Henrietta Rose-Innes - Nínive

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La vida apacible en Nínive, un complejo complejo habitacional a la afuera de Ciudad del Cabo, es interrumpida por una extraña plaga de insectos. Katya Grubbs, dueña de una conocida compañía de control de plagas, es llamada para atender la emergencia. Convencimiento de que todas las criaturas merecen encontrar su lugar en el ecosistema, pronto descubrirá que la vida le ofrece la oportunidad de exorcizar mucho más que un sobrepoblación de escarabajos. La historia de la civilización amenazada por las fuerzas de la naturaleza se mezclan con la revisión del pasado de la protagonista, pues Katya debe enfrentarse a su padre, Len, hombre caótico y de carácter agreste, que también se dedican a exterminar plagas. «La prosa de Henrietta Rose-Innes es admirablemente tirante y clara… Una incorporación muy bienvenida a la nueva literatura Sudafricana.» J.M. Coetzee

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El silencio de aquella noche lejana, los troncos de los árboles, ennegrecidos en oposición al cielo fulgurante... En su memoria, la escena entraña un sentimiento místico. ¿Es posible que Len la haya tomado de la mano para conducirla a través de los árboles? Seguro que no.

–Ey –dice Toby–. No está funcionando.

La luz es lánguida bajo el árbol en el que liberó a las orugas. Algunas se adhirieron a la corteza, otras cayeron a la tierra y otras más deambulan por la maleza. La disciplina militar se ha roto; el general ha perdido su dominio.

–No se arremolinan en un enjambre, como lo hicieron antes.

Katya se encoge de hombros. Es verdad. Se siente cansada.

–Lo intentamos, Tobes. No podemos complacer a todas.

Él se ve tan abatido que es mejor no añadir que pájaros, nutrias y serpientes devorarán a la mayoría. En la montaña se libran incontables y minúsculas batallas de esa índole. Es un territorio en disputa, de luchas yuxtapuestas, tridimensional, patrullado con fervor. Posee millones de reinos en miniatura, del tamaño de la palma de su mano, de la huella que deja su pisada, de su uña.

Katya se incorpora y se sacude de las rodillas los restos de un mantillo de hojas.

–Vámonos de aquí, Tobes. Estoy totalmente extraviada.

En realidad no es posible perderse aquí en el bosque, con la montaña de un lado y la ciudad del otro.

Toby indica la senda y emprende la marcha; sus piernas largas se desplazan sobre leños y se abren camino entre helechos secos. No es la dirección que ella hubiera elegido. Cierta cosa pequeña se escabulle, escapando de ellos, invisible en los matorrales. Se escucha un gorjeo, un murmullo, un aleteo. Katya imagina que las orugas descubren su rastro y se deslizan despacio tras ellos, hasta llegar a casa.

Cuando salen de la frondosa arboleda, ambos suspenden el trayecto durante unos instantes, extasiados ante paisajes más vastos. El sendero zigzagueante establece aquí una pausa, en un arcén despojado, permitiéndoles gozar de una vista panorámica: hacia arriba, la faz expuesta de la montaña; hacia abajo, la perspectiva de la ciudad. Katya ha residido y trabajado en Ciudad del Cabo toda su vida; aun así, hay lugares de la urbe que jamás ha visitado. Trata, en vano, de columbrar su hogar entre determinados puntos de referencia, sitios familiares. Se estremece.

–Vayamos a casa, Tobes. Antes de que oscurezca.

Mientras se dirige a casa después de dejar a Toby en el domicilio de su madre, en Claremont, Katya se siente agotada y virtuosa. No siempre tiene tanto brío. En ocasiones, tan sólo ha descargado criaturas a un costado de la ruta o ha vertido a las de sangre fría en el Canal de Liesbeek. Sin embargo, eso le genera remordimiento. Los peces son un asunto peliagudo. Cuando era más joven, a veces iba a nadar a un lugar de la carretera Tafelberg donde los arroyos de la montaña se congregan en profundos tanques de concreto, antes de pasar bajo la ruta. Un día, alguien liberó sus carpas doradas en una de esas piscinas: se reprodujeron hasta el delirio y llenaron el agua de destellos estridentes. Los peces silvestres no duraron mucho; sin duda se comieron todos los renacuajos disponibles y luego murieron de hambre. Katya revisó el tanque en otra oportunidad y estaba desprovisto de cualquier forma de vida. No encontró peces ni anfibios. Un experimento de reubicación que había salido horriblemente mal.

Enfrente de su casa solía existir un parque con juegos infantiles, pequeño pero muy arbolado, donde liberaba a las bestias cuando sentía pereza. A lo largo de los seis años transcurridos desde el inicio de su negocio, el parque asimiló, sin efectos nocivos, una cantidad asombrosa de bichos y amenazas menores, absorbiéndolos como una esponja. Durante cierto periodo, el acontecimiento se volvió objeto de una fascinación algo enfermiza: ¿cuánta biomasa podía contener aquel exiguo entorno? Era un pañuelo de mago, que envolvía y hacía desaparecer mil conejos. ¿Los animales se dedicaron a comerse unos a otros? Sin duda hubo alguna fuga, alguna filtración de ratones y jejenes que se precipitaron hacia las calles y los drenajes circundantes, pero ella no puede afirmar que lo haya notado, y los moradores humanos del parque –los cinco o seis vagabundos que vivían detrás de los baños públicos, es decir, Derek y sus amigos– nunca se quejaron.

Ahora, el parque es una zona vedada. A decir verdad, apenas perdura: lo han derribado. La demolición finalizó hace una semana, pero Katya aún no se acostumbra al cambio. Maneja el vehículo de RIP, dobla en la esquina de su casa y su corazón da un vuelco al ver la calle tan desfigurada. Tiene un aspecto inestable, como si la vía entera se inclinara, no hacia su hogar, sino hacia el hueco perturbador hendido del otro lado. Hay más cielo que antes. Incluso puede otear un fragmento de la montaña por encima de los techos, fragmento que hoy es azul pizarra y viste una caperuza de nubes.

Estaciona la camioneta en la entrada de su cochera y cruza la calle para observar la excavación. La valla está tan fría como lo indica su apariencia; extrae el calor de su mano y lo incorpora al enrejado metálico. Mientras Katya se desplaza, sus dedos chocan, entran y salen de los orificios de la alambrada, sujetan los filamentos y se desembarazan de ellos. Los segmentos laterales de la plaza cercada forman patrones delicados como la seda, que se contraponen en una trayectoria circular, resplandecen y se alinean.

Rastros de gruesos neumáticos trazan una curva que desemboca en la calzada; la curva pasa bajo la puerta de la valla, cerrada con candado, y a través del borde de la acera. Se ha cavado una zanja; yacen expuestos viejos cimientos, estratos de concreto y tuberías metálicas retorcidas. Pozos de agua turbia en el fondo de la excavación. El agua estancada huele a monedas enterradas durante mucho tiempo. Apoyada en la cerca de alambre, Katya escruta el agua color peltre y mira los bosquejos oscilantes de edificios y farolas, una ciudad sumergida que quizá aún podría erigirse, intacta. Pero la superficie del agua es opaca, y ella, un reflejo borroso en la leche sucia.

Por supuesto, la destrucción del parque no representa ninguna sorpresa. Katya ha atestiguado el deterioro desde una ventana del piso superior de su casa, paso a paso. Primero el pasamanos, los toboganes, el tiovivo, los columpios y el subibaja: arrancados de raíz y tumbados, revueltos como los juguetes de un bebé gigante y vil. Ahora la estructura para trepar está de cabeza en un rincón de la parcela: pintura despostillada, pies zambos de hormigón en el aire. La demolición trajo consigo una cantidad sorprendente de algarabía y polvo, considerando que, por principio de cuentas, allí no había prácticamente nada: algunos árboles; unos cuantos bancos de diseño urbano ordinario; baños públicos construidos con ladrillos amarillos. Casa de la mierda hecha de ladrillos, solía decirse Katya a sí misma por las mañanas, cuando vislumbraba los baños desde la ventana del piso superior. Le gustaba el sonido de tales palabras en su mente. Ahora el ínfimo chiste carece de sentido. Un eucalipto azul elevado, escultural y de piel demacrada; una belleza demodé e inclinada, en cuyas ramas cantaron e hicieron nido multitudes de aves: ahora constituye una pérdida. Una brigada de hombres con motosierras lo descuartizó y se llevó a rastras los fragmentos como si fueran trozos de carne.

Cierto día, un grupo de guardias uniformados expulsó, también, a los habitantes humanos del parque. Derek y su pandilla salieron confundidos, dando traspiés y parpadeando, como viejos soldados a quienes se saca de las trincheras a punta de pistola. Sus carritos de supermercado tirados en el pavimento; sus mantas y colchones, semejantes a hongos deformes que alguien extirpara del suelo. Y luego ingresaron las máquinas, metiendo sus hocicos en la tierra. Cada etapa trajo sus propios gemidos de dolor e indignación. Ahora las fieras excavadoras se han puesto una mordaza en las fauces, y sus mentones, barbados con mantillo, descansan sobre el terreno. Algo nuevo se alzará aquí muy pronto.

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