Además de la psicotecnia, los biotipólogos incorporaron la ergonomía y la medicina psicosomática, entre otros saberes. Como neo-hipocráticos, reclamaban una comprensión integral y totalizante de los individuos, involucrando a toda su persona en tanto síntesis psicosomática, contra la mirada localista, despedazante y dualista, dominante en la medicina moderna desde Descartes. Paradójicamente, la biotipología se declaraba a favor de la personalización de la medicina mientras extremaba la tipologización de las personas, naturalizando el lugar contingente y subordinado que los trabajadores ocupan en la división social del trabajo, haciendo de la herencia endócrina, es decir, de un factor involuntario, la base de la identidad y de la personalidad. En este sentido, la biotipología, verdadera ciencia reaccionaria, contradecía una tendencia progresiva puesta de manifiesto por el capitalismo al destruir todos los sistemas de castas y todas las jerarquías sociales legitimadas en base a la tradición y el peso del pasado, esto es: el polimorfismo y la adaptabilidad del trabajo humano, la relevancia determinante de la educación y del aprendizaje a la hora de definir el destino de las personas, por encima de toda discriminación racial o genetista.123
La biotipología hacía pasar el encastramiento de los cuerpos a las necesidades de rendimiento del capital por una determinación científicamente fundada que el trabajador debía aceptar como su justo lugar. Era, en términos de Pende, una “clínica para sanos” 124 cuyo fin consistía en potenciar las capacidades de los trabajadores y predecir su performance. De este modo, la biotipología adjudicaba los accidentes y enfermedades de trabajo a causas intrínsecas al individuo y que el medio fabril solamente “revelaba o precipitaba”, especialmente entre ciertos individuos anormales, con mayor “predisposición a los accidentes de trabajo”.125 Era fundamentalmente el trabajador el que debía adaptarse al medio fabril, así como la identidad del individuo quedaba capturada, por una relación de semejanza mimética, en uno de los cuatro biotipos. Pero el medio laboral también debía adaptarse a las necesidades psico-somáticas del trabajador. Dispositivos como los comedores industriales, los hoteles gremiales en el mar o en las montañas, las actividades deportivas, los “post-trabajo”, eran auspiciados por los biotipólogos para maximizar el ocio del trabajador, recreando su espíritu y regenerando sus energías.126
Como mostró Anson Rabinbach, en el imaginario maquínico de las primeras décadas del siglo XX el cuerpo de los trabajadores fue concebido como un “motor humano”, un acumulador de energía que debía ser científicamente gobernado. Tanto el taylorismo, el comunismo y el fascismo confluyeron en esta imagen típica del productivismo moderno, donde el trabajo humano, las máquinas y las fuerzas naturales debían componerse, ya no en base a las leyes de la mecánica, sino a las de la termodinámica. El equivalente de la entropía, en el ámbito del trabajo, resultaba ser la fatiga de los trabajadores.127 Se trataba de aumentar la productividad laboral, cuya ley fundamental, la ley del valor trabajo, obliga al ahorro de tiempo mediante el imperativo a hacer lo máximo en el mínimo de duración. La ley del valor reduce la actividad laboral a un puro gasto de energía simple, cronometrado mediante el reloj, sincronizando y sometiendo el conjunto de los tiempos sociales a los ritmos de la fábrica. El taylorismo y el fordismo relegaban los factores subjetivos del trabajo para hacer predominar los factores objetivos, reduciendo el trabajo a un conjunto de tareas homogéneas y medibles. Solo una muy minoritaria porción de la clase trabajadora, la de los ingenieros que trabajaban en los centros de investigación y desarrollo de la empresa fordista, detentaba el monopolio del trabajo intelectual, orientado a la producción de innovaciones.
En sus Principles of Scientific Management, Frederick Taylor observaba que uno de los mayores problemas que debe enfrentar la dirección de la fábrica es el de las prácticas obreras de ralentización intencional de la producción. Dejados a su suerte, sin supervisión, los obreros trabajan por debajo de sus capacidades y hasta se organizan para evitar que el empresario sepa cuál es el tiempo óptimo para realizar una tarea. Taylor bautizó a estas prácticas, que observó entre los obreros de la siderurgia estadounidense, con el nombre de “soldiering”. Para contrarrestarlas, ideó un sistema donde los managers fabriles debían cronometrar los movimientos de los obreros con el fin de establecer tasas de rendimiento por pieza producida. Una vez estimado el ritmo medio de productividad, los obreros eran conminados a producir esas cantidades, sumando un sistema de primas salariales si las sobrepasaban. Expropiar a los obreros de sus conocimientos para transferirlos a las máquinas permitía a los gerentes evitar toda imprecisión en los ritmos de trabajo y planificar con mayor seguridad la extracción de plusvalía.128 Una vez vaciado de saberes productivos, y por lo tanto de autonomía, el obrero quedaba reducido a un “motor humano”, una fuerza de trabajo, un cuerpo que gasta energía en forma regular y calculable.129
Desde fines del siglo XIX, se acentuó el paso de una concepción moral-religiosa del agotamiento humano a una científico-materialista. La acedia, la melancolía, la pereza, eran todos fenómenos que, en la Edad Media y hasta el siglo XIX, denominaban defectos o vicios morales, estados lindantes con el pecado y la enfermedad. Pero durante el siglo XIX, con la aparición del concepto de energía (kraft), el modo predominante de conceptualizar la resistencia al trabajo pasará a ser la fatiga, un concepto más moderno, menos ligado a un problema de dirección moral que a uno de ajuste energético entre el cuerpo obrero y las máquinas industriales. Gobernar los procesos laborales ahora implicaba conocer y regular las energías del cuerpo para evitar su excesiva disipación e inutilización. Las nacientes ciencias laborales de fines del siglo XIX postulaban que trabajar con fatiga, a la postre, resultaba dañoso tanto para el proceso de trabajo como para la reproducción sana de la sociedad. Hombres y mujeres crónicamente fatigados engendrarían una descendencia debilitada y mermada. En 1891, el fisiólogo italiano Angelo Mosso publicó su influyente libro La fatiga, donde alertaba sobre los efectos negativos de la fatiga laboral: degeneración, aumento de la mortalidad infantil, acortamiento de la vida, aparecían como indicadores biológicos del empobrecimiento de las poblaciones por la sobreexplotación del trabajo.130
Dado que la legislación social conquistada por las luchas obreras tendía a limitar la duración de la jornada laboral, el capital, a través de los fisiólogos del trabajo, buscaba dar con la clave para una imposible alquimia de la productividad, consistente en aumentar la intensidad del trabajo sin estropear los cuerpos de los trabajadores. El psiquiatra francés Phillipe Tissié, autor del libro La fatiga y el adiestramiento físico, definía al adiestramiento como el conjunto de técnicas para producir mucho trabajo sin demasiada fatiga. El entrenamiento metódico de los sujetos debía servir para elevar los niveles de tolerancia al trabajo arduo, mediante la posposición del placer y el retraso de la aparición de la fatiga, con sus terribles efectos en el sistema nervioso: neurastenia, fastidio, obsesión, impulsos ciegos, automatismo, sueño hipertrófico, alucinaciones, desdoblamiento de la personalidad, ecolalia, paramnesia, etc.131 La ociosidad ya no resultaba un mero defecto moral, sino un peligro para la salud del propio trabajador, que, al no trabajar, se intoxicaba por acopio de toxinas y de lípidos. Pero los cuerpos de la burguesía también debían ser adecuadamente vigorizados por medio de un nuevo culto al ejercicio físico, la buena nutrición, las competencias deportivas, las buenas posturas corporales, el buen dormir y la inhibición de vicios de juventud como el onanismo y las actividades sexuales disolutas.132 Proletarios y burgueses debían cuidar en extremo de sus cuerpos para asegurar la grandeza energética de la nación.
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