Rodrigo Silva - Ellos creían en Dios
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Por lo tanto, debes saber que una cosa no se convierte en irreal solamente porque no puede ser empíricamente analizada. El amor, la paz y la comprensión son elementos reales que nadie, jamás, tocó o “analizó”. ¿Tú podrías decir cuál es el tamaño de la paz? ¿Qué color tiene la comprensión? O ¿cuál es el formato del amor? Solo puedes comprender estas realidades a través de tu relación con el prójimo y nunca por medio de un tubo de ensayo.
Lo mismo se puede decir de Dios. Él es el ser más real que existe en todo el universo. Pero no esperes poder analizarlo a través de un microscopio o cuantificarlo con cálculos matemáticos. Dios está por encima de todo eso. Su experiencia sucede dentro del corazón humano y cada persona puede experimentarla por la fe. Solamente hay que querer hacerlo.
¿Culpable o inocente?
La figura de Bacon fue juzgada de diferentes maneras por los historiadores de la Filosofía y de la Ciencia. Existieron algunos que afirmaron que su contribución para con la ciencia y el método científico no pasaba de ser meramente folclore, pues en nada ayudó a los avances tecnológicos ni siquiera los de su propia época. Herbert Marcuse llegó a declarar, en 1942, que la única contribución de Bacon fue la de ser un “alma maligna” de la ciencia moderna. Karl Popper, famoso científico austríaco, también descargó su golpe rebajando a Bacon a ser un pseudo-pensador que debería estar excluido del presente escenario científico.
Otros piensan en él como un incrédulo y materialista que convirtió a la naturaleza como un fin en sí mismo. Eso porque sostenía que el fin de la ciencia no era la contemplación de la naturaleza, sino el dominio de ella: “La naturaleza”, decía Bacon, “puede ser dominada, si la obedecemos”. Esto quiere decir que si conocemos las leyes que rigen los fenómenos y dejamos que ellos sucedan naturalmente, podremos utilizarlos en beneficio propio.
En razón de estos conceptos, Bacon fue considerado el promotor de una visión apuntada a la técnica de la naturaleza que acabó incentivando a los investigadores a desistir de cualquier responsabilidad con relación a los posibles resultados de sus descubrimientos. De hecho, muchos de los crímenes ecológicos son frutos de los experimentos que utilizaron el método científico de Bacon. Sin embargo, esto no nos autoriza a considerarlo responsable por tales excesos. De ser así, ¡tendríamos que responsabilizar a Dios por los horrores cometidos en nombre de la Biblia! ¿No te parece?
En 1988, varios especialistas que estudiaron la filosofía de Francis Bacon descartaron las críticas anteriores, que lo convertían en un investigador irresponsable y en un incrédulo. Los que lo siguieron pueden haber comprendido mal sus palabras, haciendo que se convirtiera en algo que jamás fue: un ateo materialista. Sus escritos filosóficos, sin embargo, demostraron otra realidad: la de un hombre profundamente prisionero de sus dramas existenciales y que tenía una gran sed de Dios.
¡Imagínate solamente el dilema emocional de ese hombre que, por cuestiones político-religiosas, nunca pudo abrazar a su verdadera madre! Y todavía más, si es verdad que era hijo de Elizabeth I, tenía derecho al trono, pero nunca pudo ser un rey. Fue por eso que atacó tan firmemente la ciencia que se hacía para agradar a los “reyes”, promoviendo, en su lugar, un método “neutro”, que solamente respetaba el curso normal de la propia naturaleza.
¿Y qué dijo con respecto a Dios? Primeramente, sería bueno recordar que sus anotaciones científicas aparecen, en diferentes ocasiones, mezcladas con pasajes bíblicos que él coloca, no por no contradecir a la Biblia, sino para enfatizar su filosofía científica. Fíjate lo que escribió: “Hay dos libros delante de nosotros listos para ser estudiados. Esos libros deben prevenirnos de incurrir en errores. El primero es la Escritura Sagrada, que revela la voluntad de Dios. El segundo es la Creación, que revela su poder”.
Francis Bacon murió el 9 de abril de 1626 debido a una neumonía que contrajo cuando, en un invierno riguroso, aprovechó para evaluar el proceso de conservación del hielo. De todo lo que escribió, tal vez podríamos quedarnos con este pensamiento que resume un excelente consejo para los jóvenes, científicos, laicos y estudiosos de otras áreas: “Yo estoy de acuerdo con que una filosofía mediocre puede llevar a la mente humana al ateísmo. Sin embargo, una filosofía profunda hará que su mente se vuelva hacia la religión”. Ahora responde por ti mismo: ¿Qué filosofía escoges tú para guiar tus pensamientos? ¿Profunda o mediocre? Tu comportamiento demuestra cuál de las dos escogiste.
Capítulo 4

Galileo Galilei
Galileo fue un hombre que vivió para descubrir cosas revolucionarias. Su nacimiento ocurrió el 15 de febrero de 1564 en Pisa, Italia (ciudad famosa por su torre inclinada). Su padre se llamaba Vicenzo Galilei y era músico, compositor y matemático. Su madre, Giulia Ammannati, era una cristiana devota que incentivó en gran manera la espiritualidad en la vida de sus hijos. Ambos ejercieron una influencia muy positiva en su genial hijo, que habría de ser el fundador de la física moderna.
La familia Galilei era pobre y Vicenzo enfrentaba muchas dificultades para criara sus siete hijos. Galileo era el mayor y, desde muy temprana edad, ayudaba a su padre a fin de sustentar a los otros hermanos. Sin embargo, nunca se le permitió abandonar los estudios por causa del trabajo o de las necesidades. La educación formal y religiosa de los hijos era una cuestión de prioridad para aquella familia que no escatimaba recursos para verlos bien encaminados.
Aún hoy, existen muchos padres que, a semejanza de la familia Galilei, se sacrifican bastante para mantener a los hijos en las escuelas cristianas, a fin de que puedan proporcionarles la educación necesaria, tanto para esta vida como para la eternidad. Pasan privaciones y dificultades, llegando a dejar de comprar cosas para sí, únicamente para pagar los libros y las mensualidades que suman una buena tajada de los rendimientos mensuales. Es una pena que también existan ciertos jóvenes que no valoren ese privilegio.
Pero ese no era el caso de Galileo. Él supo aprovechar muy bien las oportunidades que la vida le ofrecía. En la adolescencia, quedó fascinado por las artes y decidió que sería pintor, en vez de ser un matemático como su padre. Después, cambió de idea y resolvió que entraría en la orden de los jesuitas, donde seguiría la carrera de sacerdote.
El problema era que tenía apenas catorce años en esa época, y su padre ya había percibido que sus deseos eran propios de la edad, es decir poco duraderos, como paja en el fuego. Galileo era muy inconstante en decidirse por una carrera profesional. Un día quería una cosa y al día siguiente otra. Tú sabes cómo es eso; hay personas que son realmente indecisas. En el último año de la Educación Media, resulta común encontrar alumnos que no saben qué quieren cursar: Derecho, Física o Computación. Al final, terminan haciendo una carrera que no tiene nada que ver con ninguna de esas tres. ¡Así es la vida! Algunos están seguros de lo que quieren y otros son totalmente indecisos. Si tú eres uno de esos indecisos, no te desesperes. ¿Quién sabe? ¡Tal vez exista un genio como Galileo dentro de ti!
El Sr. Vicenzo intentó, entonces, escoger una carrera para su hijo. Insistió para que se convirtiera en un comerciante de telas (¡eso daba dinero en esa época!). La protesta de Galileo fue inmediata. Entonces su padre le propuso otra alternativa: ser médico. En la ausencia de algo más atractivo, aceptó cursar medicina.
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