—¿Benny?
—¿Sí?
—¿Tienes miedo?
—Yo también —y después de un momento, ella continuó—: Es tan grande, ¿sabes?
—Sí.
—Dejar todo atrás. A todos los que conocemos.
—Sí.
Cinco minutos pasaron y la última de las nubes se disolvió en el azul infinito. Un halcón solitario flotaba alto por encima de ellos.
Nix continuó:
—Quiero preguntarte una cosa más.
Benny se puso tenso, pero contestó:
—Bien.
Nix tomó el rostro del chico con ambas manos.
—¿Tú me amas, Benny?
Esas cuatro palabras succionaron todo el aire del planeta y dejaron a Benny jadeando como una trucha recién pescada. Sus ojos querían mirar a derecha e izquierda para buscar si existía una manera de librarse de aquello. Tal vez podía saltar del tejado. A pesar de todo lo que había ocurrido desde el año anterior, él no había conseguido reunir el valor necesario para decirle que la amaba, y ella ni siquiera había estado cerca de decirle la palabra con “A”. Y ahora esta chica quería saberlo, escucharlo. No en un momento romántico, no mientras caminaban por un campo de flores tomados de la mano, o mientras se abrazaban contemplando el atardecer. Justo ahí, ahora, en su cobertizo, con todas las salidas bloqueadas para una retirada cobarde.
Los ojos de Nix estaban llenos de un misterio verde y de… ¿de qué? ¿Desafío? ¿Se trataba de una prueba que podía dejarlo mal parado si daba la respuesta equivocada? Nix era lo suficientemente astuta y cerebral para hacer ese tipo de cosas. Benny había crecido con ella, la conocía bien.
Pero éste no era el caso, y de alguna forma él lo sabía.
Cuando trató de definir lo que veía en sus ojos, lo único que parecía apropiado era… esperanza.
Esperanza. De pronto su corazón comenzó a latir otra vez, o al menos a latir de otra manera.
Dios… tal vez si saltaba del tejado en ese momento podría volar.
Benny se lamió los labios resecos y tragó por su garganta reseca y dijo con una reseca voz:
—Sí.
Los ojos de Nix buscaron en los suyos, tratando de encontrar cualquier artificio.
Por alguna razón eso fortaleció a Benny. Se inclinó hacia ella, dejándola ver todo lo que pudiera encontrar en sus ojos.
Apretó su mano.
—Nix… te amo tanto.
—¿En verdad? —preguntó ella con una voz que era tan frágil como el ala de una mariposa.
—Sí. Te amo. En verdad te amo —se sentía extraño proyectarlo fuera con su voz . Grandioso y agradable, delicioso.
Pero el ceño de Nix se frunció.
—Si me amas, entonces júralo por eso.
Habían vuelto al tema de partir. Benny agachó la cabeza por un momento, incapaz de soportar el peso de lo que ella le pedía. Nix le colocó un dedo bajo la barbilla y le levantó el rostro hacia el suyo.
—Por favor, Benny…
—Lo juro, Nix. Te amo y lo juro por eso.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Nix, y ella lo besó. De pronto, Benny ya estaba de rodillas, sus brazos alrededor de ella, y ambos lloraban y sollozaban bajo el brillante cielo azul. Incluso entonces, a pesar de la terrible consciencia compartida de lo que había quedado atrás y lo que estaba por venir, ni él ni ella habrían podido explicar qué era eso que les rompía el corazón.
Benny pensó en lo que Nix había dicho en el cementerio. Eso de que partir era como morir.
DEL DIARIO DE NIX
Preguntas:
¿Pueden los zoms sentir miedo?
¿Saben ellos que han muerto?
¿Pueden sentir alguna emoción? (¿Odian a los vivos?)
14
—Sólo para que quede claro —comenzó Chong con la voz más calmada y razonable de la que era capaz—: ¿quieren llevarnos de campamento a Ruina y Putrefacción?
—Sí —dijo Tom—.Un viaje de una noche.
—¿Afuera, donde están los zoms?
—Sí.
—¿Afuera, donde hay trescientos millones de zoms?
Tom sonrió.
—Dudo que queden tantos. No creo que haya más de doscientos millones de zoms por aquí.
Chong lo observó con la mirada vacía de una lagartija.
—Eso no es un consuelo, Tom.
—Cien millones menos de caminantes que te quieren comer —dijo Benny—. Yo lo consideraría un triunfo.
—Sssh —exclamó Chong—, que los adultos estamos platicando.
Disimuladamente, Benny le dedicó un gesto obsceno.
Charlaban en el jardín de Benny. Nix estaba cerca, limpiando con aceite su espada de madera y tratando de no sonreír. Lilah estaba sentada en la mesa de pícnic, limpiando a consciencia su pistola Sig Sauer. Otra vez.
—¿Tú vas a ir? —preguntó Chong a esta última.
Lilah resopló:
—Mejor que quedarse aquí. Este pueblo es peor que Ruina. Si ellos se van —dijo, señalando a Tom, Benny y Nix—, ¿por qué quedarme aquí?
Benny percibió la mueca de dolor de Chong.
Diablos, pensó, eso debe doler.
Era evidente, por la mirada franca en el rostro de Lilah, que ella no tenía la menor idea de que sus palabras acababan de desgarrar a Chong. Benny no creía que ella sospechara siquiera los sentimientos de su amigo.
—Así que ése es el plan —continuó Benny con jovialidad, tratando de aligerar el ambiente—. Una última juerga para la pandilla de cabrones Chong-Imura.
—Tu lenguaje… —lo reprendió Tom, casi por costumbre.
—¿Chong-Imura? —repitió Nix, poniendo los ojos en blanco—. ¿Pandilla? Por favor.
—¿Por qué acampar? —preguntó Chong lleno de pesimismo—. ¿Por qué no simplemente nos untas con salsa de carne y nos ordenas correr hacia una horda de zoms?
—De hecho no estoy intentando hacer que los maten —dijo Tom.
—Oh, claro que no. Resulta evidente que nuestra seguridad es tu primera preocupación.
Tom dio un sorbo a su té helado.
—Estaremos afuera por meses. Tendremos que proveernos a nosotros mismos. Además, es una buena manera de aprender técnicas de supervivencia.
—¿Técnicas de supervivencia? —preguntó Benny—. ¿Así como respirar y comer y…?
Chong le propinó un codazo.
—No, genio. Supervivencia es el arte de vivir en un medio silvestre. Cazar, pescar, poner trampas, encontrar hierbas útiles. Ese tipo de cosas.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque —dijo Chong levantando las cejas—, cuando abres esos objetos que se llaman “libros”, adentro encuentras palabras e imágenes. Y a veces las palabras te dicen cosas.
—Ja-ja.
—Aprendimos algo de eso con los exploradores —continuó Chong, ahora mirando al hermano de Benny.
—Acampar en las tierras de McGoran no es lo mismo que sobrevivir en Ruina y Putrefacción —lo increpó Tom—. Lilah sabe cómo hacerlo. Yo también. Benny y Nix aprendieron un poco cuando estuvimos afuera en Ruina, pero aún no son expertos.
—Y yo no sé nada —concluyó Chong. Suspiró—. Supongo que en realidad tampoco lo necesito. Ya saben lo que mis padres piensan de su travesía.
—No estás obligado a venir a acampar con nosotros —concluyó Nix.
Chong suspiró de nuevo.
—No, supongo que no.
—La cosa es —Tom continuó— que todo lo que te enseñó el señor Feeney en los exploradores está muy bien, pero pertenece al viejo mundo. Ése es el problema con mucho de lo que se les ha enseñado a ustedes, chicos, un problema que también rodea muchos de los libros que los hacen leer en la escuela. Son buenos en sí mismos, contienen información valiosa, pero ya no reflejan bien la realidad de este mundo. Es importante conocer el pasado, pero su sobrevivencia depende de conocer el presente. Quiero decir… ¿el señor Feeney ha estado fuera de la cerca recientemente?
—No desde unas semanas después de la Primera Noche —secundó Nix—. Él llegó más o menos al mismo tiempo que mamá, y no creo que haya salido desde entonces.
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