanos se paseaba un hombre que destacaba por su atuendo de ciudad. Miraba muy atento, se paraba ante cada espectáculo, parecía buscar. Una mujer echaba las cartas a una joven con aspecto de sirvienta. A unos pasos de ella, un joven campesino no la perdía de vista: su novio, se dijo el hombre. Y rio para sí, asombrado de la credulidad de aquellas personas sencillas. El chico se acercó a un gesto de la mujer y se dejó mirar la palma de la mano. Los dos jóvenes se abrazaron, y él depositó unas monedas en las manos de la mujer. Los siguió con la vista, parecían contentos, sin duda les había augurado un brillante futuro juntos. Pero a él quien le interesaba era la adivina. Ella guardó las cartas y se acercó a su carro, bastante viejo y descolorido. Entró para salir de inmediato con un bebé de pocos meses que lloraba, se sentó en un escalón y comenzó a amamantarla allí mismo, como si se encontrara sola. Una chica se asomó a la entrada. También era pelirroja, como su madre, y llevaba el cabello suelto bajo el pañuelo.
—Mary tenía ya mucha hambre. Hoy está siendo un buen día, Joan.
Joan se sentó junto a su madre y miró a su hermana.
—¿Le has leído ya la mano, madre?
—No —rio—. Es demasiado pequeña.
El hombre no entendió lo que decían. Se alejó y siguió buscando entre los feriantes. Había muchos niños de todas las edades, y varias mujeres con lactantes. Volvió sobre sus pasos y comprobó que la mujer pelirroja estaba ya en su puesto. Se acercó a ella y se sentó. Sentía un rechazo instintivo hacia ella, pero decidió tratarla con cortesía para ganarse su confianza.
—¿Cuánto por su lectura, señora?
Ella le escrutó con la mirada, reconociendo quién y qué era y lo que pensaba de los suyos, y respondió en inglés deficiente.
—La voluntad, caballero. ¿Qué quiere saber?
—Dónde puede estar una criatura de unos cuatro meses que desapareció misteriosamente.
—¿Niño o niña?
—Dígamelo usted, señora. Usted es la adivina.
Ella no perdió la compostura. Barajó las cartas y fue formando una especie de cruz con ellas. Mientras realizaba aquellos movimientos, Mary pensó rápidamente. Tenía que ocurrir tarde o temprano, que alguien apareciera haciendo preguntas. Estaban en un aprieto muy grave. Aquella gente rica no olvidaba y además tenía suficiente dinero para remover cielo y tierra. Solo que ella tenía una ventaja: sabía quién era aquel hombre y qué buscaba. Como él no creía en su don, le resultaría fácil confundirle con algo de paripé de abracadabra. Suspiró, cerró los ojos, canturreó en voz baja e hizo unas cuantas invocaciones pronunciando palabras sin sentido.
—Veo el mar —dijo de pronto con otro tono de voz, bajo y profundo—. Un barco lleno de viajeros en busca de un futuro mejor. Allí, en una bodega, una mujer… espere… sí, una mujer morena sujeta a una niña que no es suya y que ha encontrado en el puerto, abandonada. Una niña que no es del mar y que un hombre ha abandonado a su suerte… —Se pasó una mano por la frente, deshizo la figura y volvió a sacar nuevas cartas—. Veo que llega a una ciudad inmensa donde hablan su idioma… —Suspiró teatralmente—. Ya no veo más, los espíritus me han cerrado los ojos.
Él parecía indignado.
—¿Cree que puede burlarse de mí con sus majaderías esotéricas? Usted sabe dónde está la niña porque la ha visto.
—Así es, caballero. En las cartas.
—Señora, basta ya de comedias. O me dice ahora mismo lo que sabe o llamo a la policía para que la detengan por cómplice de secuestro.
—Señor, no llame a nadie. ¿Qué podía saber yo de secuestros? Somos una familia pobre pero nunca hemos hecho daño a nadie —ya lloraba—. Esa mujer vino a mi puesto con una niña, me dijo que se había quedado sin leche y buscaba alguien que pudiera amamantarla. Yo estaba embarazada y no podía. Me pareció raro que buscara entre nosotros, pero ni pensé que ella no fuera la madre. Era una mujer alta, de pelo negro, que hablaba buen inglés. Me dijo que se iba a América y necesitaba una nodriza. Y ya no la vi más. Es todo.
—¿Dónde fue eso?
—En Plymouth, señor. Y eso es todo.
El hombre se puso en pie muy serio y la miró desde su altura. Ella parecía aterrada.
—Te estaré vigilando.
—Como usted quiera, señor. Nosotros no nos moveremos de aquí mientras dure la feria.
Continuó en su puesto mientras él se alejaba, consciente de que en cualquier momento se daría la vuelta para ver qué hacía. En efecto, cuando él miró hacia atrás ella sostenía la mano de una aldeana y fingió no darse cuenta.
—Estamos en peligro —dijo aquella noche a su marido e hijos—. Debimos haber dado aviso en vez de huir.
Читать дальше