Elaine Egbert - Odisea y triunfo

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El teniente comandante se inclinó hacia adelante, con las espesas cejas juntas. «¿Por qué no fue al trabajo el sábado?», le preguntó. ¿Qué le habrías contestado al capitán? Responde a esta pregunta antes de leer este libro. Luego contéstala de nuevo, después de haber terminado la lectura de la dramática historia de Carlos Miller.

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–Carlos, no quisiera que te fueras, pero creo que debemos sacar el mejor partido de las circunstancias.

Ella se animó.

–Voy a preparar algo para comer y tú lleva la cámara.

Fue un día magnífico, mientras los dos reían evocando el pasado y solazándose a orillas del lago. Ni por un instante tocaron el tema de la próxima partida de Carlos. Fue como si hubieran hecho un pacto secreto para que ese día fuera lo más feliz y venturoso posible.

Al caer la tarde habían remado hasta el cansancio, así que regresaron al estacionamiento, desinflaron la balsa y la metieron en el baúl del automóvil de Carlos. Cristy había quedado en salir con una amiga, por lo tanto había llevado su propio vehículo.

–¡Ha sido un día hermoso, hermano! –rió ella besándole el cabello por centésima vez–, nos veremos más tarde.

Carlos manejó lentamente mientras descendía la montaña, disfrutando del hermoso paisaje por última vez. Su abuela siempre decía que Dios era el único responsable de las cosas bellas de la tierra. Él se preguntaba si en verdad era cierto. Si era así, sin duda Dios había hecho una hermosa obra.

Sonrió para sus adentros. En las últimas semanas había orado un par de veces. De alguna manera volvía a sentirse bien. Quizá Dios tuvo algo que ver con el hecho de traer a Carola a casa, y también al ayudarlo en el examen de aptitud para el ingreso en la marina. Había pasado una época mala, pero ahora todas las tragedias habían quedado atrás. ¿Qué más podría desear?

Una hora después, guardó la balsa en el garaje y se apresuró a darse un baño. Mientras se quitaba la camisa, escuchó un chirrido de llantas en la curva. Curioso por saber quién manejaba en forma tan descuidada, fue a la puerta del frente.

En ese mismo instante, un hombre corpulento subía los escalones casi corriendo.

–¿Vive aquí la familia Miller?

–Sí.

El hombre miró sobre los hombros de Carlos.

–¿Están aquí tus padres?

Un gesto en el rostro del hombre alarmó a Carlos.

–No. ¿Qué pasa?

–¿Tienes una hermana que se llama Cristy? –el hombre no esperó la respuesta. Acaba de tener un accidente bastante serio en el desvío. Creo que debes acompañarme.

Carlos voló a su automóvil.

–No, Dios... ¡No mi hermana! –repetía en voz alta, tomando la curva a una velocidad imprudente.

Adelante se veían las luces intermitentes de los automóviles de la policía y había una ambulancia con las puertas abiertas. Carlos frenó el automóvil, saltó fuera y corrió al otro lado de la carretera en el preciso momento en que dos hombres levantaban el cuerpo de Cristy en una camilla. La sangre manaba de las heridas en la cabeza y ella hablaba en forma incoherente. ¿Podría alguien sobrevivir a esas heridas?

Los camilleros empezaban a salir de la zanja hacia la carretera. Carlos le tomó una mano a su hermana e iba dando tumbos a su lado.

–Cristy, soy yo. ¡Pronto vas a estar bien!

Ella no abrió los ojos y Carlos se acercó a sus oídos para hablarle. Pero el camillero del frente le hizo señas de que se apartara.

–Lo siento, tenemos que apresurarnos.

Carlos miró el automóvil abollado de su hermana. Tenía un hueco irregular en el parabrisas, justo frente al timón. Al verlo, tragó en seco. ¡Por allí debe de haber pasado su cabeza cuando cayó al vacío! ¿Cuántas veces le había dicho que usara el cinturón de seguridad? ¡Muchísimas veces!

Cuando la ambulancia salió a la carretera, el ulular de la sirena empezó a herir el aire de la tarde. A Carlos se le heló el corazón al pensar que eso podría significar el fin de la vida de su hermana. Mientras seguía a la ambulancia en su automóvil, confrontó de nuevo a Dios.

–¿Por qué permites que sucedan estas cosas? –demandó–. Por favor, ¡no la dejes morir también!

Poco después de llegar al hospital, aparecieron su papá y Carola. Más allá de la medianoche Cristy despertó, y apenas pudo entender lo que había sucedido. Una lágrima se le escapó del ojo no vendado. Miró a su papá y a Carola, luego fijó su vista en Carlos, apretándole los dedos de la mano.

–Podría haberme matado, ¿sabes?

Él le dio palmaditas en la mano.

–Pero estás viva.

Hizo una pausa para pensar. ¿Habrá tenido algo que ver su oración en el asunto?

Al día siguiente, Carlos fue a ver a su hermana a primera hora. Al conversar con ella, la notó diferente. Cristy, que generalmente tenía una expresión de felicidad y optimismo, yacía inmóvil y pensativa debajo de la sábana.

–Pareces algo desanimada –se aventuró a decir Carlos después de quince minutos de silencio. A Cristy le tembló un poquito el labio inferior.

–No realmente. Es que nunca había entendido, hasta ahora, lo rápido que puede acabar la vida. Uno piensa que la vida es todo juego y alegrías y de pronto, ¡zas! Estás al borde de la muerte.

Cambió de posición con cierta dificultad y luego cerró el ojo.

–Sabes, he estado reviviendo constantemente el accidente. Desperté en el volante, y traté de evadir el automóvil que venía. Fue horrible cuando di vueltas y caí a la zanja. ¡No podía hacer nada! Fue inevitable ir donde el automóvil me llevara. ¡Me sentí tan desamparada!

Su ojo destapado buscó nuevamente los de él.

–Con las heridas que tengo en la cabeza, no entiendo cómo puedo estar viva.

Carlos se puso de pie y se dirigió a la ventana.

–Yo tampoco, hermanita, pero eso mismo sentí cuando de súbito desapareció mi anorexia. Quizás es pura coincidencia, pero parecía como si alguien se estuviera preocupando por mí.

Ella calló por un instante antes de continuar.

–¿Qué piensas del destino?

–¿Qué quieres decir?

–Bueno, ¿y qué si yo estuviera destinada a morir muy joven? Si fuera así, entonces pasará alguna otra cosa, y no habrá nada que pueda hacer para impedirlo. Es como estar esperando que la vida termine de pronto. Cualquiera se asusta.

Carlos rápidamente se acercó a ella y le tomó una mano.

–No te preocupes, hermanita, ¡una muchacha tan linda como tú tiene mucha vida por delante!

Sus palabras altruistas sonaron bastante huecas, y él hubiera querido poder inspirarle confianza, pero tampoco entendía los insondables misterios de la vida.

Esa noche antes de que Carlos se retirara, Cristy le puso en las manos un papel doblado y le dijo reprimiendo las lágrimas:

–No lo leas hasta que llegues a casa.

Carlos ya se había acostado cuando se acordó del papel, así que se levantó y lo buscó en el bolsillo de su pantalón. Se acercó a una lámpara y leyó la escritura temblorosa: Por favor, por favor, no permitas que mi hermano se separe de mí.

Conmovido, Carlos se acostó de nuevo. El tiempo que pasarían juntos se les acababa. ¿Y qué si pasaba algo horrible y no se volvían a ver? Él sabía que Cristy todavía lo necesitaba, especialmente ahora, después del accidente.

Le asaltó la tentación de no ingresar en la marina y buscar más bien un trabajo en Durango. Al menos así podría seguir formando parte de la vida de Cristy y ayudarla a vencer su inseguridad. Pero aunque consideró esa posibilidad, la impresión de que debía ingresar en la marina era aún más fuerte. Existe alguna razón por la que debo irme , pensaba. No sabía por qué sentía tanta urgencia, pero lo descubriría.

Cinco días después del accidente, le quitaron las vendas a Cristy y le dieron de alta en el hospital. Con ella recostada en el sofá, la familia pasó la tarde reunida, feliz al pensar que la muchacha pronto estaría como nueva.

Contento de que su hermana se hubiera recuperado tan rápidamente, Carlos se dejó embargar por el ambiente familiar, disfrutaba de la buena comida que le preparaba Carola, para alimentarlo y engordarlo antes de que tuviera que enfrentarse con esa “comida horrible” del comedor de la marina.

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